ORTÍ BORDÁS, José Miguel: OBOB2 Madrid, Encuentro, 2015, 221 págs.

 

El libro es una continuación de Oligarquía y sumisión  (2013), reseñado en el número 181 (septiembre-octubre 2013)  Razón Española. Ortí Bordás describía en él, hasta que punto la democracia política, en manos de oligarquías que abusan de su poder, es prácticamente inexistente. El que reseñamos es una meditación acerca de las consecuencias de la falta de democracia, de su falsificación —que es peor—, y de la destrucción de sus posibilidades en un momento en que el Estado democrático de la sociedad necesita precisamente gobiernos mínimamente coherentes con esta situación histórica, que, como mostraron Tocqueville o Ranke, se venía gestando desde el fondo de la Edad Media como si fuese el destino político de la historia universal.

 

Fernández de la Mora decía certeramente, que la oligarquía es la ley trascendental de las formas de gobierno, por lo que todo gobierno es oligárquico.  El quid de la cuestión es que no abusen los oligarcas de su posición —la moderación era para Montesquieu la principal virtud de la aristocracia— convirtiéndose en una dictadura, quizá en tiranía, colectiva. Y la única forma realista de evitarlo, como sabía ya Aristóteles, es que el peso de los números, es decir, la democracia, contrapese a la oligarquía. Esto exige hoy la existencia de auténticas formas de representación. Y como no es este el caso, puesto que monopolizan los partidos —la partidocracia— la libertad política, sobrevienen los tres efectos mencionados en el título del libro,  sobre cuyas consecuencias  medita Ortí Bordás en las tres partes en que distribuye su contenido. El mejor modo de presentarlo es probablemente una breve  antología de las premisas de que parte el autor.

 

La desafección. «El presente siglo puede ser el siglo de la desafección. En realidad, lo está siendo ya», comienza Ortí en la primera línea del libro. Y no sólo en la vida política, que sería, en cierto modo, un asunto de poca monta, puesto que la política es un reflejo del orden social: «Semejante estado de ánimo se ha convertido en colectivo, se ha instalado en todas las esferas y se ha generalizado al máximo el fenómeno de la desafección». Daniel Hálevy escribió én los años veinte del siglo pasado sobre la aceleración de la historia. Para Ortí habría llegado el momento del sprint final hacia horizontes desconocidos. En la imposibilidad de hacer aquí comparaciones entre las dos tesis, valga la transcripción del siguiente texto del libro que reseñamos: «lo crítico, lo contradictorio y lo polémico van ocupando progresivamente, y diríase que también a marchas forzadas, el lugar en el que hasta hace bien poco habitaban pacíficamente lo aceptado, lo cumulativo y lo digno de adhesión. Una mirada más amplia ha sustitido a la visión monocular y esencialmente asertiva hasta ahora  imperante. Se han impuesto el distanciamiento y la lejanía de los sistemas, de las instituciones, de las estructuras, de las organizaciones, de los aparatos y hasta de los universos conceptuales. Nadie parece identificarse con nada»

 

Ortí Bordás viene a coincidir desde su perspectiva española con libros que proliferan en el mundo occidental como Das Ende der Normalität (El fin de la normalidad) de Gabor Steingart, mencionado ya en estas páginas, escrito desde la perspectiva alemana. La desafección afecta a todo: a la economía, a la cultura (…) y a la política, en la que se concentra el libro reseñado. La política es, como decía Ortega, la piel de todo lo demás, y «la rápida onda expansiva de la desafección (…) está anticipando, escribe Ortí, una gran mudanza» al ser deslegitimadora: si alcanza cierta intensidad, el «mal funcionamiento» del sistema reduce el consenso social básico e «incide negativamente sobre él». La creciente abstención de practicar el rito del voto es un buen indicador del pathos ambiental: da fe de que «ha pasado la hora en la que los sistemas políticos de Occidente creían justificarse apelando a la inexistencia de otros sistemas políticos mejores o menos malos que los establecidos».

 

La posdemocracia. «Estamos instalados, dice clarividentemente Ortí Bordás, en una época nueva, que poco o nada tiene que ver con la precedente». La Edad Moderna-Contemporánea, una unidad desde el punto de vista intelectual, se ha terminado con la posmodernidad. Esta es «ante todo y sobre todo, antimodernidad»: «se alza en armas contra el imperio de la Razón, contra la vigencia de las cosmovisiones, contra los códigos de la Ilustración, contra los antiguos modelos, contra el dominio de la certeza, contra lo preceptuado, contra la mesura y, finalmente, y por si fuese poco, contra el mismísimo progreso». La posmodernidad, escribe Ortí ajustándose a las evidencias, «es desorden, falta de mandatos o prescripciones, ausencia de jerarquía y carencia de centro». Trátase de uno de esos momentos históricos destructivos y simultáneamente innovadores, pues, en la historia jedes Ende ist ein Anfang, todo final es un comienzo. En el momento presente, «la política se desacraliza, el Poder se personaliza y la democracia se desacredita. En estas condiciones, los sistemas políticos se mueven entre la incertidumbre más estricta y la sensación, no menos peligrosa, de estar asistiendo a la posible inminencia de su propio colapso: es la posdemocracia el caparazón vacío de la democracia». Lo grave, apunta Ortí, es que, no obstante, «configura una situación política y nominalmente democrática de la que ha sido extraditado el pueblo. Representa el imperio de la ficción política, que priva de sentido y de materialidad al sistema y ha logrado entronizar la mentira en la política tras mixtificar al máximo la realidad objetiva del sistema democrático (…) La posdemocracia es la democracia desprovista de sustancia». «La coartada política de la oligarquía», acusa Ortí Bordás.

 

Haciendo historia, «desde que la democracia de partidos colocó a éstos en el sitial que por derecho propio correspondía al pueblo, éste ha sufrido un lacerante desplazamiento hacia zonas políticamente suburbiales, en las que la soberanía deviene ficción, el poder de decisión resulta impracticable y el protagonismo político se transforma en pura melancolía». «La posdemocracia es pura y simple impostura política», remacha el autor del libro.

 

La antipolítica. Tras el fin de los totalitarismos, la democracia «se convirtió en un mito (…) A los sistemas constitucional-pluralistas no se les podía objetar. Encarnaban la verdad política y fuera de ellos no cabía mas que la heterodoxia». «Sin embargo, no poca gente está procediendo a una radical revisión del sistema. Ya no lo conciben como suma y compendio de todos los bienes y de todas las virtudes políticas». Resultado: «La política ha dejado de ser un ámbito para el mejor  servicio de la comunidad» y se ha vuelto «ininteligible para el común de los mortales» propiciando «el cambio de la naturaleza del consentimiento ciudadano», lo que, unido a la decepción, ha extendido la desconfianza, que «es la esencia misma de la democracia». «Estamos en la edad de la desconfianza», califica Ortí, y es natural que la política se reduzca a lo que llama la “sub-política” y «se camine hacia una clara (…) confrontación con los fundamentos mismos y las más visibles manifestaciones de la política tradicional». Y no sólo eso, que sería más bien tarea de intelectuales: «parece como si a estas alturas no bastase con el mero y pasivo desentenderse y se fuera imponiendo en buena parte del pueblo el rechazo activo, y más bien instintivo, de la política».

 

Ahora bien, precisa Ortí Bordás, «los tiros van contra la partitocracia residual, contra quiénes la usufructúan y de ella directa o indirectamente se benefician, contra el establishment, contra un entramado institucional que se entiende carcomido cuando no inútil y, en fin, contra el complejo político-económico-mediático que ejerce dominio sobre la sociedad».

 

En efecto, la confrontación histórica-política entre el capitalismo y el comunismo «ha sido sustituida por el conflicto entre un poder sin auténtico control democrático y unos ciudadanos que, después de haber sido despojados en buena medida de sus atributos políticos, se han visto reducidos a la simple condición de contribuyentes, primero, y de consumidores, después. Son los nuevos súbditos» de la antipolítica, «un fenómeno rigorosamente nuevo y original» que, «además de grave e inquietante supone la condena histórica de la política tradicional, la más radical remoción de las bases y fundamentos de la política al uso, el ofrecimiento de una cultura política de cuño inédito e, incluso, la puesta en cuestión de la propia actividad política en tanto tal».

 

Con todo, lo más grave, señala Ortí, es que ha sido excluido también el futuro al «convertir el horizonte político en una poco menos que irreconocible abstracción», otro efecto de la inexistencia de verdaderas elites. Analiza, explica y censura el autor: «hoy, la política es, primordialmente y antes que cualquier otra cosa, aspiración, demanda, exigencia y reivindicación»; es decir, subpolítica.

 

Escritores independientes del sistema nada revolucionarios dirían que Ortí Bordás describe una situación prerrevolucionaria. El libro termina recordando que no puede existir la democracia sin las clases medias maltratadas por el establishment oligárquico, y advirtiendo, sin hacerse explicitamente eco de la posibilidad de una revolución, que esa forma del orden político es «fruto, no cabe olvidarlo, de una clase media cuya actual frustración y encono tiene muchas posibilidades de desembocar en una profunda y radical mutación de lo políticamente presente».

 

Desafección, posdemocracia, antipolítica trata los aspectos más sensibles de la situación actual, que, tal como la describe su autor con saber, serenidad y claridad, no es una mera situación política sino histórica-política.

 

 

Dalmacio NEGRO PAVÓN

 

Reseña del libro de Ortí Bordás por Dalmacio Negro: Nº 194, noviembre-diciembre 2015

 

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