La transformación social más decisiva que se está produciendo en España quizá sea la revalorización de un tipo humano de corta tradición entre nosotros, pero sin el cual sería absolutamente impensable la Europa contemporánea. Aludo a un raro y excepcional producto, en el que concurren la fría clarividencia de la razón pura, el ímpetu tenaz de una voluntad sin desfallecimientos, el valor del varón esforzado, la ilusión imaginativa de los poetas y lo que en la Italia del Renacimiento se llamaba la “fortuna”: el creador de riqueza u hombre de empresa, verdadero protagonista de la revolución burguesa, y sobre todo, de la revolución industrial. A esta clase de gentes se debe el alto nivel de vida del occidental presente. Un corto número de alumbradores de riqueza puede llegar a cambiar la faz de un país. Un Ford o un Krupp han hecho por la economía de sus compatriotas más que millones de braceros laborando durante milenios, de sol a sol, sin la ayuda de esos individuos capaces de romper istmos, cambiar el curso de los ríos, salvar las distancias, arrancar a la tierra sus entrañas, estimular a los investigadores y agrupar a millares de seres humanos en una acción económica coherente y creadora. Porque son primordialmente los hombres de empresa, más que sus colaboradores de la herramienta o de la pluma, quienes han transformado la vida del occidental. Y aunque es cierto que originariamente lucharon por su propio beneficio, pronto su obra empezó a rebasarles y se encontraron laborando más que por sí mismos, por sus clientes, por sus proveedores, por sus accionistas y, en definitiva, por la comunidad a la que pertenecían. A veces, incluso sin saberlo. Y solían morir llevándose un poco más que los desheredados, pero dejando hincada sobre la tierra una empresa en marcha.

Dos obstáculos se han opuesto en la Península al triunfo del hombre de empresa. Uno, propio de todas las latitudes; otro marcadamente español. El obstáculo universal fue la inercia igualitaria de las masas, la resistencia al nuevo sobresaliente. Se ha discutido con exceso acerca de la influencia negativa de la Iglesia en la implantación de la moral mercantil o “conciencia burguesa”, según la fórmula consagrada por Groethuysen. La cuestión es harto problemática. Lo cierto es que ya a fines del siglo XVIII el hombre de empresa se había impuesto en los países germánicos, y gracias a él –“manager” y “Unternehmer”- comenzaron a levantarse las que iban a ser grandes potencias económicas de nuestro tiempo. Todavía puede comprobar el curioso viajero que allí donde se alza un bosque de chimeneas o un altiplano de naves industriales se encuentran siempre como dioses lares de una salutífera mitología menor los nombres o las efigies de los fundadores.

El hombre de empresa se impuso porque era el complemento imprescindible del científico, del técnico y del artesano. Sólo esta conjunción, que más de una vez se dio en un mismo individuo –es el caso de Edison-, hizo posible la explotación de los nuevos inventos y la satisfacción de las nuevas necesidades. Incluso el marxismo, que sobrevivió apoyándose en inconfesables pasiones de la especie humana, y que no dudó en avalar demagógicamente el odio al patrón, no cometió el error de negar los valores del hombre de empresa, e hizo verdaderas maravillas dialécticas para transferírselos al Estado. En último término, para el marxista, el gobernante ideal era y es un empresario político.

Pero en España hubo que vencer, además, un prejuicio más rígido y arraigado que en el resto de Europa: la postergación social de los quehaceres mercantiles. Ya en la Partida II se mandaba que perdiera la honra de caballero quien “usase públicamente de mercaderías él mismo, y obrase de algún vil menester de manos por ganar dinero no siendo cautivo”. Un mandamiento de Juan II, fechado en 1417 y coleccionado en el Espectáculo, prohibía a los caballeros el ejercicio de oficios bajos o viles, entre los que enumeraba una serie de artesanías y el comercio de provisiones y especias. Un texto legal de esta naturaleza no fue abolido hasta tiempos del gran rey ilustrado Carlos III, quien, lo hizo, a propuesta de Floridablanca, por cédula de 18 de marzo de 1783. A pesar de la derogación, una disposición de 19 de mayo de 1790 toleraba que la mujer que hubiera perdido su originaria nobleza por matrimonio con un plebeyo o perchero y la hubiera recobrado al enviudar, no la perdiese de nuevo sin continuaba explotando la tienda y obrador de su marido, a través de criados. Y todavía en 1834, la Reina Gobernadora se vio en la necesidad de dictar un decreto –de 25 de febrero- declarando que todos los que ejercieran artes u oficios mecánicos eran dignos de honra y estimación. Tan generalizada y profunda fue la creencia en la indignidad del comercio, que el gran historiador alemán Leopoldo Ranke la consideraba como una de las grandes causas de nuestra decadencia.

El origen del prejuicio español antimercantilista no está en el mundo clásico. Toda Roma rindió culto a Mercurio, dios del comercio y versión latina del Hermes helénico. Fue una serie de elementos medievales la que, catalizada por la secular vela de armas frente al árabe y al indio, contribuyó entre nosotros a la plena identificación de la virtud terrena con el valor, y del héroe con el guerrero. El sobrio temple castellano acabó por configurar un entendimiento casi exclusivamente militar del honor. Por eso el comercio y la industria se refugiaron preferentemente en la periferia y cayeron en manos de extranjeros. Sin la prevención caballeresca contra los negocios, la España que descubrió y colonizó América hubiera producido un buen puñado de esos hombres de empresa que Sombart calificó, con frase afortunada, de “conquistadores en el terrero económico”. En rigor, el proceso español fue inverso al europeo. Mientras las noblezas francesa e inglesa abrían de par en par sus puertas a los nuevos ricos, con lo que se acabó transformando la mentalidad aristocrática, los mejores españoles encastillados en su vieja o nueva hidalguía, se entregaban al ocio y a las armas. El mayorazgo, la prebenda y el botín eran las ganancias honrosas. Crear y movilizar riqueza era propio de plebeyos.

El cambio de mentalidad lo iniciaron en el siglo XVIII los aristócratas ilustrados protectores de ciertas manufacturas; pero el proceso se desarrolló con una lentitud enervante. No hace más de treinta años era agriamente recibido en ensayo de Ramiro de Maeztu –precursor en tantas cosas- sobre el sentido reverencial del dinero. Y aunque parezca increíble, todavía hoy se puede abandonar las aulas universitarias, al cabo de tres lustros de enseñanzas diversas, sin saber a quiénes debemos y cómo se fundaron en España la banca, los ferrocarriles, el teléfono y las industrias textil, siderúrgica o hidroeléctrica. Y, sin embargo, es indiscutible que si se borrara de nuestro territorio la obra de unas decenas de hombres de empresa –esa obra que a diario se cotiza en la Bolsa- habríamos barrido una parte muy sustancial de cuanto la España contemporánea ha sido capaz de añadir a su áspera geografía.

Cuando algunas naciones se encuentran ya en las postrimetrías de la era industrial y en el umbral de otra con insospechadas fuentes de energía, que cambiarán muchos supuestos sociológicos, el viejo espíritu de empresa se abre paso entre nosotros. Y hay que añadir que felizmente, porque más vale tarde que nunca. España es un país parcialmente desértico y de escasos bienes naturales, pero tan capacitado para el trabajo como cualquier otro gran pueblo. Lo que nuestra economía necesita son hombres de empresa que, desde el Estado o independientemente de él, movilicen nuestros recursos y potencien nuestras posibilidades a fin de crear riqueza. Y para que nazcan no basta con el poder legislativo; hace falta también un estado de ánimo colectivo que es preciso cultivar con sabiduría y con generosidad.

 

 

Gonzalo Fernández de la Mora

ABC, 21-9-1955obrero-despedido

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