Oíd, oíd, lo que los hombres han hecho. Hundidas que fueron las Atlántidas, diéronse ellos a contar calendas y dibujar figuras: alguien, sin duda, les había enseñado.

Desde entonces, ruedan los siglos al pie de monumentos, que atestiguan, piedra sobre piedra, que el hierro cruzó el hierro. Emigran rebaños y vencidos: si los zagales prosiguen, fíncanse privilegiados pastores; trazan en tierra y aire nuevas figuras: es el hierro arado; la piedra, ciudad. Corónanla humos de altares y hogares: junto al ara, un sacerdote; bajo techo, una familia. Padre de padres, el rey. Su nombre se inscribe en catálogos, mientras los hijos de zagales, alcanzada la mar, embárcanse, vela al viento, oro en bodega.

 

Tras largo soñar guerras y navegaciones, ábrense los ojos a la luz ateniense. Allí aprende el hombre la figura del hombre: de su conciencia, en el frontis de templos; de su arquetipo, en estatuas. También hallará la ciudad su arquetipo; tal, que para siempre superpondrá, en imperio, urbe y orbe. Desde la hora de la cicuta, brindada por el filósofo al daimón, hasta la del cáliz, por el Hijo de Dios acepto, Roma traduce jurídicamente la libertad a misión.

 

Una línea de misión evangeliza, desde Jerusalén, Compostela; otra, de libertad corre, migratoriamente, de septentrión a mediterráneo. Crucificado queda el occidente, en cruz de servicio. No esclavitud ya: el yugo que infamó frente humana baja al cuello del percherón. Fácilmente acarreadas así, erigen las piedras la catedral; canta el hierro con voz de campana. ¡Atención! La torre, comunera o señoril, campanea igualmente: en ocasiones, a rebato, cuando la otra, a queda. Entre municipios, señores, reyes, emperador, pontífice, embróllanse las figuras. No todo lo arregla el renacimiento con su prueba de restaurar la ciudad antigua como estado. Segundones envidiosos de heredero, no olvidan su nómada vocación. Descoyúntase misión de libertad. Esta se precipita en heterodoxia; delira aquélla en descubrimientos. Cuando en pos de remotas indias, aventurera exploración; si de abolidas centurias, erudición; si de esencias ocultas tras los fenómenos, arte o ciencia; si de la misma figura del hombre, conturbándola, pueblo o subconsciencia: revolución, siempre. En ella proliferan naciones, saberes, capitales. Mentes nómadas escriben libros, embriagadores para los mismos sedentarios; inventan máquinas que los desraízan; cantan canciones que los enajenan.

 

Hasta que, enajenadas, sienten las almas un gran vacío. De todo el mundo llegan crujidos precursores de tremenda catástrofe. ¿Cómo las Atlántidas, la obra que inició la traza de figuras y el estatuto de calendas, se va a hundir?… No, gracias, justamente, a calendas y figuras, exorcismo del tiempo y del espacio. Que sobre mejor bien que la tierra nos sabemos fincados y de mejor caudal, herederos. Instalados definitivamente en la cultura, en su perenne ecumenicidad, conciliaremos estatua griega y derecho romano; libertad y misión; pontificado e imperio; campanas y máquinas. Vamos a hacer lo que, entre naciones y protestas, el renacimiento no pudo. Vamos a lograr una civilización de eviterna estructura; en tanto contraste con las civilizaciones del relativismo, como nuestro esqueleto con el de los animales antediluvianos.

 

Nueva revista nº 50 – Abril-Mayo 1997 (pp. 146-148)

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