Fernando altunaNo es lícito olvidar, no es lícito callar, si nosotros callamos, ¿quién hablará?», suplicaba Primo Levi. Hoy puedo, quiero, deseo hablar. En septiembre pasado, se cumplieron 36 años, cuando cada 60 horas se producía un atentado terrorista mortal en España, ETA (político-militar) asesinó a mi padre, Basilio. No sería honesto conmigo mismo si hoy, un año más, volviese a callar como lo he hecho durante tanto tiempo. Como nos dice Levi, hoy no me es lícito olvidar. Como en 1980, cuando yo era un niño de 10 años, hoy tengo unas terribles ganas de gritar.

Apenas recuerdo la voz y los rasgos físicos de mi padre, los recuerdos vitales se han perdido. Un boceto compuesto por distintos relatos de familiares y amigos es todo lo que tengo hoy de él. Podría extenderme en el porqué de tantos años de silencio, pero la explicación básica no es otra que su muerte fue también la mía durante décadas. Tuve que buscar desde la adolescencia recursos para poder pasar el mal trago de quedarme huérfano con buena parte de la sociedad a favor de sus verdugos. Sería irreal decir que esos recursos no funcionaron, de hecho llegué a formar familia, a formar parte de la comunidad y ser un buen profesional de la publicidad española.

Pero también sería mentira decir que esos recursos ficticios me pasaron una factura vital de la que jamás podré liberarme. Hará poco que reconocí que solo aceptando la derrota de mi vida podría subsistir. ¿A quién le gusta aceptar la derrota? A nadie, pero al menos en mi caso ha sido la única forma de que hoy mi vida sea más humilde, más honesta y más honrada. Sí: yo he perdido.

En el caso Altuna, la rama político-militar de ETA no sólo asesinó a padre. Me destrozó como persona, aniquiló a una familia y resquebrajó los principios del Estado de Derecho al no haberse hecho justicia, al igual que en los más de 300 asesinatos de la organización criminal que no han sido esclarecidos. No soporto, no acepto pues, la teoría del relato de que las víctimas del terrorismo hemos vencido. Al menos mi padre y yo hemos perdido. Hemos sido derrotados. No hemos ganado. Nada.

Nunca me ha gustado el terrorismo con apellidos. No distingo el dolor de una víctima de ETA, de los GAL, de los GRAPO, del BVE o de los FRAP. Pero en el caso de los asesinatos cometidos por ETA político-militar, fruto de no haber realizado una construcción adecuada del relato, hoy tengo que denunciar la reescritura que se ha hecho de esta rama sanguinaria. Así, podemos leer que ETA (pm) fue una banda que pasó con naturalidad de la actividad armada a la vida democrática, sin ni tan siquiera haber entregado las armas… Bueno sí: entregadas a ETA militar para que ésta siguiera matando. Tenemos que oír que los poli-milis eran unos seres románticos y bondadosos que únicamente secuestraban durante unas horas a malvados empresarios para dejarlos en libertad tras dispararles un leve tiro en las piernas. No: ETA político-militar secuestró, torturó y asesinó. A políticos como Ustaran y Doval. A humildes obreros como Mario González y Joaquín Becerra. A personas anónimas en atentados indiscriminados simultáneos en Atocha, Chamartín y Barajas. A…

Denuncio que un tipo como Arnaldo Otegi Mondragón, que el 6 de septiembre de 1980 estaba en territorio español dentro de los comandos activos de ETA político-militar, que bien pudo ser el autor material o necesario del asesinato de mi padre, sea hoy «la estampa» viviente de la historia de la banda y sus ramificaciones en el País Vasco, Navarra (y el resto de España). Un txotxolo nacido en Elgoibar que decidió en su juventud coger las armas e ingresar en una estructura criminal y mafiosa. Que se dedicó al secuestro y al interrogatorio bajo tortura en «cárceles del pueblo». Que siguió cometiendo actos criminales prescritos y no juzgados (¿Hergueta?). Que tras la decisión de los polimilis de disolverse, él diese el paso de continuar en ETA militar dentro de la ortodoxia de KAS. Que una vez detenido y cumplida la pena por secuestro de Luis Abaitua, pasase a la rama política de «la organización» como dirigente de Herri Batasuna. Que, sin desvincularse de la banda, cumplió de nuevo condena por seguir sirviendo a los intereses de ésta y hoy, sin haber objetado de su pasado, se presente como el líder que enarbola la rama de olivo y que nos trae la paz que ellos mismos nos quitaron.

Me rebelo contra este asentimiento general, porque es ésta y no otra la construcción que se está haciendo de la memoria, una edificación generosamente financiada por parte del Gobierno vasco. De hecho, su Secretaría de Paz y Convivencia dirigida por Jonan Fernández, en su intento siempre blanqueante, publicó hace años los documentos llamados Retratos municipales de las vulneraciones del derecho a la vida en el caso vasco. El 6 de septiembre de 1980 y dentro del «caso vasco» aparecen el capitán de la Policía Nacional Basilio Altuna Fernández de Arroyabe, asesinado por la espalda de un tiro en la nuca por ETA (pm) en Erenchun (Álava) y Luis Quintana Monasterio, asesinado de un disparo en una reyerta nocturna por un policía nacional ebrio, fuera de servicio y de paisano en el barrio bilbaíno de Las Cortes. Dos muertes violentas e injustificadas con motivaciones y circunstancias completamente distintas. El único fin de esta reescritura de la historia en aras de su particular «proceso de paz y convivencia», como bien describió Fernando Savater en su día, es diluirlo todo en una nube de dolor general y mucho problema vasco.

Y grito ¡no! No contra la construcción de esta memoria, que ya no es «problema» sino «caso». ¡No!, al ver que se hacen ciertas las palabras del también terrorista Pernando Barrena cuando en 2007 dijo: «Los que hoy son terroristas puede que mañana no lo sean, siempre y cuando ganen la batalla del relato político». Y desde la derrota más absoluta de haber perdido esta batalla, viendo cómo hoy los terroristas ya no lo son para buena parte de la sociedad, me rebelo. Hoy no callaré. Fueron y son terroristas.

 

Fernando ALTUNA URCELAY

 

Razón Española, Nº 199, septiembre-octubre 2016

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