Por Arnaud Imatzphoto A. Imatz

 

 

El debate sobre la identidad nacional divide a España tanto, si no más, que en cualquier otro país de la Europa Occidental. Tanto a la derecha como a la izquierda, el discurso oficial repite que España es un Estado de derecho, una democracia fundada sobre los valores proclamados por la constitución de 1978. Pero un buen número de pretendidos «intelectuales» repiten que la nación es una construcción dudosa, una ficción novelesca. Esta sería, una «ilusión esencialista» cuya defensa conduciría  con certeza a lo peor, es decir a la xenofobia y al nacionalismo. Aceptando con entusiasmo la moda deconstructivista de finales del siglo XX y principios del XXI, prisioneros de sus presupuestos ideológicos o rehenes de lo políticamente correcto, legiones de periodistas militantes y pseudo-historiadores ponen en duda con placer el legado histórico de España, la nación (comunidad) y la patria (tierra de los padres), hasta el punto de hacer desaparecer el objeto mismo de su estudio.

 

Así se puede leer bajo diversas firmas que no ha habido nación y Estado «españoles», no solo en el siglo VII, sino tampoco en los siglos XVI, XVII e incluso XVIII. El nacimiento de España en tanto que nación se remontaría, según los prejuicios de ciertos ideólogos, no a la Casa de Austria, en el siglo XVI, ni a la de los Borbones, en el siglo XVIII, sino a las monarquías constitucionales del siglo XIX, a la constitución de la II República (1931) o incluso a la de la actual monarquía parlamentaria (1978). Para los espíritus más febriles nunca hubo nación española ni imperio español y el término España sería solo utilizado por costumbre o por comodidad.

 

Entre «intelectuales» y artistas, muy mediáticos, se disputa el nivel cero de la reflexión y del debate intelectual. «La idea de España me la sopla […] es una idea para los semicuras y fanáticos» afirma el filósofo, Fernando Savater; «Odio a España desde siempre» insiste el novelista Rafael Sánchez Ferlosio (hijo del teórico falangista Rafael Sánchez Mazas); «La marca España me trae sin cuidado» asiente con la misma elegancia, el escritor, académico, Javier Marías (hijo del muy seguidor de Ortega Julián Marías) «La historia de España es una gran mentira» remata el andalucista provocador Antonio Gala [1].

 

Al escucharles, el tema de la naturaleza histórica de España sería algo pasado de moda y no interesaría más que a algunos fanáticos nostálgicos del franquismo. Su furor intolerante es tanto más desalentador ya que desprecia la obra inmensa de las figuras intelectuales más emblemáticas de la España de los dos últimos siglos. El tema de «la esencia», del ser, de las raíces o de la identidad de España está en efecto presente en un centenar de obras famosas publicadas desde el final del siglo XVIII. En realidad, el  «problema de España» no ha dejado nunca de preocupar a los principales filósofos e historiadores españoles.

 

La intensa controversia relativa a la Revolución Francesa y a la adhesión a sus ideales de algunos españoles postergaba el debate sobre la nación. Una querella periódicamente reanimada: tras la ocupación francesa (1808-1813) y el fin de las guerras de independencia hispanoamericanas (1808-1825); luego, al día siguiente de la gran derrota sufrida frente a los Estados Unidos en 1898; luego, bajo la II República (1931-1936) y bajo el régimen franquista (1939-1975); finalmente, una vez la democracia  «instaurada», en los años 1990. Sería fastidioso nombrar aquí a todos los autores famosos que se han distinguido en el estudio y la interpretación del fenómeno nacional. Estos autores, firmemente unidos al ser y a la existencia de España, tenían en su mayoría convicciones de izquierdas. En el siglo XIX y a comienzos del siglo XX, eran monárquico-liberales, republicano-liberales, demócratas, incluso socialistas. Contrariamente a las ideas recibidas, solo una minoría de ellos defendía la visión  «católico-tradicional de España». Y a penas una o dos individualidades proclamaron su adhesión al fascismo europeo, en su doble versión reaccionaria o revolucionaria [2].

 

La España moderna, democrática, y multinacional del siglo XXI, la España desnacionalizada, conjunto de territorios, «patria común e indivisible de todos los españoles, [que] reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones», según los términos de la Constitución de 1978, se ha construido sobre el rechazo absoluto de la dictadura franquista. Este repudio no ha sido sin consecuencias para las nuevas corrientes historiográficas. Desde el fin de la «Transición» (1975-1982), la ideología dominante ha favorecido la puesta en valor de interrogaciones, rupturas y discontinuidades históricas, y ha sacralizado la Constitución de 1978. La «retórica esencialista», los estereotipos del pasado, la amplia memoria y la valoración de la continuidad, han sido regularmente denunciados. Pero el «drama de la España moderna» se ha dado de manera similar a la de las otras grandes naciones europeas. Las «nuevas élites democráticas y europeístas» no han conseguido generar un nuevo proyecto de vida en común, ni suscitar un sentimiento colectivo de pertenencia a una unidad de destino. En menos de veinticinco años, la idea de una Europa librecambista, multicultural, avasallada, sin marco geográfico, histórico y cultural, apoyada por una nueva «élite» mundializada, desconectada de la realidad, ha sido ampliamente desprestigiada.

 

Los grandes medios de comunicación españoles de comienzos del siglo XXI han tomado como costumbre divinizar la pluralidad y la diversidad y anatemizar la unidad y la homogeneidad. Políticos e intelectuales mediáticos sueñan o fingen creer en la próxima mundialización feliz, en la humanidad pacificada y sin fronteras. Frente a  ellos se encuentran sin embargo historiadores más realistas –en su mayoría miembros de la Academia Real de Historia de España, y también autores no conformistas muy apreciados por el gran público– que defienden la identidad histórico-cultural y estudian lo que Fernand Braudel acostumbraba llamar la «larga duración». Para ellos, la nación no es solo una unidad político-territorial aleatoria que se confunde con el Estado, sino que es también un grupo sociopolítico definido por una cultura y una ascendencia comunes, nacido en el presente de un consentimiento y una voluntad comunes, combinados con un legado histórico compartido.

 

La historia de la nación española no es tan excepcional como algunos han querido hacer ver en el pasado, pero tiene especificidades, características propias que conviene identificar. No es una construcción retrospectiva imaginaria o una ficción narrativa, sino una realidad inteligible, a condición de aclarar, cuestionar y encadenar correctamente sus principales componentes.

 

España es una de las más antiguas naciones de Europa y el recuerdo de algunas etapas fundadoras permite comprender su origen y su identidad.  Hay que citar sobre todo aquí: la romanización, la cristianización, la monarquía visigótica, la invasión musulmana y la  Reconquista, el encuentro/descubrimiento y colonización de América, los Reyes Católicos y el Imperio de la Casa de Austria, las guerras contra el protestantismo en Europa, la contra-reforma o reforma católica, el Siglo de Oro, el declinar del poder imperial, las reformas de los partidarios de las Luces bajo los Borbones, la invasión napoleónica y la resistencia a la ocupación, las guerras de independencia hispano-americanas, las guerras carlistas y el golpismo liberal/progresista del siglo XIX, el nacimiento y desarrollo de los nacionalismos periféricos en el siglo XX, la guerra civil de 1936, los cuarenta años de franquismo, finalmente la monarquía actual.

 

Roma penetra y conquista la península ibérica entre 218 y 19 a. de C. Hispania es la cuna de los poetas Lucas y Marcial, del retórico Quintiliano, el agrónomo Columela, del geógrafo Pomponio Mela, de Séneca o del emperador Trajano. Por supuesto no hay en esta época «conciencia nacional», pero Roma crea un sentimiento de pertenencia a una comunidad. Los Visigodos (unos 200.000 hombres), penetran a su vez en Hispania a partir del año 410. Aliados de Roma, atacan a los Vándalos, los Suevos y los Alanos y se convierten en dueños únicos a partir del año 476. Durante cerca de 250 años, mantienen la unidad de Hispania. El derecho se unifica, hay una sola corona, una sola religión (concilio de Toledo de 589) y un solo derecho. En su Historia de regibus Gothorum, Vandalorum et Suevorum (619), san Isidoro de Sevilla se refiere a la  Laus Spaniae y llama rey de «totius Spaniae», al rey visigodo Swinthila (621-631).

 

El 30 de abril de 711, Tariq, un jefe de guerra bereber, desembarca en la Península a la cabeza de 7.000 hombres. Su superior, Musa, se reúne con él más tarde con 18.000 hombres. En menos de tres años, el sur del reino visigodo, la parte más próspera y la mejor organizada, cae bajo control de los musulmanes. La presencia árabe-bereber en Hispania no pasa inicialmente de los 50.000 hombres mientras que la población hispano-romana y visigoda se acerca a los 4 millones de almas. La desproporción es enorme, pero gracias a la complicidad que crean, los musulmanes se apropian del país sin encontrar grandes dificultades. La primera resistencia seria se manifiesta en 722, en el refugio cristiano de las montañas asturianas.

 

Exceptuando las élites colaboradoras, la población hispano-romana e hispano-visigoda, que ya sea convertida (los muladíes) o mozárabe (los cristianos, cuyas comunidades son dirigidas por jefes designados por el ocupante) no tarda en detestar al invasor. Los emires, luego los califas de Córdoba, deben hacer frente a constantes conflictos territoriales, sociales, étnicos y religiosos. Cuando pueden imponer su poder, lanzan importantes ejércitos contra los cristianos refugiados en las zonas montañosas del norte.

 

Al comienzo del siglo IX, los puntos de resistencia se establecen sólidamente en Asturias y Navarra. En 1085, Toledo es de nuevo cristiano. En los siglos XI y XII, cinco reinos cristianos continúan la lucha; Navarra, León, Aragón, Castilla, luego Portugal, toman el relevo del pequeño reducto asturiano [3]. Es la gran época del nacimiento de los Fueros, esos estatutos jurídicos, franquicias, derechos locales y municipales (siglos XI-XII), que son la fuente más importante del derecho medieval español. Las primeras Cortes de León (1188) son el testimonio más antiguo de un sistema parlamentario europeo.

 

En julio de 1212, la cristiandad ibérica libra contra los Almohades la batalla decisiva de  Las Navas de Tolosa, que aleja la amenaza musulmana. El último vestigio de la Hispania musulmana, el pequeño reino de Granada, sobrevive mal que bien hasta 1492.

 

La idea de una reconquista de la España perdida se manifiesta muy tempranamente en el reino asturiano, a partir de los reinados de  Alfonso II  (791-842) y  de Alfonso III (866-910). La Crónica Mozárabe de 754 se refiere ya expresamente a la «pérdida de España», a la invasión islámica y a la destrucción del reino visigodo. La Crónica de Alfonso III (a principios del siglo X), declara que la España cristiana de Asturias es la heredera directa del reino godo de Toledo y reivindica el derecho a la reconquista de toda la Península. En el siglo XIII, las referencias a España se multiplican en los textos ya en lengua castellana. El Cantar de mío Cid, redactado alrededor del año 1200, menciona varias veces a España. El clérigo Gonzalo de Berceo habla en dos poemas de España.  En 1271, Alfonso X de Castilla y León, «el Sabio», ordena la compilación de la monumental Estoria de España. El gran escritor medieval, el Arcipreste de Hita (Juan Ruiz), se refiere también a España en su célebre Libro de buen amor (1330-1343). En el siglo  XV, bajo el reinado de Isabel la Católica y de Fernando de Aragón, el humanista Antonio de Nebrija publica la famosa Gramática castellana (1492) y el Vocabulario latino-español (1494). Las Crónicas de las Indias de los siglos XVI y XVII, mencionan también  a los  «Españoles», «España » y la «nación española».

 

Al comienzo de los años 1950, una importante polémica ha opuesto a dos grandes intelectuales en el exilio: el filólogo republicano antifranquista Américo Castro y el historiador medievalista, antiguo ministro de la República, más tarde Presidente del gobierno de la República en el exilio (1962), Claudio Sánchez Albornoz. Américo Castro valora las buenas relaciones, la «simbiosis» entre cristianos, judíos y musulmanes. Claudio Sánchez Albornoz, muestra al contrario que el arquetipo de español nace de la oposición y de la lucha entre el Islam y la Cristiandad [4]. Castro subraya que desde el  «año 1000 la España cristiana era ya en lo esencial como la del  1600», mientras que Albornoz atestigua que las raíces históricas de España son mucho más profundas y han crecido mucho antes de la invasión islámica.

 

La España del año 1500 no es por supuesto un Estado-nación unitario: la unión de los soberanos es una unión dinástica y la lealtad popular va a los principios religiosos o monárquico y no al Estado-nación, pero la formación de España en tanto que nación es una realidad patente e indiscutible. Bajo la Casa de Austria, se habla indistintamente de España o de Monarquía hispánica. Existe un Estado y una administración central que respetan las instituciones de los distintos reinos. La Monarquía tradicional española distingue tres esferas de poder autónomas desde el siglo XIV: las Cortes para el legislativo, la Audiencia para el judicial, y los Consejos para el ejecutivo. En el siglo  XVI, hay una religión nacional, el catolicismo; una lengua, el español; una rica literatura y una historiografía nacional e imperial considerable. Hay finalmente un imperio mundial «en el que jamás se pone el sol», una potencia militar  hegemónica y, en el pueblo, un fuerte sentimiento identitario.

 

Hoy se sabe que los países que ejercen una hegemonía mundial o continental son tarde o temprano objeto de una leyenda negra. La de España comienza en el siglo  XVI, cuando el imperio hispánico cristaliza todos los resentimientos. Los libelos inspirados por los protestantes y los judíos que no se han convertido son innombrables. Autores ingleses, alemanes, holandeses, italianos, franceses y, más tarde, norteamericanos contribuyen a forjar de España una imagen detestable. El hispanista americano Philip W. Powell, denunciará esta manipulación de la historia en un libro famoso «El árbol de odio»[5].

 

En el siglo XVIII, una vez que el Imperio hispánico es vencido, los rasgos característicos e inalterables del Español, intolerante y fanático, son definitivamente fijados por la propaganda. Los Borbones importan el modelo francés de monarquía absoluta y se lanzan a una política de unificación, centralización y reformas apoyada por los Ilustrados, los partidarios de las Luces, pero en el extranjero la imagen de España no cesa de ensombrecerse. En el siglo XIX, los españoles afrancesados  importan la idea simplista y reduccionista de que el fanatismo cristiano ha sofocado toda actividad económica creadora. Todos los grandes episodios que jalonan la historia del país son presentados como marcados por las peores calamidades: la Reconquista, un ejemplo de fanatismo religioso; la presencia en América, un modelo de pillaje y de genocidio; las guerras europeas de la Contra-reforma, una manifestación de intolerancia; la defensa de la monarquía tradicional ante la monarquía absoluta  (1700-1808) luego, constitucional (1812), un arquetipo de reacción violenta e irracional contra la Revolución y el Progreso.

 

Entre las razones de la profunda crisis que se prolonga de 1790 a 1840, los historiadores no han señalado suficientemente las consecuencias devastadoras de la Revolución Francesa y del Imperio Napoleónico: la destrucción del poder naval tras Trafalgar (1805), la actitud abominable de la Gran Armada napoleónica, que se comporta en España de 1808 a 1813 como los ejércitos revolucionarios en La Vendée; la pérdida del Imperio Americano (1810-1825); la nulidad política de los monarcas Borbones a principios del siglo XIX; las guerras civiles entre carlistas-tradicionalistas y liberales (1833-1840, 1846-1849 y 1872-1876); las luchas tenaces entre monárquicos-liberales y republicanos-liberales, liberales-conservadores y liberales-jacobinos, marcadas por 33 pronunciamientos «demócratas y progresistas», entre 1814 y 1886; la incapacidad de la élite liberal para generar un nacionalismo patriótico que reemplazara el Estado-Imperio por el Estado-Nación; finalmente, el resurgir de particularidades culturales y la aparición de los nacionalismos periféricos tras la pérdida de los últimos vestigios del Imperio (1898). Un interminable proceso de descomposición que, a pesar de indudables periodos de remisión, llevará finalmente a la Guerra Civil de 1936-1939; una lucha fratricida entre «rojos» y «fascistas», entre una España totalitaria y una España autoritaria ambas igualmente antidemocráticas, entre una España liberal-jacobina y socialista-marxista y una España tradicionalista y liberal-conservadora.

 

En 1978, tras la larga dictadura franquista, toda España compartía la esperanza y la ilusión de una vida política democrática. Pero en menos de cuarenta años, el encanto se ha roto. La descomposición de las élites políticas ha tomado proporciones alarmantes. La España desnacionalizada y disoluta en la Europa del gran mercado planetario ha entrado en un estado de profunda dormición y no se sabe cuándo resurgirán las fuerzas morales y los valores patrióticos que han dirigido durante largo tiempo su historia.

 

Arnaud Imatz

 

[1] F. Savater, Efe, 15 de noviembre de 2005 ; R. Sánchez Ferlosio, Efe, 30 de septiembre de 2008 ; Javier Marías, Efe, 30 de mayo de 2012; Antonio Gala, 31 de marzo de 2007.

[2] La lista de algunos nombres célebres debería ser suficiente para convencer a los más dubitativos: Feijoo, Cadalso y Ponce (en el siglo XVIII), Balmes, Costa, Ganivet y Menéndez y Pelayo  (en el siglo XIX), Gumersindo de Azcárate, Giner de los Ríos, Vázquez de Mella, Unamuno, Ortega y Gasset, Maeztu, Baroja, Azorín, Menéndez Pidal, José María Sallaverría, los hermanos Machado, Valle Inclán, Zuloaga, Pérez de Ayala, Araquistáin, Marañón, D’Ors, Giménez Caballero, Madariaga, Américo Castro, Sánchez Albornoz, García Morente, Laín Entralgo, Calvo Serer, Maravall, Francisco Ayala, Elías de Tejada, Luis Suárez Fernández, Rafael Gambra, Caro Baroja y Julián Marías (en el siglo XX). Entre los historiadores y filósofos que han contribuido más recientemente al debate sobre la nación citemos igualmente: Juan Pablo Fusi, Serafín Fanjul, Fernando García de Cortázar, Gustavo Bueno, Pío Moa, Javier Esparza o Fernando Sánchez Dragó.

[3] Philippe Conrad, Histoire de la Reconquista, Paris, PUF, 1998.

[4] Américo Castro, España en su historia. Cristianos, moros y judíos, Buenos Aires, Losada, 1948  y Claudio Sánchez Albornoz, España, un enigma histórico, Buenos Aires, EDHASA, 1956.

[5] Ph. W. Powell, Árbol de odio. La leyenda negra y sus consecuencias en las relaciones entre Estados Unidos y el mundo hispánico, Madrid, Ediciones Iris de Paz, 1991 (trad. de: The Tree of Hate: Propaganda and Prejudices Affecting Relations with the Hispanic World, New York, Basic Books, Inc., 1971). Ver igualmente Julián Juderías, La leyenda negra, Madrid, 1913, Reed.: Madrid, Atlas, 2007 y Joseph Perez, La leyenda negra, Madrid, Gadir Editorial, 2012.

 

 

 

 

 

Traducción a cargo de Maite Vaquero Oroquieta

 

Razón Española, Nº 197, mayo-junio de 2016.

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