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Por Pío Moa.

Nos hemos acostumbrado a medir la calidad de una sociedad por su renta o la capacidad de consumo. En ese sentido, el franquismo logró el éxito mayor de la historia de España, convirtiéndose en uno de los países de más rápido crecimiento del mundo. Sin embargo hay otro aspecto no menos importante y que puede ir ligado al anterior o no, y es la salud social.

 

Por salud social entendemos los índices que reflejan en buena medida la estabilidad anímica y la satisfacción de la mayoría de una sociedad. Son índices como los de delincuencia, seguridad pública, población penal, suicidios, abortos, fracaso matrimonial, violencia doméstica, consumo de drogas o de alcohol o de tranquilizantes, enfermedades de transmisión sexual, prostitución, corrupción política, fracaso escolar, esperanza de vida al nacer, etc. La historiografía rara vez presta atención a este campo, pero no por ello tiene menos interés, ya que refleja algo así como una cuota de felicidad social, aun si a menudo se tratara de una felicidad ramplona; o si se prefiere, de «calidad de vida», expresión usada hoy bárbaramente para describir básicamente cantidad y calidad de consumo.

 

Al terminar la guerra civil, la mitad de la población española, que había sufrido al Frente Popular, estaba hambrienta, multitud de niños se encontraban en la calle, los abortos menudeaban y lo mismo la inestabilidad familiar, estaban muy extendidos la prostitución y el alcoholismo, las tasas de mortalidad infantil eran muy elevadas y los efectos de la delincuencia política (asesinatos, atentados, saqueos, ya desde la Segunda República) muy visibles. La reconstrucción fue muy difícil debido a la guerra mundial y a las restricciones impuestas ilegalmente por el Reino Unido, y después de dicha contienda España hubo de sufrir también el aislamiento y el hostigamiento de los vencedores, así como una peligrosa guerra de guerrillas. A pesar de ello, la reconstrucción fue un hecho, como demuestran los datos que he recogido en Los mitos del franquismo, uno de los cuales, la esperanza de vida al nacer, dio un gran salto desde los 50 años de la República a los 62 años, debido a las mejoras en la higiene y atención médica y al descenso de la mortalidad infantil. Y a lo largo de las décadas siguientes, España se convirtió probablemente en el país de Europa con mejor salud social en la mayor parte de los índices mencionados.

 

Desde entonces por el contrario, casi todos esos índices han empeorado, acercándose a la media europea en tan poco recomendables aspectos, o superándola en algunos datos como el consumo de cocaína y otras drogas, el alcoholismo juvenil, el fracaso escolar, el consumo de tranquilizantes o la población penal, en los que España ha trepado a una desdichada posición en los puestos de cabeza del continente.

Concretamente, la población penal estaba en los años 60 en unos 20-24 presos por cada cien mil habitantes y hoy ronda los 170, cifra a la que sólo se acerca Inglaterra y es superada por países bálticos y por Rusia (y desde luego por Usa, con la mayor tasa de encarcelados: 756 por cien mil). En el año 2002, la delincuencia en general había multiplicado por cinco la de 1980, a su vez muy superior a la de 1975. El año 2000, Inglaterra sufría la tasa de delincuencia más alta del continente (cuatro veces superior a la española, aunque menos penada con cárcel), seguida de Holanda, Alemania, Francia e Italia. La tasa de homicidios y asesinatos en España permanecía en la mitad de la europea, aunque en alza; la tasa de violaciones ha venido siendo también entre 3,5 y 4 veces menor que las de Inglaterra, Francia u Holanda. En cambio, España los superaba ampliamente en robos con violencia. Dato llamativo: la mayoría de las víctimas de delitos pasó de los varones a las mujeres.

Los abortos pasaron de una cifra imposible de conocer (por estar penados), pero seguramente muy baja en el franquismo, a unos 50.000 anuales en la década de los 90, cifra ya muy alta y aun así duplicada desde 2005: el índice de abortos por número de embarazos está en la media europea, superada solo por Suecia, Francia, Reino Unido (en Usa se había acercado a un aborto por cada tres embarazos en los decenios de más intenso feminismo). En cuanto al suicidio, la evolución global es al alza, por encima de las muertes por homicidios y guerras. En Europa las tasas mayores corresponden a Rusia, Lituania, Finlandia, Suiza, Austria y Francia, permaneciendo España en niveles todavía bajos, pero habiendo saltado entre 1975 y 2010 desde los 0, 70 a los 12 por cada cien mil habitantes entre varones (tres veces menos entre mujeres), y situándose en 2009 como primera causa de muerte de adolescentes. En el régimen anterior, la tasa de suicidios era menor y en descenso desde la guerra, e insignificante entre jóvenes. Seguramente el aumento de suicidios entre jóvenes va ligado, de una parte, a la extraordinaria expansión de la droga y el alcoholismo, y de otra al fracaso matrimonial, manifiesto en los divorcios y separaciones, en los cuales España se había situado en 2009 a la cabeza de Europa, partiendo de la situación contraria. Este fracaso matrimonial tiene inevitablemente fuertes repercusiones sobre los hijos en la infancia y la adolescencia.

El fracaso matrimonial incide en el familiar, manifiesto en violencias físicas y psicológicas entre cónyuges, y entre padres e hijos, cuyas manifestaciones, antaño escasas, aumentan de forma lenta y persistente. También repercute en el embarazo de adolescentes, fracaso escolar, etc. En este orden de cosas, es significativa la retórica justificativa del feminismo y el abortismo, ambos muy ligados entre sí, afirmando que la violencia conyugal y sexual (de «género» la llaman, con expresión inadecuada) era mayor en otros tiempos debido al «machismo», pero que no se denunciaba. Naturalmente es muy difícil o imposible estimar el alcance de violencias o abusos en el seno de la intimidad familiar, pero hay un dato inocultable, que viene a ser como la punta visible del iceberg, y consiste en las muertes ocasionadas por tales violencias. En el franquismo no se contabilizaban particularmente los homicidios o asesinatos «de género», y no tengo los datos precisos, pero sería interesante una investigación al respecto: con casi plena seguridad puede afirmarse que el total de homicidios de todas clases era mucho más bajo que ahora, en concordancia con la delincuencia y la población penal, lo cual indica claramente una violencia familiar también mucho más baja. No es de extrañar ese aumento de la violencia, que no va ligado, contra lo que se pretende, al «machismo», sino que constituye uno de los muchos síntomas de la degradación de la vida y estabilidad familiar, tendencia constante a partir del franquismo y opuesta precisamente a la política de aquel régimen. A esa degradación van ligados tantos otros fenómenos de deterioro de la salud social.

En la actualidad se han introducido costumbres antaño casi inexistentes, como la de embriagarse «porque sí», deliberadamente, muy común entre los jóvenes por imitación de países más al norte. El «botellón» simplemente no existía en el régimen anterior El consumo de drogas, muy extendido en Usa y Europa occidental desde principios de los años 60, apenas iba llegando a España muy a finales del franquismo. El alcoholismo y las drogas, aparte de inducir conductas dañinas o violentas, revelan una insatisfacción de fondo con el tipo de vida corriente, percibido como carente de sentido, la cual induce a evadirse de ella.

También fenómenos como el cultivo del odio ideológico y el terrorismo se multiplicaron después del franquismo, con lo que el legado de paz y salud social dejado por aquel régimen ha sufrido un menoscabo profundo y evidente.

Además de la paz, la prosperidad y la salud social, una cuarta herencia del franquismo, fue un clima social patriótico y optimista que permitió desafiar y vencer los acosos exteriores. Tal estado de ánimo sustituyó al republicano de pesimismo e hispanofobia que definía a España como un país históricamente enfermo, anormal, despreciable en suma: de ningún modo fueron hechos casuales la concomitancia de izquierdas y separatismos ya desde principios del siglo XX, hasta plasmarse decididamente en alianza política y militar en la guerra civil; o que durante la República el grito «¡Viva España!» se tornase políticamente incorrecto y hasta perseguible. Hoy asistimos a algo semejante.

Pío MOA

 

Razón Española, Nº 195, enero-febrero 2016.

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