soledad

 

Por Eduardo ARROYO

 

 

La Constitución de la Organización Mundial de la Salud fue adoptada por la Conferencia Sanitaria Internacional, celebrada en Nueva York del 19 de junio al 22 de julio de 1946, firmada el 22 de julio de 1946 por los representantes de 61 Estados[1], y entró en vigor el 7 de abril de 1948. En el preámbulo de la citada constitución se definía la salud como «un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades». La definición no ha sido modificada desde 1948 y otros autores han abundado en el mismo sentido integrador hasta el presente. Por ejemplo, Briceño-León (2000) dice que «la salud es una síntesis; es la síntesis de una multiplicidad de procesos, de lo que acontece con la biología del cuerpo, con el ambiente que nos rodea, con las relaciones sociales, con la política y la economía internacional»[2].  La característica de esta definición es que la salud pasa a ser un fenómeno de interés multidisciplinar porque, ya no solo la biología o la medicina contribuyen a definir lo que es saludable, sino que el medio social y económico contribuye a establecer el canon de la salud.

 

Por otro lado, en el año 2003, la Organización Mundial de la Salud (OMS) hizo pública una noticia escalofriante: el suicidio desplazaba por primera vez al homicidio como primera causa de muerte violenta en el mundo. Según hizo público el propio website de la OMS el 8 de diciembre de 2004, además de otro informe sobre la violencia y la salud en el mundo[3], «en la mayoría de los países europeos, el número de suicidios es mayor que las víctimas por accidentes de tráfico. En 2001 la estadística, total y global, de suicidios excedía el número de muertos por asesinato (500.000) y en la guerra (230.000). Entre los países donde se da el suicidio, las tasas más elevadas se encuentran en Europa Oriental y las más bajas principalmente en América Latina, en los países musulmanes y en algunos países asiáticos. Se estima que es de 10 a 20 veces superior el número de fallecidos como consecuencia de intentos fallidos de suicidio, que ocasionan heridas, hospitalización, o traumas mentales o emocionales, si bien no existen datos exhaustivos. La tasa tiende a aumentar con la edad, pero recientemente ha habido un incremento alarmante de comportamientos suicidas entre los jóvenes de 15 a 25 años en todo el mundo».

 

En la Global Health Estimate de 2014, la OMS revela que el suicidio es la decimo cuarta causa de muerte en el mundo, por delante del cáncer de hígado, estómago y colon y también por delante de la enfermedad de Alzheimer. Concretamente en España, el suicidio es la primera causa de defunción externa por delante incluso del los accidentes de tráfico, según revela el Instituto Nacional de Estadística en su nota de prensa del 4 de julio de 2011.

 

En este contexto, si, por un lado, la principal autoridad sanitaria internacional considera que la salud debe comprender factores de tipo físico pero también social y económico y, por otro lado, el suicidio ha adquirido una relevancia creciente, hasta el extremo de convertirse en un fenómeno social, podemos concluir que nuestro mundo en su conjunto se está haciendo menos saludable y bastante más enfermo.

 

Ahora bien, ¿cuáles son los motivos del suicidio? Sería muy pretencioso intentar dilucidar en un simple artículo los motivos de una cuestión compleja. Dos ideas resultan relevantes al respecto: primero, no es cierto que el suicida «no avisa», más bien sucede que la idea suicida en gestación pasa desadvertida en el entorno familiar y entre las amistades. En segundo lugar, parece que dos terceras partes de los suicidios están vinculados a las diversas formas de depresión[4]. Los motivos de ésta pueden ser diversos, si bien últimamente, con motivo de la crisis de 2008, han proliferado los estudios que relacionan los problemas personales asociados a las dificultades económicas con el aumento en la tasa de suicidios[5]. Sea como fuere, parece que la depresión se halla estrechamente vinculada al suicidio. La idea es escalofriante y enlaza con los informes de la Organización Mundial de la Salud (OMS) que dicen que la depresión es ya la segunda causa mundial de incapacidad —después del dolor de espalda—, según mide el parámetro YDL (Years Lived with Disability o Años Vividos con Incapacidad), y la cuarta según el parámetro DALY (Disability Adjusted Life Years o traducido oficialmente como «Años de Vida Potencialmente Perdidos”)[6]. Este último parámetro mide la suma de los años de vida potencial perdidos debido a muerte prematura y de los años de vida productiva perdidos por incapacidad. Traducimos disability por «incapacidad» dado que no creemos que nadie pretenda que la depresión constituye una «capacidad diferente» como en otras ocasiones impone el lenguaje políticamente correcto. La OMS afirma que la depresión puede curarse en el 60-80% de los casos pero achaca la progresión de la misma a la falta de recursos, mayormente a medicamentos antidepresivos y psicoterapias.

 

Este aumento de la depresión debe estar vinculado necesariamente a un aumento de suicidios. Como cabía esperar, ya la OMS afirmaba a principios de la década del 2000 que «la tasa global de suicidios (muertes nuevas por año) ha subido desde el 10 por 10000 en los años 50 hasta 18 por 10000 en 1995. Mientras que ha descendido en algunos países, en otros se han estabilizado. En conjunto se percibe una tendencia al alza en todo el mundo, lo cual resulta preocupante». Según la OMS, más del 30% de los 5 millones de muertes en todo el mundo por causas externas en el año 2000 se debieron bien a lesiones auto-infligidas bien a lesiones por violencia o guerra[7].

 

Toda esta información debería preocupar, especialmente cuando analizamos el problema en nuestro propio país y en el contexto de los países avanzados. Parece que en la sociedad de la opulencia —en España y en todos los otros países occidentales—, los suicidios crecen. La pregunta es: ¿por qué? ¿Cuál es la razón de que ya existan más fallecidos por suicidio que por accidentes de tráfico? Nadie parece reparar en las razones aunque, sin duda, el asunto del suicidio está muy estudiado por parte de psiquiatras y psicólogos. Sin embargo parece que lo que éstos profesionales estudian es, con frecuencia, solamente la sintomatología del suicida, el camino que recorre desde que en su interior se gestan las primeras ideas suicidas hasta que consuma su macabro éxito, sin entrar en las causas primeras de todo ello. José Giner, presidente de la Fundación Española de Psiquiatría y Salud Mental, echaba en cara al gobierno que no se aplicara ningún plan para ayudar a los enfermos mentales a canalizar estas conductas suicidas, como se viene haciendo para reducir la mortalidad en la carretera. Respecto de la gente joven, Giner ha dicho que «a los jóvenes de hoy se les ha enseñado que el mejor es el que tiene éxito. El problema es que ellos no quieren hacer ningún esfuerzo para conseguirlo, y no soporta no alcanzarlo»[8]. La respuesta de Giner parece un tanto superficial y posiblemente solo refleje la falta de perspicacia del entrevistador. Para nosotros resulta absurdo culpar al gobierno y a la aplicación de planes de sanidad de una situación que tiene profundas raíces. Por bien que se aplique un plan, los psiquiatras saben muy bien que un suicida decidido es imparable: antes o después conseguirá su objetivo.

 

Giner insiste en que «no es cierto que el suicida no avise», pero el hecho es que en muchos casos la tragedia pasa desapercibida en su entorno familiar. Dicho en otras palabras, a menudo el suicida gesta su drama en silencio, donde la familia o los amigos no pueden ayudarle.

 

Y es que analizar las causas por las que cada vez se suicida más gente y a edades más tempranas quizás nos llevaría conclusiones de otro tipo. Parece que esa idea, propia de la modernidad, de que todo puede arreglarse con la técnica también ha llegado también a las patologías más íntimas de los hombres. Porque cuando una persona decide que no quiere seguir viviendo se trata de un fallo sistémico que arranca de su interior más profundo. Reiteramos la pregunta: ¿qué está pasando?, ¿qué pasa en el corazón humano que rechaza la vida misma y todas sus posibilidades? Es muy dudoso que se trate de un nuevo plan fracasado de un gobierno así mismo fracasado o de la frustración por falta de éxito de una generación a la que no se le ha enseñado a «triunfar». Quizás haya que buscar en otro lado y pensar que lo que sucede es que se está hurtando al hombre algo sin lo cual no puede vivir. Es muy posible que el cuarteto del subjetivismo, relativismo, individualismo y materialismo sea el principal responsable de esta catástrofe y, si se tiene en cuenta que se produce un millón de suicidios al año en el mundo —más fallecidos que por guerras u homicidios—, resulta que la primera causa de destrucción de vidas se debe al modo en que las personas perciben lo que les sucede en su propia vida. En este nuevo contexto en el que lo que mata no es esta o aquella estrategia sanitaria, esta o aquella carencia, sino una visión del mundo intrínsecamente letal, la solución queda mucho más lejos que una mera reforma política o económica. La impotencia de fórmulas de tipo economicista —como las marxistas o las liberales— que copan toda la «oferta» político-ideológica del momento, puede ser una razón por la cual se ningunea el problema: como no podemos solucionarlo hagamos como que no existe. Piénsese en los millones de euros invertidos en España —y en el mundo— en la «lucha contra el terrorismo» o contra la «violencia de género» y en todo lo que los medios de comunicación, políticos y gobiernos en general hablan sobre esos asuntos. Todos los muertos ocasionados por esa lacra no son sino una pequeña fracción de los ocasionados por el suicidio, una lacra que no figura entre los temas destacados por los medios y los gobiernos sencillamente porque el pensamiento oficial no consigue encajar ideológicamente el suicidio dentro de sus esquemas. Mientras que una cosa genera titulares en cascada lo otro queda como mera estadística para eruditos académicos.

 

La razón fundamental es que las causas antes mencionadas —subjetivismo, relativismo, individualismo y materialismo— están en la base de la ideología dominante occidental, aquella sobre la que se construye nuestra sociedad y de la que, en un grado u otro, beben las corrientes políticas e ideológicas homologadas por el poder como «aceptables». En términos histórico-filosóficos, están en la base del pensamiento ilustrado del que nacen todas las ideologías y opciones políticas de la modernidad. El individualismo —según Gabriel Marcel, lo contrario a la propia idea de «persona»— relega a la persona a una entidad insolidaria y egocéntrica respecto de su cultura, su historia y otros referentes sin los que el hombre no puede vivir. El subjetivismo refiere todo cuanto ocurre a las opiniones caprichosas de cada uno, con frecuencia generadas conforme a sus necesidades más primarias. El relativismo le priva de la posibilidad de conocer la verdad, incluso de la idea de que pueda existir algo verdadero y, por último, el materialismo, al negar la existencia del espíritu y de la vida ultraterrena, refiere todo a ésta vida, en la que lo que prima es el «éxito» profesional, el dinero o el mero bienestar material. La consecuencia última es que la vida deviene sin sentido, en una simple existencia en la que solo importa «ir tirando» o matando el tiempo, algo que nadie a la larga puede soportar.

 

El hombre no puede vivir sin todas las cosas de las que le privan esas cuatro ideas mencionadas: necesita un hogar, una patria y una identidad. Necesita saber que hay cosas verdaderas y falsas, que no dependen de él y a las que hay que atenerse si no quiere pagar las consecuencias y, por último, necesita saber que el hombre es mucho más que un complejo físico-químico de carbono.

 

Por eso nos atrevemos a profetizar el fracaso de las soluciones superficiales y apresuradas a la hora de atajar algo que no es un fallo concreto, sino un desorden funcional del mundo moderno. Sin duda alguna, el hombre sólo alcanzará una plenitud de vida, un verdadero amor por todo lo que el mundo nos ofrece, bebiendo en las fuentes que religan al hombre con la trascendencia, independientemente de cosas efímeras como el éxito y el dinero.

 

 

 

 

Razón Española, Nº 188, noviembre-diciembre de 2014.

 

 

[1] Official Records of the World Health Organization, Nº 2, p. 100

[2] Briceño-León, R. (1999). Las ciencias sociales de la salud. En Briceño-León, R. (Comp.) Ciencias sociales y salud en América Latina: un balance (pp. 17-24). Caracas: Fundación Polar.

[3] World report on violence and health: summary. Geneva, World Health Organization, 2002, p. 19. Citado también en: WHO website.Suicide huge but preventable public health problem, says WHO. http://www.who.int/mediacentre/news/releases/2004/pr61/en/. Tomado el 10.10.2014

 

[4] Melinda Wenner, «Corteza frontopolar», Mente y Cerebro, 38, 2009, pág. 8.

[5] Stuckler D. et al. (2011). Effects of the 2008 recession on health: a first look at European data. The Lancet 378 (9786):  p. 124-125.

[6] Ferrari AJ, Charlson FJ, Norman RE, Patten SB, Freedman G, et al. (2013) Burden of Depressive Disorders by Country, Sex, Age, and Year: Findings from the Global Burden of Disease Study 2010. PLoS Med 10(11): e1001547. doi:10.1371/journal.pmed.1001547.

[7] Peden M, McGee K, Sharma G. The injury chart book: a graphical overview of the global burden of injuries. Geneve: World Health Organization, 2002.

 

[8] Teo Andrés J. Vigo registra el triple de muertos por suicidio que por accidente de tráfico. Atlantico.net. http://www.atlantico.net/articulo/vigo/vigo-registra-triple-muertos-suicidio-accidente-trafico/20101213105614103435.html. Tomado el 1.10.2014.

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