De la revista impresa Altar Mayor, Nº 175, enero-febrero 2017 (págs. 70 a 77, a.i.).

Considerado como uno de los mejores especialistas en la España Medieval, Rafael Sánchez Saus arremete contra la lectura «históricamente correcta» del periodo y proporciona una nueva visión de la conquista musulmana.  

Rafael Sánchez Saus es profesor de Historia Medieval en la Universidad de Cádiz, de la que ha sido decano de la Facultad de Filosofía y Letras (1999-2004). Ha sido rector de la Universidad San Pablo CEU de Madrid (2009-2011). Miembro de la Real Academia Hispanoamericana de Ciencias, Artes y Letras, de la que ha sido también director, es secretario de la Cátedra Alfonso X el Sabio. Ha publicado numerosos trabajos de investigación en revistas académicas y universitarias y varios centenares de artículos en la prensa. Es autor de una decena de libros, entre ellos el reciente  Al-Andalus y la Cruz. La invasión musulmana de Hispania, Ed. Stella Maris, Barcelona, 2016. Señalemos, por último, que el pasado viernes, 25 de noviembre de 2016 tuvo lugar en Sevilla la presentación de Rafael Sanchez Saús como Académico Correspondiente en Cádiz de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras.

 

Arnaud Imatz: Está de moda la «deconstrucción» de la Historia. Así, en Francia, algunos negacionistas afirman que la Batalla de Poitiers, que llevó a la victoria de Carlos Martel contra el invasor musulmán, no sería más que un engaño y no un acontecimiento real. En España, ideólogos análogos llegan incluso a pretender que jamás existió una invasión islámica en la Península.  ¿Qué piensa usted de esta tesis, formulada por Ignacio Olagüe en 1974, retomada hoy día por Emilio González Ferrín, profesor de Historia del Islam de la Universidad de Sevilla?

Rafael Sánchez Saus: Es necesario preguntarse de dónde surge esa pulsión que se extiende por Occidente y que es sólo la manifestación, en el plano historiográfico, de una negación más profunda y de un proyecto más amplio. Se trata, sin duda, de desbrozar el camino para una nueva interpretación de la historia europea. Las viejas raíces, casi siempre vinculadas al cristianismo, a su defensa y extensión, al modo en que configuró nuestro pasado, provocan la creciente aversión de la cultura dominante, que prefiere negarlas antes que asumirlas e integrarlas en la nueva visión de Europa que promueve. También en España se niega la historicidad de Covadonga, la batalla que tradicionalmente se ha considerado el origen de la Reconquista –término que igualmente se rechaza-, aunque no puede abolirse el hecho de que las viejas crónicas hablan de un encuentro que dio origen al reino de Asturias y no puede discutirse la existencia de su primer rey, Pelayo.

El negacionismo de la conquista árabe en 711 tiene, creo, otros orígenes intelectuales. Olagüe era un nacionalista español y sus tesis se inscribían en la tendencia, muy fuerte en la historiografía española a lo largo del siglo XX, a integrar a la civilización andalusí en el conjunto del devenir peninsular, no como ruptura sino como continuidad de lo previo. Si no hubo conquista como tal, no hubo derrota «de España», ésta se mantiene en sus rasgos esenciales y acaba imponiéndose a los minoritarios árabes y beréberes para hacer posible una civilización brillante por hispana mucho más que por musulmana.

Estos delirios, que no tienen ninguna base histórica, no tuvieron mucho efecto entonces sobre los historiadores españoles, pero hoy están encontrando mayor aceptación en aficionados y mixtificadores gracias a la adaptación de González Ferrín. Este no niega que hubo una conquista, aunque edulcora todo lo que puede su realidad y efectos, pero por asombroso que parezca pretende que no fue protagonizada por musulmanes –él dice que no puede hablarse propiamente de Islam todavía en 711- sino por una amalgama de gentes de religión difusa, pero siempre contrarios a la ortodoxia trinitaria, que conectaron fácilmente con la población autóctona. Hubo, pues, más encuentro que conquista, una vez eliminada la débil resistencia de los grupos dominantes visigodos.

El más demoledor crítico de todo este constructo ahistórico, que está siendo aprovechado para deslegitimar la posterior reconquista cristiana, es Alejandro García Sanjuán, profesor de la Universidad de Huelva, en su reciente La conquista islámica de la Península Ibérica y la tergiversación del pasado[1].

 

AI: Usted mismo acaba de publicar una obra muy importante, Al-Andalus y la Cruz. Este libro explica la situación de la Península bajo la dominación musulmana y aclara especialmente la época de la invasión y los inicios de la ocupación. ¿Por qué lo ha escrito?

RSS: Ciertamente, yo he trabajado sobre todo sobre la Baja Edad Media, pero una de mis líneas de investigación más frecuentadas ha sido la frontera entre moros y cristianos, entre Granada y la Andalucía cristiana. Quizá de esa experiencia surgió el deseo de escribir sobre las relaciones entre musulmanes y cristianos en la Edad Media, asunto en el que se está produciendo un, a mi juicio, grave falseamiento de la realidad. Más adelante me di cuenta de que existía un notable vacío en la historia de los cristianos que vivieron bajo dominio musulmán, los llamados mozárabes, no tanto en la investigación de base que ha avanzado mucho en los últimos años (hay que recordar los excelentes trabajos, por ejemplo, de Cyrille Aillet[2]), cuanto en la presentación de esos nuevos materiales para un público no especialista pero sí formado e interesado en la Historia. Y en la historia de los mozárabes se ocultan enseñanzas que hoy no podemos desdeñar. 

 

AI: ¿Cómo explica usted la facilidad con la que los musulmanes se apoderaron de Hispania? ¿Cuál fue la causa principal del desastre?: ¿la decadencia moral? ¿La debilidad militar de los visigodos? ¿La traición de una parte de las élites? ¿Las condiciones sociales y las dificultades económicas?

RSS: La conquista árabe-bereber, musulmana, fue fruto de un conjunto de circunstancias coyunturales y causas estructurales. Entre las primeras, la más importante fue el estado de guerra civil entre distintas facciones visigodas, una de las cuales propició la entrada de los ejércitos musulmanes, en los que pensaba apoyarse. Parece que, en efecto, esperaba que los árabes se conformaran con la obtención de botín. Por otra parte, el reino visigodo atravesaba dificultades más hondas, de carácter social y económico, que lo habían debilitado, pero esto estaba ocurriendo por entonces en todo el Mediterráneo. Pero la principal causa de la conquista, según creo, fue la decidida agresión de un poder de enorme fuerza militar en plena expansión en ese momento, capaz de levantar ejércitos muy numerosos para la época, de organizar campañas a miles de kilómetros de los centros de decisión y de derrotar a los adversarios más temibles. El reino visigodo hubo de enfrentarse a la primera potencia militar de la época y fue destruido tras una guerra mucho más dura y larga de lo que suele creerse, pues hasta 719-720 no pueden darse por concluidas las campañas de sometimiento. Todo permite creer que si el intento que triunfó en 711 hubiera fracasado, el reino visigodo hubiera tenido que seguir haciendo frente a nuevas oleadas y, muy probablemente, hubiera acabado sucumbiendo igualmente.

 

AI: Las élites romano-visigodas colaboraron a menudo con los invasores. ¿Puede decirse, por tanto, que la conversión al Islam de las élites sociales fue mucho más masiva que la del pueblo?

RSS: La conquista árabe supuso la total desvertebración de España, tanto en lo territorial como en lo institucional, lo moral y lo social. Ante la ausencia de otra perspectiva razonable, no puede extrañar que las elites laicas y eclesiásticas procuraran protegerse y proteger a las gentes que les estaban encomendadas. Hay autores, como recientemente Eduardo Manzano[3], que ven en ello un signo de continuidad en las estructuras básicas de la sociedad hispana, garantizadas por la existencia de pactos entre los conquistadores y la aristocracia hispanogoda. Para él, esos pactos son expresión no de una alianza que permite garantizar el orden establecido. Pero esa visión tan optimista sólo podría sostenerse en el supuesto de que, sin la presencia árabe, la aristocracia goda no hubiera estado en condiciones de controlar el país, algo inaceptable. Por otra parte, sabemos que el desorden y los conflictos fueron dueños de al-Andalus a lo largo de muchos años, incluso después del establecimiento de los Omeyas. Yo creo que los pactos fueron el fruto de la resignación ante la derrota total y del deseo de salvar todo lo que se podía salvar en esas circunstancias. Tampoco creo que las elites hispanas islamizaran con gran rapidez. Lo que sabemos de algunos linajes muestra la perduración en el cristianismo durante décadas antes de la apostasía.  Y otros muchos, sin duda la mayoría, acabaron desapareciendo, pues el poder musulmán no podía tolerar que cuajase una clase dirigente cristiana, una verdadera aristocracia que hubiese podido articular la resistencia autóctona. Pierre Guichard escribió páginas definitivas para comprender cómo los enlaces matrimoniales, más o menos voluntarios, entre mujeres de la aristocracia goda y jefes árabes fueron un factor de gran importancia en el trasvase hacia estos de los patrimonios y el poder de la vieja nobleza.

 

AI: La España musulmana, ¿conoció verdaderamente una voluntad de coexistencia pacífica? ¿Existía una cierta tolerancia religiosa? 

RSS: En al-Andalus nunca existió la voluntad de integrar a la población conquistada en un sistema plural en lo étnico o lo religioso. Lo que se estableció fue el medio para perpetuar el dominio de una pequeña minoría de guerreros musulmanes orientales y norteafricanos sobre la población autóctona. Para regular las relaciones entre unos y otros existía la «dimma», el conjunto de normas de origen coránico que consagraba el sometimiento político y religioso, así como la inferioridad jurídica y moral de los no musulmanes, además de su explotación económica. Aunque en las primeras décadas esa normativa tuvo que adaptarse al hecho de que al-Andalus era una tierra de islam precario, poblada en su inmensa mayoría por cristianos (hasta el 90% a fines del siglo VIII), la llegada de los Omeya y su gran proyecto de construcción de un verdadero Estado árabe e islámico propició un progresivo endurecimiento del trato, más a los cristianos que a los judíos, que se unió a la intensa arabización y orientalización cultural de la población, fuertemente promovida por el Estado. A partir de 830 estamos ante un proceso de progresiva erosión de la cristiandad hispana ante el que quisieron reaccionar, en lo que podemos considerar la primera gran batalla cultural de la historia de España, los intelectuales cristianos cordobeses. Para ello fueron capaces de generar un movimiento de restauración y renovación que iba desde el uso del latín a la reivindicación de un grado de libertad religiosa que la «dimma» no permite. Ello dio lugar al muy conocido conflicto llamado, a mi juicio con poca fortuna y adecuación, de los «mártires voluntarios», que se extendió desde 850 hasta el martirio de san Eulogio en 859. Yo defiendo en mi libro una nueva lectura de este episodio, pues Eulogio y sus compañeros no sólo fueron mártires de su fe, también de la libertad de conciencia y de expresión, así como de la dignidad humana. Sólo fueron mártires voluntarios en la medida en que no dudaron en desafiar pacíficamente a un poder que castigaba con terribles consecuencias a los que transgredían las normas que sólo él imponía e interpretaba, y sólo a él beneficiaban.

En cuanto a la supuesta tolerancia sexual andalusí, tan valorada en un tiempo que hace del sexo irrestricto la medida de toda posible libertad humana, nadie puede verla sino como expresión –una más- del sometimiento de unos a otros en aquella sociedad. Desde luego, los varones musulmanes ricos y poderosos estaban en condiciones de hacer realidad todas sus fantasías, pues la esclavitud y el concubinato lo permitían –se afirma que Abderramán II tuvo más de cien hijos-, pero esto no era así en modo alguno para las mujeres ni para otros muchos grupos. La simple constatación de que en al-Andalus, como en todas partes, existía la prostitución, debe hacernos comprender que la realidad que vivía la mayor parte de la población no tenía nada que ver con las ensoñaciones sexuales de ciertos intelectuales occidentales. La discriminación religiosa también marcaba esta cuestión: los cristianos y judíos no podían casarse con mujeres musulmanas bajo graves penas, pero los musulmanes sí podían obtener cristianas o judías como esposas o concubinas. En consecuencia, era muy frecuente el secuestro de mujeres cristianas porque en la población musulmana eran más numerosos los varones y, además, la poligamia disminuía la existencia de mujeres musulmanas disponibles.

 

AI: ¿La situación de los cristianos de al-Andalus evolucionó a lo largo del tiempo?

RSS: Hacia 711, la «dimma», a la que ya nos hemos referido, llevaba casi setenta años de rodaje en los territorios conquistados por los árabes. En España hubo de atemperarse por la necesidad que los conquistadores tuvieron de establecer pactos que les aseguraban el dominio del territorio. Luego, el estado caótico de al-Andalus, aunque sometió a la población a enormes sufrimientos, evitó la implantación rigurosa de la «dimma». Ello posibilitó el mantenimiento de los rasgos religiosos y culturales de los hispanos y cierta autonomía judicial y administrativa.

Esta situación empezó a cambiar desde fines del siglo VIII. Abderramán I, el primer emir Omeya, suprimió pactos e inició la construcción de un orden y un Estado plenamente islámicos. El cambio se hizo patente desde 830 en clave de arabización e islamización del país, al mismo tiempo que se favorecía a los ulemas de la rigurosa escuela malikí, que acabará siendo la oficial en al-Andalus. La población mozárabe, por entonces muy ampliamente mayoritaria, no fue capaz de articular la oposición a esta deriva, pues el país se encontraba profundamente fragmentado y presa de innumerables conflictos sociales, étnicos, tribales y sectarios. Como se ha dicho, los mozárabes carecían de una verdadera elite dirigente que no fuera la eclesiástica, y esta estaba mediatizada por el poder islámico. Es patente que el movimiento renovador y de resistencia que encabezó san Eulogio encontró gran oposición en los sectores cristianos acomodados al régimen omeya, tanto laicos como eclesiásticos. El fracaso del pacífico movimiento martirial, ahogado en sangre, pudo alentar la reacción violenta que representó desde 878 la gran revuelta del muladí Umar ibn Hafsún[4], apoyada desde el principio por muchos mozárabes. Umar regresó a la religión de sus antepasados en 899 y fue bautizado como Samuel, nombre de juez de Israel, guerrero y profeta. Su resistencia y la de sus hijos se prolongó en las montañas andaluzas hasta el 928, y sólo después de su aniquilación pudo Abderramán III proclamar el califato al año siguiente. Para entonces casi la mitad de la población, la más influyente en todos los órdenes, era ya musulmana y la cristiandad hispana, plenamente arabizada y orientalizada, entra en un rápido declive demográfico y cultural que la convierte en una clara minoría a principios del siglo XI. Son las décadas de mayor tolerancia porque los cristianos andalusíes han dejado de representar una posible amenaza; es más, colaboran con el poder califal.  La ruina del califato los dejó inermes en un país ya musulmán y presa de graves conflictos. Su situación fue haciéndose cada vez más difícil hasta que recibieron el golpe de gracia a manos de almorávides y almohades. A mediados del siglo XII no hay ya comunidades cristianas organizadas en al-Andalus.

 

AI: ¿Los judíos fueron mejor tratados que los cristianos?

RSS: En general, sí. Parece que fueron activos colaboradores del poder musulmán desde el principio. Por otra parte, parece que sus relaciones con los cristianos tampoco eran muy buenas. Su arabización y orientalización fueron totales.  No obstante, desde el siglo XI es patente el deterioro de su situación y tanto almorávides como, sobre todo, almohades acabaron con la tolerancia hacia ellos. Su respuesta fue la conversión al islam o la huida, que fue masiva, a los reinos cristianos del norte.

AI: ¿Cuáles fueron los periodos más intensos de persecución de los cristianos?

RSS: Sin duda, las que se suceden a lo largo de la primera mitad del siglo XII a manos almorávides y almohades. Estos actuaron sobre una minoría ya muy debilitada, aunque en la segunda mitad del siglo XI aún existió una esperanza para ella tras la conquista de Toledo, en 1085, cuando parecía que todo al-Andalus podía ser devuelto a la Cristiandad. La llegada de los almorávides lo impidió.

 

AI: ¿A partir de cuándo los cristianos de Hispania forjaron un verdadero proyecto de recuperación de la España perdida?

RSS: Aunque en los reinos cristianos, especialmente en Asturias, se desarrolla muy pronto una ideología de respuesta al Islam que buscaba la restauración de la España previa a la conquista árabe, hay que esperar hasta el siglo XI para que esas ideas encuentren el cauce adecuado para expresarse y llevarse adelante: la cruzada, que tiene precedentes en España anteriores a las clásicas de Tierra Santa. Los siglos XII y XIII son los tiempos del gran impulso reconquistador y cruzado. Cuando Fernando III de Castilla y León muere en 1252, él está convencido de haber completado la recuperación de España, ya que Granada era en ese momento un reino vasallo de Castilla. No fue así, pues Granada procuró desde muy pronto salir de esa dependencia y afirmar su personalidad islámica, muy vinculada ya por entonces al norte de África tras la berberización de al-Andalus que la presencia de almorávides y almohades había supuesto. Aunque, como sabemos, esa situación se prolongó hasta 1492, a lo largo de los siglos XIV y XV el ideal de conquista se mantuvo vivo, sentido cada vez más intensamente como una exigencia por parte de los grupos dirigentes y de los monarcas castellanos.

 

AI: ¿Qué piensa usted de la reivindicación de al-Andalus por parte de los islamistas de hoy día?

RSS: No tiene ningún sentido desde el punto de vista del derecho y de la historia, pero no desde el punto de vista islamista y hasta islámico en general, pues toda tierra que un día perteneció al Islam es irrenunciable. Como en tantas cosas, en esto la posición del Islam es tan flexible como inamovible: sólo los extremistas la reclaman, pero nadie renuncia a ella. Por supuesto, la mitificación acrítica de al-Andalus le da una legitimidad de la que carece por completo.

 

AI: ¿Puede compararse la conquista militar de Hispania con la conquista demográfica de Europa propuesta por los islamistas del siglo XXI?

RSS: No me parece acertado establecer esos paralelismos después de mil trescientos años. Los problemas de Europa con sus poblaciones musulmanas proceden exclusivamente del previsible fracaso del multiculturalismo como medio para arbitrar la presencia de comunidades distintas sobre un territorio. Se trata de un problema político e ideológico, artificialmente creado en poco tiempo, que sólo puede tener una respuesta política e ideológica.

 

Entrevista realizada por Arnaud Imatz. Una versión ligeramente abreviada fue publicada en «La Nouvelle Revue d’Histoire» (número extraordinario, fuera de serie, Nº 12, primavera-verano de 2016).

[1] Alejandro García Sanjuán, La conquista de la Península Ibérica y la tergiversación del pasado. Del catastrofismo al negacionismo, Marcial Pons, Ediciones de Historia, Madrid, 2013.

 

[2] Cyrille Aillet, Les mozarabes. Christianisme, islamisation et arabisation en Péninsule Ibérique (IXe-XIIe siècle), Casa de Velázquez, Madrid, 2010.

[3] Eduardo Manzano Moreno, Conquistadores, emires y califas. Los Omeyas y la formación de al-Andalus, Ed. Crítica, Barcelona, 2006.

[4] Umar ibn Hafsún pertenecía a una familia muladí (cristiano convertido al Islam), con unos ancestros probablemente nobles visigodos.

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