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En su búsqueda de modelos ajustados a los tiempos que corrían, la derecha política española de la transición escogió a la británica Margaret Thatcher. Manuel Fraga coincidió con ella en una reunión de personalidades en 1977[1] y a partir de entonces en numerosas ocasiones más. Thatcher rompió el status quo en el Partido Conservador y el consenso (Post-War Consensus) imperante en Gran Bretaña, y que consistía, entre otros principios, en acrecentar el Estado de Bienestar y el papel del Gobierno en la economía, conseguir el pleno empleo mediante el déficit y la inflación, y reconocer un derecho de consulta a los sindicatos en política económica, que luego se convirtió en derecho de veto. Por el contrario, de los años de Fraga como jefe de la oposición colocado por los socialistas, tenemos como imágenes sus escenas de sofá[2] en La Moncloa con Felipe González, para llegar a acuerdos de Estado por el bien de la gobernabilidad, acuerdos en los que la derecha siempre acababa engañada por la izquierda.

 

Fraga consideraba el consenso un pilar del régimen constitucional de 1978. Para Thatcher el consenso, tal como lo expuso en un discurso pronunciado en el congreso del Partido Conservador de 1968, «cuando el mundo parecía más izquierdista que nunca y fue más izquierdista de lo que sería ya en el futuro»[3], era una excusa para eludir las decisiones difíciles: «puede ser una tentación para contentar a la gente sin ofrecer una opinión firme acerca de nada. Parece más importante tener una filosofía y una política con las cuales atraer a suficiente gente para amarrar una mayoría»[4].

 

Thatcher revolucionó primero a su partido, que empezó a dirigir en 1975. Hasta su llegada, los conservadores habían estado subordinados a los laboristas en ideas y proyectos, como lo estaban también los republicanos a los demócratas en Estados Unidos hasta las presidencias de Ronald Reagan, y los moderados suecos a los socialdemócratas hasta los años 90.

 

El francés Alain Peyrefitte describió una conversación que mantuvo con Thatcher al poco de ser elegida ésta para dirigir el Ejecutivo británico. Ella le dijo que era la primera gobernante conservadora de su país desde la Segunda Guerra Mundial. Peyrefitte le repreguntó si entonces Winston Churchill (1951-1955), Anthony Eden (1955-1957), Harold MacMillan (1957-1963), Alec Douglas-Home (1963-1964) y Eward Heath (1970-1974) no eran conservadores. Y Thatcher le descolocó con la siguiente respuesta: «Ellos no fueron primeros ministros conservadores. No pusieron a revisión la sociedad socialista establecida por Clement Attlee. Yo soy la primera». En su relato, Peyrifitte elogiaba la resolución de Thatcher, pero se lamentaba de que «había llegado demasiado tarde» a un pueblo ya ahormado en el pensamiento socialdemócrata[5].

 

Sin embargo, Thatcher no fracasó y su país es completamente distinto, hasta el punto de que el laborista Tony Blair, después de cuatro derrotas sucesivas de su partido, tuvo que aceptar parte de las ideas de la señora y hasta pedirle consejo en varias ocasiones[6].

 

Un partido propiedad de unas familias

 

¿Cómo era el Partido Conservador en el que irrumpió Thatcher? Lo podemos conocer por medio de Harold MacMillan: estudió en el colegio de Eton, con muchos de cuyos condiscípulos formó su Gobierno, y fue el último primer ministro nacido en el siglo XIX, bajo el reinado de la reina Victoria, y que combatió en la Gran Guerra.

 

Frederick Forsyth lo describió melancólico en su novela Chacal: «Era un anciano que había nacido y se había criado en un mundo que tenía sus principios y los había seguido. Ahora el mundo había cambiado, estaba lleno de gente con ideas nuevas; y él pertenecía al pasado. ¿Comprendía siquiera que había ahora otros principios, que apenas alcanzaba a entender y que, en todo caso, no eran de su agrado?».

 

En su libro Diplomacia, Henry Kissinger le recordó de la misma manera: «Aunque poseía un travieso sentido del humor, había en MacMillan una melancolía inseparable de su posición al verse obligado a participar en la continuada decadencia de Inglaterra tras la terrible experiencia de la Primera Guerra Mundial, desde la cumbre del poder. MacMillan solía narrar en tono conmovedor la reunión de los cuatro supervivientes de su clase del college Christ Church, en Oxford».

 

Durante los años de Thatcher (1979-1990) que coincidieron con el final de su vida, MacMillan, fallecido en 1986, criticó algunas de las decisiones de su correligionaria, precisamente las que invertían el consenso socialdemócrata y por tanto eran las más polémicas. Así, lamentó incluso en público el choque con los sindicatos mineros. Kissinger recuerda que en una ocasión le mostró su apoyo moral a aquéllos: «(…) en 1984, MacMillan, que para entonces llevaba veinte años sin ocupar ningún cargo, me dijo que, aun cuando respetaba mucho a la señora Thatcher y comprendía lo que ella estaba tratando de hacer, él nunca habría podido obligarse a llevar una lucha hasta el fin con los hijos de los hombres que él había tenido que lanzar desde las trincheras en la Primera Guerra Mundial, y que se habían sacrificado con tal abnegación».

 

Un ejemplo de cómo la añoranza del pasado se convierte en lastre en el presente.

 

El Partido Conservador de los años 60 y 70 estaba dominado por unos círculos aristocráticos sin reflejo en el pueblo británico y que además, como en el caso de los espías comunistas que formaron el Círculo de Cambridge y de los intelectuales decadentes del grupo de Bloomsbury, subvertían la sociedad de la que vivían. También las relaciones de Thatcher con el premier conservador que le precedió, Edward Heath, que como ella provenía de una familia humilde, fueron malas.

 

Pero no sólo había buenrrollismo y respeto al establishment en los conservadores. El primer ministro anterior a Thatcher, el laborista James Callaghan (1976-1979), recibió el apodo de Sunny Jim (Alegre Jim). Pese a su simpatía, los británicos padecieron la crisis del 73, terrorismo, inflación y huelgas que concluyeron en el invierno del descontento. Callaghan perdió una moción de censura en 1979 presentada por los conservadores de Thatcher por un único voto: 311 diputados contra 310. En las elecciones parlamentarias posteriores, el Alegre Jim perdió 50 escaños y su partido estuvo en la oposición dieciocho años.

 

A pesar de la división de los conservadores en torno a Thatcher, como añade Kissinger, «no fue poco irónico el hecho de que el Partido Tory victoriano, integrado por terratenientes y familias aristocráticas devotamente anglicanas, presentara como líder a este brillante aventurero judío [Disraeli] y que el partido de los sutiles conservadores hubiese llevado al primer plano del escenario mundial al quintaesenciado extranjero. Ningún judío había llegado a alcanzar tales alturas en la política británica. Un siglo después volverían a ser los tories, en apariencia recalcitrantes, y no el Partido Laborista, conscientemente progresista, los que llevaran a la hija de un verdulero al poder».

 

De la misma manera irónica, se puede decir que Thatcher acabó con la Inglaterra conservadora. Así lo ha visto José García Domínguez: «Acaba de morir la mujer que terminó para siempre con la Inglaterra conservadora. Así, a golpe de paradojas, se escribe la Historia. Y es que si algo quedaba en pie del viejo mundo asociado a los valores victorianos que tanto admiró Margaret Thatcher, apenas habría de ser mero recuerdo al verse expulsada del poder por los que hoy la lloran. En el fondo, ironías de Clío, su éxito fue su fracaso. Porque la sociedad sí existe, pero no aquélla»[7]. Si bien convirtió a la británica en una sociedad de pequeños propietarios (de viviendas y de acciones), también es cierto que bajo su Gobierno disminuyó el peso de la industria en favor de las finanzas y el sector de servicios; en la actualidad, Londres es un centro financiero de rango mundial y la City aporta en torno al 10% del PIB nacional[8], por lo que los Gobiernos se opone a toda medida de control de Bruselas sobre sus bancos.

 

De liberal-conservadores a centro-reformistas

 

Frente a Thatcher, ¿qué ofrece el Partido Popular a la sociedad española? Registradores de la propiedad, abogados del Estado, fiscales, inspectores de Hacienda… Gente con una gran memoria, formada en el servicio al Estado y con sus miras en el escalafón.

 

En sus fallidas memorias En busca del tiempo servido (su agenda más una selección de titulares de prensa apenas comentados), Fraga describe su proyecto político: «La necesidad de organizar una fuerza política seria, duradera y capaz de gobernar; la urgencia de salirse del mero trampear a corto plazo; el hecho evidente que se estaba ganando en el terreno de la ausencia de ambigüedad (Thatcher, Reagan, Nakasone), no en el de las piruetas oportunistas y seudocentristas; la urgencia de aclararse todos ante las próximas elecciones»[9]. En un comentario anterior en el libro, elogiaba a Reagan y a Thatcher por haber conseguido sus victorias el primero después de cincuenta años de «predominio demócrata» y la segunda después de una «generación de ideas laboristas», y también definía su partido deseado como «liberal-conservador».

 

Pero Fraga fue incapaz de cumplir esos objetivos y de imitar a Reagan y Thatcher (ninguno de lo cuales, por cierto, tenía nada parecido a la larguísima lista de oposiciones administrativas ganadas). Fraga nunca libró la guerra cultural ni puso en peligro la hegemonía social de la izquierda. Prueba de este fracaso es el importante papel que tuvo Fraga en el nacimiento del que fue sin duda su mayor adversario en el campo de la comunicación: el periódico El País, el «intelectual orgánico de la transición»[10].

 

Fraga, que en otra diferencia respecto a Thatcher no quiso retirarse de la vida pública, en una entrevista patética concedida a El País en 2008 abjuró de su modelo y se pronunció por Barack Obama: «Yo soy de centro reformista, como Obama. Y además yo empecé antes que él»[11]. Siguiendo con esta ruptura, el actual presidente del PP, Mariano Rajoy, aconsejó a los disidentes que se marcharan: «si alguien se quiere ir al partido liberal o al conservador, que se vaya». Si a Rajoy se le representa con los pies encima de la mesa y fumando un puro, nadie se imagina a Thatcher leyendo el Hello con la cabeza dentro de un secador. O como ha escrito Guillermo Dupuy, «Thatcher se jactaba de leer a Hayek, mientras que Rajoy parece que se limita al Marca»[12].

 

Que los electores premian la firmeza y la claridad se comprueba en la trayectoria del Partido Conservador británico. Después de recuperar el Gobierno en 2010, aunque en coalición con un partido de centro-izquierda, el primer ministro David Cameron ha comenzado su declive al subir los impuestos, aprobar el matrimonio homosexual, aceptar la doctrina del calentamiento global y mantener la discriminación de los cristianos heredada del laborismo. La consecuencia es que el Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP), que no busca ser guay a la progresía, crece a su costa y le conduce a una derrota que puede ser catastrófica. Cameron pertenece a esa aristocracia a la que se impuso la dama de hierro: es hijo de un agente de cambio y bolsa, estudió en Eton; tanto él como su esposa están emparentados con la realeza.

 

La permanente Thatcher conoció de cerca a todos los dirigentes de la derecha española: acudió al I Congreso de la UCD; mantuvo relaciones con Fraga, del que le decepcionó su abstención en el referéndum de la OTAN; y recibió de José María Aznar un premio de la fundación Faes. Es decir, mientras Thatcher se mantenía en sus principios, la derecha española mutaba de UCD a Alianza Popular y de ésta al Partido Popular.

 

Sólo Aznar adoptó parte del ideario y el ejemplo de Thatcher. Redujo el sector público, bajó los impuestos y estableció un vínculo íntimo con Estados Unidos, pero no se atrevió a enfrentarse con la hegemonía social de la izquierda. En un artículo de homenaje, Aznar elogiaba a Thatcher porque «fue ejemplo de liderazgo transformador. Puso fin a la tiranía de lo políticamente correcto, dio la batalla de las ideas y no aceptó el dominio cultural de la izquierda»[13]. Exactamente en lo que él falló, como Fraga. La diferencia entre ambos es que Fraga dio entrevistas a El País el final de su vida, mientras que Aznar se negó a concederlas desde la campaña electoral de 2000, como se quejó el periódico[14]. Aunque se ha de reconocer en favor de Aznar que Thatcher contó con la neutralidad de la reina Isabel en su labor de gobierno.

 

En resumen, ¿qué tiene que reivindicar la derecha política española, que se define como centro-reformista, del legado de Thatcher, cuando las diferencias en el comportamiento de ambas es opuesta: la táctica frente a la estrategia, la exclusión frente a la unidad y el complejo frente a la certeza?

 

Un aforismo de Thatcher que está pendiente de aplicarse en España es el siguiente: «Yo no soy una política de consensos, soy una política de convicciones».

 

 

Pedro Fernández Barbadillo

 

 

Razón Española, Nº 179, mayo-junio 2013.

[1] El País, 21-4-1977. http://elpais.com/diario/1977/04/21/espana/230421602_850215.html.

[2] Fraga acudía a La Moncloa porque pensaba que con esas reuniones reforzaba su condición de jefe de la oposición, obtenía una imagen de estadista y fomentaba en los españoles la impresión de que existía un bipartidismo. José María Aznar se negó a ellas porque creía que inflaban la soberbia de González y le concedían a éste un predominio político. Aznar, que había sido candidato del PP a presidente en las elecciones generales de 1989 y elegido presidente de su partido en enero de 1990, visitó la residencia oficial de González por primera vez en julio de 1990.

[3] AMIS, Martin: Koba, el Temible. La risa y los Veinte Millones, Anagrama, Barcelona, 2004, pág. 20.

[4] El discurso se puede consultar en http://www.margaretthatcher.org/document/101632.

[5] Conversación recogida por Manuel Blanco Tobío en su columna de ABC, 18-8-1984. http://hemeroteca.abc.es/nav/Navigate.exe/hemeroteca/madrid/abc/1984/08/18/013.html

[6] http://www.mirror.co.uk/news/uk-news/tony-blair-called-margaret-thatcher-105491.

[7] http://www.libertaddigital.com/opinion/jose-garcia-dominguez/thatcher-mas-alla-del-mito-68078/.

[8] http://www.cityam.com/article/financial-services-firms-account-96-cent-uk-s-gdp.

[9] Reseña de una cena con José Antonio Segurado y Óscar Alzaga el 19 de febrero de 1985.

[10] FERNÁNDEZ BARBADILLO, Pedro: «El País de las conspiraciones: la “superderecha” detrás de Adolfo Suárez», revista La Ilustración Liberal, nº 49, otoño de 2011, Madrid. Se puede consultar en http://www.ilustracionliberal.com/49/el-pais-de-las-conspiraciones-la-superderecha-detras-de-adolfo-suarez-pedro-fernandez-barbadill.html.

[11] http://elpais.com/diario/2008/06/08/domingo/1212897154_850215.html.

[12] http://www.libertaddigital.com/opinion/guillermo-dupuy/thatcher-y-el-continuador-de-zp-68063/.

[13] http://www.libertaddigital.com/opinion/jose-maria-aznar/una-autentica-liberal-conservadora-68065/.

[14] http://elpais.com/diario/2009/06/05/espana/1244152805_850215.html.

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