Especial “Populismos”. Razón Española, número 203. Mayo-junio 2017.

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ÍNDICE

Artículos de Prensa de Fernández de la Mora

Partidos contra democracia…………………………………………………                                                  259

La democracia real ……………………………………………………………..                                                  263

Esta democracia ………………………………………………………………….                                                  266

Estudios

La herejía populista, por José Javier Esparza………….                                                                271

¿Quién quiere populismo?, por Óscar Rivas ………….                                                                  293

Notas

Emmanuel Macron, el «hijo predilecto» de Hollande, por Arnaud Imatz                            343

Trump: ¿La inevitabilidad del dominio del programa progresista?,

por José Norberto Viguria Alegria …………………………………………………                               351       

Austria y Alemania: un combate por el alma europea,

por Eduardo Arroyo …………………………………………….                                                                  361

Prawo I Sprawiedliwosc, el hijo político de solidaridad,

por José Luis Orella …………………………………………………………….                                                  367

Libros

 

Populismo. Una defensa de lo indefendible, de Chantal Delsol …………………..           375

Droite Gauche:pour sortir de l’equivoque, de Arnaud Imatz ……………………..           377

Hillbilly, una elegía rural. Memorias de una familia

y una cultura en crisis, de J.D Vance…………………………..                                               378

Un outsider hacia la Casa Blanca,

de Bernie Sanders (con Huck Gutman) ………………………                                                  381

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NO ES LÍCITO CALLAR

Fernando altunaNo es lícito olvidar, no es lícito callar, si nosotros callamos, ¿quién hablará?», suplicaba Primo Levi. Hoy puedo, quiero, deseo hablar. En septiembre pasado, se cumplieron 36 años, cuando cada 60 horas se producía un atentado terrorista mortal en España, ETA (político-militar) asesinó a mi padre, Basilio. No sería honesto conmigo mismo si hoy, un año más, volviese a callar como lo he hecho durante tanto tiempo. Como nos dice Levi, hoy no me es lícito olvidar. Como en 1980, cuando yo era un niño de 10 años, hoy tengo unas terribles ganas de gritar.

Apenas recuerdo la voz y los rasgos físicos de mi padre, los recuerdos vitales se han perdido. Un boceto compuesto por distintos relatos de familiares y amigos es todo lo que tengo hoy de él. Podría extenderme en el porqué de tantos años de silencio, pero la explicación básica no es otra que su muerte fue también la mía durante décadas. Tuve que buscar desde la adolescencia recursos para poder pasar el mal trago de quedarme huérfano con buena parte de la sociedad a favor de sus verdugos. Sería irreal decir que esos recursos no funcionaron, de hecho llegué a formar familia, a formar parte de la comunidad y ser un buen profesional de la publicidad española.

Pero también sería mentira decir que esos recursos ficticios me pasaron una factura vital de la que jamás podré liberarme. Hará poco que reconocí que solo aceptando la derrota de mi vida podría subsistir. ¿A quién le gusta aceptar la derrota? A nadie, pero al menos en mi caso ha sido la única forma de que hoy mi vida sea más humilde, más honesta y más honrada. Sí: yo he perdido.

En el caso Altuna, la rama político-militar de ETA no sólo asesinó a padre. Me destrozó como persona, aniquiló a una familia y resquebrajó los principios del Estado de Derecho al no haberse hecho justicia, al igual que en los más de 300 asesinatos de la organización criminal que no han sido esclarecidos. No soporto, no acepto pues, la teoría del relato de que las víctimas del terrorismo hemos vencido. Al menos mi padre y yo hemos perdido. Hemos sido derrotados. No hemos ganado. Nada.

Nunca me ha gustado el terrorismo con apellidos. No distingo el dolor de una víctima de ETA, de los GAL, de los GRAPO, del BVE o de los FRAP. Pero en el caso de los asesinatos cometidos por ETA político-militar, fruto de no haber realizado una construcción adecuada del relato, hoy tengo que denunciar la reescritura que se ha hecho de esta rama sanguinaria. Así, podemos leer que ETA (pm) fue una banda que pasó con naturalidad de la actividad armada a la vida democrática, sin ni tan siquiera haber entregado las armas… Bueno sí: entregadas a ETA militar para que ésta siguiera matando. Tenemos que oír que los poli-milis eran unos seres románticos y bondadosos que únicamente secuestraban durante unas horas a malvados empresarios para dejarlos en libertad tras dispararles un leve tiro en las piernas. No: ETA político-militar secuestró, torturó y asesinó. A políticos como Ustaran y Doval. A humildes obreros como Mario González y Joaquín Becerra. A personas anónimas en atentados indiscriminados simultáneos en Atocha, Chamartín y Barajas. A…

Denuncio que un tipo como Arnaldo Otegi Mondragón, que el 6 de septiembre de 1980 estaba en territorio español dentro de los comandos activos de ETA político-militar, que bien pudo ser el autor material o necesario del asesinato de mi padre, sea hoy «la estampa» viviente de la historia de la banda y sus ramificaciones en el País Vasco, Navarra (y el resto de España). Un txotxolo nacido en Elgoibar que decidió en su juventud coger las armas e ingresar en una estructura criminal y mafiosa. Que se dedicó al secuestro y al interrogatorio bajo tortura en «cárceles del pueblo». Que siguió cometiendo actos criminales prescritos y no juzgados (¿Hergueta?). Que tras la decisión de los polimilis de disolverse, él diese el paso de continuar en ETA militar dentro de la ortodoxia de KAS. Que una vez detenido y cumplida la pena por secuestro de Luis Abaitua, pasase a la rama política de «la organización» como dirigente de Herri Batasuna. Que, sin desvincularse de la banda, cumplió de nuevo condena por seguir sirviendo a los intereses de ésta y hoy, sin haber objetado de su pasado, se presente como el líder que enarbola la rama de olivo y que nos trae la paz que ellos mismos nos quitaron.

Me rebelo contra este asentimiento general, porque es ésta y no otra la construcción que se está haciendo de la memoria, una edificación generosamente financiada por parte del Gobierno vasco. De hecho, su Secretaría de Paz y Convivencia dirigida por Jonan Fernández, en su intento siempre blanqueante, publicó hace años los documentos llamados Retratos municipales de las vulneraciones del derecho a la vida en el caso vasco. El 6 de septiembre de 1980 y dentro del «caso vasco» aparecen el capitán de la Policía Nacional Basilio Altuna Fernández de Arroyabe, asesinado por la espalda de un tiro en la nuca por ETA (pm) en Erenchun (Álava) y Luis Quintana Monasterio, asesinado de un disparo en una reyerta nocturna por un policía nacional ebrio, fuera de servicio y de paisano en el barrio bilbaíno de Las Cortes. Dos muertes violentas e injustificadas con motivaciones y circunstancias completamente distintas. El único fin de esta reescritura de la historia en aras de su particular «proceso de paz y convivencia», como bien describió Fernando Savater en su día, es diluirlo todo en una nube de dolor general y mucho problema vasco.

Y grito ¡no! No contra la construcción de esta memoria, que ya no es «problema» sino «caso». ¡No!, al ver que se hacen ciertas las palabras del también terrorista Pernando Barrena cuando en 2007 dijo: «Los que hoy son terroristas puede que mañana no lo sean, siempre y cuando ganen la batalla del relato político». Y desde la derrota más absoluta de haber perdido esta batalla, viendo cómo hoy los terroristas ya no lo son para buena parte de la sociedad, me rebelo. Hoy no callaré. Fueron y son terroristas.

 

Fernando ALTUNA URCELAY

 

Razón Española, Nº 199, septiembre-octubre 2016

Al-Andalus y la Cruz: conversaciones de Arnaud Imatz con Rafael Sánchez Saus

De la revista impresa Altar Mayor, Nº 175, enero-febrero 2017 (págs. 70 a 77, a.i.).

Considerado como uno de los mejores especialistas en la España Medieval, Rafael Sánchez Saus arremete contra la lectura «históricamente correcta» del periodo y proporciona una nueva visión de la conquista musulmana.  

Rafael Sánchez Saus es profesor de Historia Medieval en la Universidad de Cádiz, de la que ha sido decano de la Facultad de Filosofía y Letras (1999-2004). Ha sido rector de la Universidad San Pablo CEU de Madrid (2009-2011). Miembro de la Real Academia Hispanoamericana de Ciencias, Artes y Letras, de la que ha sido también director, es secretario de la Cátedra Alfonso X el Sabio. Ha publicado numerosos trabajos de investigación en revistas académicas y universitarias y varios centenares de artículos en la prensa. Es autor de una decena de libros, entre ellos el reciente  Al-Andalus y la Cruz. La invasión musulmana de Hispania, Ed. Stella Maris, Barcelona, 2016. Señalemos, por último, que el pasado viernes, 25 de noviembre de 2016 tuvo lugar en Sevilla la presentación de Rafael Sanchez Saús como Académico Correspondiente en Cádiz de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras.

 

Arnaud Imatz: Está de moda la «deconstrucción» de la Historia. Así, en Francia, algunos negacionistas afirman que la Batalla de Poitiers, que llevó a la victoria de Carlos Martel contra el invasor musulmán, no sería más que un engaño y no un acontecimiento real. En España, ideólogos análogos llegan incluso a pretender que jamás existió una invasión islámica en la Península.  ¿Qué piensa usted de esta tesis, formulada por Ignacio Olagüe en 1974, retomada hoy día por Emilio González Ferrín, profesor de Historia del Islam de la Universidad de Sevilla?

Rafael Sánchez Saus: Es necesario preguntarse de dónde surge esa pulsión que se extiende por Occidente y que es sólo la manifestación, en el plano historiográfico, de una negación más profunda y de un proyecto más amplio. Se trata, sin duda, de desbrozar el camino para una nueva interpretación de la historia europea. Las viejas raíces, casi siempre vinculadas al cristianismo, a su defensa y extensión, al modo en que configuró nuestro pasado, provocan la creciente aversión de la cultura dominante, que prefiere negarlas antes que asumirlas e integrarlas en la nueva visión de Europa que promueve. También en España se niega la historicidad de Covadonga, la batalla que tradicionalmente se ha considerado el origen de la Reconquista –término que igualmente se rechaza-, aunque no puede abolirse el hecho de que las viejas crónicas hablan de un encuentro que dio origen al reino de Asturias y no puede discutirse la existencia de su primer rey, Pelayo.

El negacionismo de la conquista árabe en 711 tiene, creo, otros orígenes intelectuales. Olagüe era un nacionalista español y sus tesis se inscribían en la tendencia, muy fuerte en la historiografía española a lo largo del siglo XX, a integrar a la civilización andalusí en el conjunto del devenir peninsular, no como ruptura sino como continuidad de lo previo. Si no hubo conquista como tal, no hubo derrota «de España», ésta se mantiene en sus rasgos esenciales y acaba imponiéndose a los minoritarios árabes y beréberes para hacer posible una civilización brillante por hispana mucho más que por musulmana.

Estos delirios, que no tienen ninguna base histórica, no tuvieron mucho efecto entonces sobre los historiadores españoles, pero hoy están encontrando mayor aceptación en aficionados y mixtificadores gracias a la adaptación de González Ferrín. Este no niega que hubo una conquista, aunque edulcora todo lo que puede su realidad y efectos, pero por asombroso que parezca pretende que no fue protagonizada por musulmanes –él dice que no puede hablarse propiamente de Islam todavía en 711- sino por una amalgama de gentes de religión difusa, pero siempre contrarios a la ortodoxia trinitaria, que conectaron fácilmente con la población autóctona. Hubo, pues, más encuentro que conquista, una vez eliminada la débil resistencia de los grupos dominantes visigodos.

El más demoledor crítico de todo este constructo ahistórico, que está siendo aprovechado para deslegitimar la posterior reconquista cristiana, es Alejandro García Sanjuán, profesor de la Universidad de Huelva, en su reciente La conquista islámica de la Península Ibérica y la tergiversación del pasado[1].

 

AI: Usted mismo acaba de publicar una obra muy importante, Al-Andalus y la Cruz. Este libro explica la situación de la Península bajo la dominación musulmana y aclara especialmente la época de la invasión y los inicios de la ocupación. ¿Por qué lo ha escrito?

RSS: Ciertamente, yo he trabajado sobre todo sobre la Baja Edad Media, pero una de mis líneas de investigación más frecuentadas ha sido la frontera entre moros y cristianos, entre Granada y la Andalucía cristiana. Quizá de esa experiencia surgió el deseo de escribir sobre las relaciones entre musulmanes y cristianos en la Edad Media, asunto en el que se está produciendo un, a mi juicio, grave falseamiento de la realidad. Más adelante me di cuenta de que existía un notable vacío en la historia de los cristianos que vivieron bajo dominio musulmán, los llamados mozárabes, no tanto en la investigación de base que ha avanzado mucho en los últimos años (hay que recordar los excelentes trabajos, por ejemplo, de Cyrille Aillet[2]), cuanto en la presentación de esos nuevos materiales para un público no especialista pero sí formado e interesado en la Historia. Y en la historia de los mozárabes se ocultan enseñanzas que hoy no podemos desdeñar. 

 

AI: ¿Cómo explica usted la facilidad con la que los musulmanes se apoderaron de Hispania? ¿Cuál fue la causa principal del desastre?: ¿la decadencia moral? ¿La debilidad militar de los visigodos? ¿La traición de una parte de las élites? ¿Las condiciones sociales y las dificultades económicas?

RSS: La conquista árabe-bereber, musulmana, fue fruto de un conjunto de circunstancias coyunturales y causas estructurales. Entre las primeras, la más importante fue el estado de guerra civil entre distintas facciones visigodas, una de las cuales propició la entrada de los ejércitos musulmanes, en los que pensaba apoyarse. Parece que, en efecto, esperaba que los árabes se conformaran con la obtención de botín. Por otra parte, el reino visigodo atravesaba dificultades más hondas, de carácter social y económico, que lo habían debilitado, pero esto estaba ocurriendo por entonces en todo el Mediterráneo. Pero la principal causa de la conquista, según creo, fue la decidida agresión de un poder de enorme fuerza militar en plena expansión en ese momento, capaz de levantar ejércitos muy numerosos para la época, de organizar campañas a miles de kilómetros de los centros de decisión y de derrotar a los adversarios más temibles. El reino visigodo hubo de enfrentarse a la primera potencia militar de la época y fue destruido tras una guerra mucho más dura y larga de lo que suele creerse, pues hasta 719-720 no pueden darse por concluidas las campañas de sometimiento. Todo permite creer que si el intento que triunfó en 711 hubiera fracasado, el reino visigodo hubiera tenido que seguir haciendo frente a nuevas oleadas y, muy probablemente, hubiera acabado sucumbiendo igualmente.

 

AI: Las élites romano-visigodas colaboraron a menudo con los invasores. ¿Puede decirse, por tanto, que la conversión al Islam de las élites sociales fue mucho más masiva que la del pueblo?

RSS: La conquista árabe supuso la total desvertebración de España, tanto en lo territorial como en lo institucional, lo moral y lo social. Ante la ausencia de otra perspectiva razonable, no puede extrañar que las elites laicas y eclesiásticas procuraran protegerse y proteger a las gentes que les estaban encomendadas. Hay autores, como recientemente Eduardo Manzano[3], que ven en ello un signo de continuidad en las estructuras básicas de la sociedad hispana, garantizadas por la existencia de pactos entre los conquistadores y la aristocracia hispanogoda. Para él, esos pactos son expresión no de una alianza que permite garantizar el orden establecido. Pero esa visión tan optimista sólo podría sostenerse en el supuesto de que, sin la presencia árabe, la aristocracia goda no hubiera estado en condiciones de controlar el país, algo inaceptable. Por otra parte, sabemos que el desorden y los conflictos fueron dueños de al-Andalus a lo largo de muchos años, incluso después del establecimiento de los Omeyas. Yo creo que los pactos fueron el fruto de la resignación ante la derrota total y del deseo de salvar todo lo que se podía salvar en esas circunstancias. Tampoco creo que las elites hispanas islamizaran con gran rapidez. Lo que sabemos de algunos linajes muestra la perduración en el cristianismo durante décadas antes de la apostasía.  Y otros muchos, sin duda la mayoría, acabaron desapareciendo, pues el poder musulmán no podía tolerar que cuajase una clase dirigente cristiana, una verdadera aristocracia que hubiese podido articular la resistencia autóctona. Pierre Guichard escribió páginas definitivas para comprender cómo los enlaces matrimoniales, más o menos voluntarios, entre mujeres de la aristocracia goda y jefes árabes fueron un factor de gran importancia en el trasvase hacia estos de los patrimonios y el poder de la vieja nobleza.

 

AI: La España musulmana, ¿conoció verdaderamente una voluntad de coexistencia pacífica? ¿Existía una cierta tolerancia religiosa? 

RSS: En al-Andalus nunca existió la voluntad de integrar a la población conquistada en un sistema plural en lo étnico o lo religioso. Lo que se estableció fue el medio para perpetuar el dominio de una pequeña minoría de guerreros musulmanes orientales y norteafricanos sobre la población autóctona. Para regular las relaciones entre unos y otros existía la «dimma», el conjunto de normas de origen coránico que consagraba el sometimiento político y religioso, así como la inferioridad jurídica y moral de los no musulmanes, además de su explotación económica. Aunque en las primeras décadas esa normativa tuvo que adaptarse al hecho de que al-Andalus era una tierra de islam precario, poblada en su inmensa mayoría por cristianos (hasta el 90% a fines del siglo VIII), la llegada de los Omeya y su gran proyecto de construcción de un verdadero Estado árabe e islámico propició un progresivo endurecimiento del trato, más a los cristianos que a los judíos, que se unió a la intensa arabización y orientalización cultural de la población, fuertemente promovida por el Estado. A partir de 830 estamos ante un proceso de progresiva erosión de la cristiandad hispana ante el que quisieron reaccionar, en lo que podemos considerar la primera gran batalla cultural de la historia de España, los intelectuales cristianos cordobeses. Para ello fueron capaces de generar un movimiento de restauración y renovación que iba desde el uso del latín a la reivindicación de un grado de libertad religiosa que la «dimma» no permite. Ello dio lugar al muy conocido conflicto llamado, a mi juicio con poca fortuna y adecuación, de los «mártires voluntarios», que se extendió desde 850 hasta el martirio de san Eulogio en 859. Yo defiendo en mi libro una nueva lectura de este episodio, pues Eulogio y sus compañeros no sólo fueron mártires de su fe, también de la libertad de conciencia y de expresión, así como de la dignidad humana. Sólo fueron mártires voluntarios en la medida en que no dudaron en desafiar pacíficamente a un poder que castigaba con terribles consecuencias a los que transgredían las normas que sólo él imponía e interpretaba, y sólo a él beneficiaban.

En cuanto a la supuesta tolerancia sexual andalusí, tan valorada en un tiempo que hace del sexo irrestricto la medida de toda posible libertad humana, nadie puede verla sino como expresión –una más- del sometimiento de unos a otros en aquella sociedad. Desde luego, los varones musulmanes ricos y poderosos estaban en condiciones de hacer realidad todas sus fantasías, pues la esclavitud y el concubinato lo permitían –se afirma que Abderramán II tuvo más de cien hijos-, pero esto no era así en modo alguno para las mujeres ni para otros muchos grupos. La simple constatación de que en al-Andalus, como en todas partes, existía la prostitución, debe hacernos comprender que la realidad que vivía la mayor parte de la población no tenía nada que ver con las ensoñaciones sexuales de ciertos intelectuales occidentales. La discriminación religiosa también marcaba esta cuestión: los cristianos y judíos no podían casarse con mujeres musulmanas bajo graves penas, pero los musulmanes sí podían obtener cristianas o judías como esposas o concubinas. En consecuencia, era muy frecuente el secuestro de mujeres cristianas porque en la población musulmana eran más numerosos los varones y, además, la poligamia disminuía la existencia de mujeres musulmanas disponibles.

 

AI: ¿La situación de los cristianos de al-Andalus evolucionó a lo largo del tiempo?

RSS: Hacia 711, la «dimma», a la que ya nos hemos referido, llevaba casi setenta años de rodaje en los territorios conquistados por los árabes. En España hubo de atemperarse por la necesidad que los conquistadores tuvieron de establecer pactos que les aseguraban el dominio del territorio. Luego, el estado caótico de al-Andalus, aunque sometió a la población a enormes sufrimientos, evitó la implantación rigurosa de la «dimma». Ello posibilitó el mantenimiento de los rasgos religiosos y culturales de los hispanos y cierta autonomía judicial y administrativa.

Esta situación empezó a cambiar desde fines del siglo VIII. Abderramán I, el primer emir Omeya, suprimió pactos e inició la construcción de un orden y un Estado plenamente islámicos. El cambio se hizo patente desde 830 en clave de arabización e islamización del país, al mismo tiempo que se favorecía a los ulemas de la rigurosa escuela malikí, que acabará siendo la oficial en al-Andalus. La población mozárabe, por entonces muy ampliamente mayoritaria, no fue capaz de articular la oposición a esta deriva, pues el país se encontraba profundamente fragmentado y presa de innumerables conflictos sociales, étnicos, tribales y sectarios. Como se ha dicho, los mozárabes carecían de una verdadera elite dirigente que no fuera la eclesiástica, y esta estaba mediatizada por el poder islámico. Es patente que el movimiento renovador y de resistencia que encabezó san Eulogio encontró gran oposición en los sectores cristianos acomodados al régimen omeya, tanto laicos como eclesiásticos. El fracaso del pacífico movimiento martirial, ahogado en sangre, pudo alentar la reacción violenta que representó desde 878 la gran revuelta del muladí Umar ibn Hafsún[4], apoyada desde el principio por muchos mozárabes. Umar regresó a la religión de sus antepasados en 899 y fue bautizado como Samuel, nombre de juez de Israel, guerrero y profeta. Su resistencia y la de sus hijos se prolongó en las montañas andaluzas hasta el 928, y sólo después de su aniquilación pudo Abderramán III proclamar el califato al año siguiente. Para entonces casi la mitad de la población, la más influyente en todos los órdenes, era ya musulmana y la cristiandad hispana, plenamente arabizada y orientalizada, entra en un rápido declive demográfico y cultural que la convierte en una clara minoría a principios del siglo XI. Son las décadas de mayor tolerancia porque los cristianos andalusíes han dejado de representar una posible amenaza; es más, colaboran con el poder califal.  La ruina del califato los dejó inermes en un país ya musulmán y presa de graves conflictos. Su situación fue haciéndose cada vez más difícil hasta que recibieron el golpe de gracia a manos de almorávides y almohades. A mediados del siglo XII no hay ya comunidades cristianas organizadas en al-Andalus.

 

AI: ¿Los judíos fueron mejor tratados que los cristianos?

RSS: En general, sí. Parece que fueron activos colaboradores del poder musulmán desde el principio. Por otra parte, parece que sus relaciones con los cristianos tampoco eran muy buenas. Su arabización y orientalización fueron totales.  No obstante, desde el siglo XI es patente el deterioro de su situación y tanto almorávides como, sobre todo, almohades acabaron con la tolerancia hacia ellos. Su respuesta fue la conversión al islam o la huida, que fue masiva, a los reinos cristianos del norte.

AI: ¿Cuáles fueron los periodos más intensos de persecución de los cristianos?

RSS: Sin duda, las que se suceden a lo largo de la primera mitad del siglo XII a manos almorávides y almohades. Estos actuaron sobre una minoría ya muy debilitada, aunque en la segunda mitad del siglo XI aún existió una esperanza para ella tras la conquista de Toledo, en 1085, cuando parecía que todo al-Andalus podía ser devuelto a la Cristiandad. La llegada de los almorávides lo impidió.

 

AI: ¿A partir de cuándo los cristianos de Hispania forjaron un verdadero proyecto de recuperación de la España perdida?

RSS: Aunque en los reinos cristianos, especialmente en Asturias, se desarrolla muy pronto una ideología de respuesta al Islam que buscaba la restauración de la España previa a la conquista árabe, hay que esperar hasta el siglo XI para que esas ideas encuentren el cauce adecuado para expresarse y llevarse adelante: la cruzada, que tiene precedentes en España anteriores a las clásicas de Tierra Santa. Los siglos XII y XIII son los tiempos del gran impulso reconquistador y cruzado. Cuando Fernando III de Castilla y León muere en 1252, él está convencido de haber completado la recuperación de España, ya que Granada era en ese momento un reino vasallo de Castilla. No fue así, pues Granada procuró desde muy pronto salir de esa dependencia y afirmar su personalidad islámica, muy vinculada ya por entonces al norte de África tras la berberización de al-Andalus que la presencia de almorávides y almohades había supuesto. Aunque, como sabemos, esa situación se prolongó hasta 1492, a lo largo de los siglos XIV y XV el ideal de conquista se mantuvo vivo, sentido cada vez más intensamente como una exigencia por parte de los grupos dirigentes y de los monarcas castellanos.

 

AI: ¿Qué piensa usted de la reivindicación de al-Andalus por parte de los islamistas de hoy día?

RSS: No tiene ningún sentido desde el punto de vista del derecho y de la historia, pero no desde el punto de vista islamista y hasta islámico en general, pues toda tierra que un día perteneció al Islam es irrenunciable. Como en tantas cosas, en esto la posición del Islam es tan flexible como inamovible: sólo los extremistas la reclaman, pero nadie renuncia a ella. Por supuesto, la mitificación acrítica de al-Andalus le da una legitimidad de la que carece por completo.

 

AI: ¿Puede compararse la conquista militar de Hispania con la conquista demográfica de Europa propuesta por los islamistas del siglo XXI?

RSS: No me parece acertado establecer esos paralelismos después de mil trescientos años. Los problemas de Europa con sus poblaciones musulmanas proceden exclusivamente del previsible fracaso del multiculturalismo como medio para arbitrar la presencia de comunidades distintas sobre un territorio. Se trata de un problema político e ideológico, artificialmente creado en poco tiempo, que sólo puede tener una respuesta política e ideológica.

 

Entrevista realizada por Arnaud Imatz. Una versión ligeramente abreviada fue publicada en «La Nouvelle Revue d’Histoire» (número extraordinario, fuera de serie, Nº 12, primavera-verano de 2016).

[1] Alejandro García Sanjuán, La conquista de la Península Ibérica y la tergiversación del pasado. Del catastrofismo al negacionismo, Marcial Pons, Ediciones de Historia, Madrid, 2013.

 

[2] Cyrille Aillet, Les mozarabes. Christianisme, islamisation et arabisation en Péninsule Ibérique (IXe-XIIe siècle), Casa de Velázquez, Madrid, 2010.

[3] Eduardo Manzano Moreno, Conquistadores, emires y califas. Los Omeyas y la formación de al-Andalus, Ed. Crítica, Barcelona, 2006.

[4] Umar ibn Hafsún pertenecía a una familia muladí (cristiano convertido al Islam), con unos ancestros probablemente nobles visigodos.

EL MITO DE LAS INVASIONES BÁRBARAS PARA EXPLICAR EUROPA

Sobre “Europa y la fe” de Hilaire Belloc

Un análisis crítico por Juan Manuel de Prada*

Enero 2017, MAGNIFICAT Nº 158

El autor es escritor. Ha recibido el Premio Planeta y el Premio Nacional de Narrativa, entre otros muchos. Recientemente ha publicado su última novela, Mirlo blanco, cisne negro (Espasa Calpe.)

 

UNA MENTE ARQUITECTÓNICA.

A Hilaire Belloc (1870-1953) siempre se le cita aliado de Chesterton (y está bien que así sea, pues fueron grandes amigos y colaboradores), pero a modo de apéndice o excrecencia.

Se trata de una injusticia flagrante que, sin embargo, Belloc ya intuyó en vida; pues, allá donde Chesterton emplea un estilo bienhumorado y paradójico que rehúye la confrontación áspera con el adversario, Belloc recurre a un estilo mucho más acerado y expeditivo, que no se recata de golpear al rival hasta hacerlo trizas.

Allá donde Chesterton acaricia y, en todo caso, se permite alguna caritativa eutrapelia, Belloc lanza su zarpazo sin contemplaciones, acompañándolo además de sarcasmos feroces.

La posteridad ha sido más benigna con Chesterton, que incluso es aplaudido en ambientes impíos (si bien es cierto que lo aplauden sin entenderlo, tan solo porque les parece un escritor sofisticado); mientras que Belloc languidece en el olvido, siendo un escritor más accesible que su amigo, y con frecuencia un polemista más eficaz y contundente (tal vez porque su estilo es más llano y dialéctico).

Además, Belloc tiene una virtud de la que Chesterton carecía, que es lo que santo Tomás (refiriéndose a Aristóteles) llamaba una «mente arquitectónica», capaz de contemplar panorámicamente las más abstrusas y complejas realidades, con visión de águila que, a la vez que abarca el conjunto, contempla el detalle; y esta «mente arquitectónica» permitía a Belloc enfrentarse a cuestiones aparentemente multiformes con una penetración y una capacidad de síntesis apabullantes, y con una clarividencia que le permitía, al enjuiciar el pasado, alumbrar el presente e incluso el futuro. Así ocurre en la obra que ahora nos disponemos a comentar, Europa y la fe, que junto con Las grandes herejías y La crisis de la civilización puede agruparse en una trilogía, tal vez la más cuajada de cuantas completó el autor.

EL MITO DE LAS INVASIONES BÁRBARAS PARA EXPLICAR EUROPA.

Todos los ensayos de Belloc parten de una tesis que el autor a continuación expone, haciendo uso de unos conocimientos enciclopédicos con los que, sin embargo, no abruma al lector.

En “Europa y la fe” Belloc se propone demostramos que la civilización europea no es otra cosa sino una institución política creada por Roma a la que dio entidad y sustancia espirituales la Iglesia católica desde el momento en que se convirtió en religión oficial del Imperio.

Tales fueron esa entidad y sustancia -prosigue Belloc- que, cuando el Imperio romano alcanzó la decrepitud, en lugar de disolverse (como ocurrió con Asiría o Egipto), o caer en una fija y estéril monotonía (como ocurre con el Islam), resucitó para vivir una segunda primavera, después de una Edad Oscura que iba a durar cinco siglos. «Pero en este largo período –escribe Chesterton– se reservó lo suficiente de la producción de las letras y las artes como  para construir un puente sobre el golfo entre el siglo V y el XI y permitir el reflorecimiento de esa mente después del letargo. Y el intermediario que llevó a cabo la conservación de las simientes fue la Iglesia católica».

Comienza Belloc analizando el gran duelo que se produjo en el seno del Imperio Romano entre el paganismo y la Iglesia católica: primeramente, la tenaz resistencia de la Iglesia en un ambiente adverso, después su conversión en religión oficial y al fin en «el principio político cohesivo».

Todos los historiadores anticatólicos (y los católicos zombis) pretenden explicar la caída de Roma y la fantasiosa «invasión de los bárbaros» como una suerte de violento injerto de sangre teutónica en el exhausto tronco latino, que el cristianismo habría conducido a su decrepitud.

Belloc desmonta este mito grotesco, recordándonos que nunca hubo «invasiones», pues los bárbaros que no habían sido romanizados no eran sino bandas dedicadas al pillaje, que a lo sumo podían lanzar ataques locales, pero en modo alguno pasearse por las vastas extensiones del Imperio; y que los llamados «bárbaros» en la mitología oficial no eran sino tropas auxiliares del ejército romano, cristianizadas y autóctonas de las distintas provincias del Imperio.

Ocurrió, simplemente, que la decadencia de Roma redujo hasta la irrelevancia la capacidad administrativa de la monarquía central, que poco a poco fue siendo asumida por los caudillos del ejército, hasta que finalmente la autoridad, aunque romana en todos los detalles de su forma, dejó poco a poco de ser ejercida desde Roma o Constantinopla y cayó imperceptiblemente en manos de gobiernos locales, encabezados por militares plenamente cristianos.

No hubo invasiones, no hubo bárbaros, no desapareció la civilización fundada sobre la simbiosis de Roma y la Iglesia, no hubo nuevas instituciones ni ideas procedentes del ámbito germánico; tan solo un largo período de letargo que siguió a un largo período de desarrollo y esplendor, como siempre ocurre en la Historia humana, en la que tras la tensión viene el reposo.

Belloc pone mucho énfasis en la demolición del mito de las «invasiones bárbaras», porque ha sido (y sigue siendo) el instrumento utilizado por los bárbaros para afirmar delirantemente que Europa es el producto de sus aportaciones pujantes.

No hubo tal cosa, sino la natural desmembración del Imperio Romano; pero, en medio de este proceso, subsistió homogénea la organización de la Iglesia, que mantuvo incólume el principio de autoridad.

LA IGLESIA CATÓLICA, FUERZA DE COHESIÓN EN LOS INICIOS DE EUROPA.

De ahí que la jerarquía eclesiástica, con su sentido de la disciplina, fuese la institución civil principal y la fuerza social de unificación más importante de la época. Y, simultáneamente, nació la institución monástica; que vivió separada del mundo y preservó el grandioso legado grecolatino, que impulsó la agricultura y fundó una economía neta mente católica.

Así hasta que, en el siglo XI, se produce el renacer de Europa, que a través de figuras como san Gregorio VII y de acontecimientos como las Cruzadas alcanza su Edad de Oro, produciendo -escribe Belloc- «una civilización que fue indudablemente la más elevada y la mejor que nuestra raza haya conocido».

Es la edad de la Reconquista, la edad de las catedrales góticas, la edad de las codificaciones, la edad del Giotto y del Dante (que, misteriosamente, los historiadores trileros pintan siempre como hombres del Renacimiento); es la época en que la propiedad de la tierra se divide entre muchos y florecen los gremios; es la edad en la que las armas se ponen al servicio de la fe; es la edad de las grandes órdenes religiosas, la edad de san Francisco y de santo Domingo; es, en fin, la edad en que vuelven a debatirse activamente las grandes cuestiones teológicas y filosóficas, la edad que produce a santo Tomás de Aquino, «el más fuerte y viril de los intelectuales que la sangre europea haya dado al mundo». Y aquella edad gloriosa duró casi cuatro siglos; pero nuevamente a una época de esplendor siguió un desfonda miento que Belloc nos describe con palabras vigorosas (tan vigorosas que uno diría que está describiendo nuestra época):

«Se toleraban nuevos actos de crueldad; triunfaban las intrigas; la vacuidad se hizo notar en la frase filosófica y en la sofística del argumento. El papado se tornó profesión y perdió su libertad; los parlamentos tendieron a la oligarquía; las ideas populares se fueron borrando de la mente de los gobernantes; las órdenes monásticas nuevas, contaminadas por la riqueza, comenzaron a fluctuar- .

 

LA REFORMA DE LUTERO: CALAMIDAD PARA EUROPA.

 

De este cuerpo enfermo brotó la mayor calamidad de la historia europea (que ahora charlatanes encumbrados nos presentan como una bendición), la llamada Reforma de Lutero, que cortó en dos el cuerpo unido’ de la civilización europea, matando para siempre a una de las partes escindidas (la parte bárbara) e hiriendo de muerte a la que sobrevivió (la parte latina).

Belloc presenta la Reforma como una rebelión contra el dogma disfrazado de purificación de las costumbres; pero, sobre todo, señala las fuerzas protervas que, ocultas tras el manto de la Reforma, se afanaron en conquistar la hegemonía que el orden católico les vedaba.

Y tales fuerzas, naturalmente, fueron las plutocráticas, que deseaban gobiernos rehenes del Dinero, así como pueblos entregados a una «anarquía moral» que, a la vez que disolviese sus reservas espirituales, permitiera una «dominación cada vez mayor sobre el cuerpo de los hombres». la Reforma trajo la abominación del industrialismo, la concentración de tierra y de capital en unas pocas manos, las guerras sucesivas a una escala cada vez mayor en las que los pobres eran utilizados como carnaza … Y todo ello a cambio de concederles «derechos» fantasmagóricos que, con frecuencia, solo eran licencias de bragueta. En su execración de la Reforma, la prosa de Belloc alcanza sus cúspides más expresivas y restallantes:

«Lo que llamamos la Reforma fue en esencia la reacción de los lugares bárbaros, mal instruidos y aislados, extraños a la antigua y profundamente arraigada civilización romana, contra las influencias de esta última. ( … ) Consiste simplemente en el retroceso de la corriente de la cultura romana, que durante setecientos años había avanzado y dominado de manera progresiva a los ignorantes por medio de los sabios, a los lentos por medio de los rápidos, a los de mente confusa por los de mente despejada. Era una especie de protesta de los conquistados contra cierta superioridad moral e intelectual que los ofendía».

«Los iconoclastas de la codicia -añade en otro lugar- se unieron a los iconoclastas de la ceguera y la furia y a los iconoclastas del engreimiento académico», y juntos lograron “la dominación de unos pocos en una competencia desenfrenada, la sujeción de los muchos, la ruina de la felicidad y la amenaza final del caos».

EL AISLAMIENTO DEL ALMA 

La aparición del capitalismo, el avance de las ciencias físicas en detrimento de la filosofía, la corrupción del principio de autoridad, la expansión del escepticismo y, en fin, la proliferación del terror fueron los frutos granados de la mefítica Reforma. Y todos ellos contribuyeron al mayor mal de todos, que a juicio de Belloc es el aislamiento del alma, «una pérdida del sustento colectivo, del sano equilibrio producido por la existencia común, por la certidumbre pública y la voluntad general».

Un aislamiento del alma que, en el orden social, provoca incesantes energías destructivas, a veces saldadas mediante guerras, a veces mediante revoluciones, creadoras siempre de descontento social.

Un aislamiento del alma que erige, sobre las ruinas de los lazos colectivos que garantizaba la fe, sucesivos ídolos políticos (llámense Estado o nación) que ya nada tienen que ver con el auténtico amor a la patria.

Un aislamiento del alma, en fin, que en el orden filosófico da lugar a extravagancias en apariencia antípodas, pero íntimamente fraternas: primero, la extravagancia de creer que la razón humana es suficiente para dar fundamento a toda la vida del hombre; luego, la extravagancia opuesta, según la cual la razón humana no tiene autoridad ni aun en su propia esfera.

Todos estos monstruos de la razón (idealismos, racionalismos, materialismos, nihilismos varios) que, a la postre, conducen al hombre a un vacío atroz, tienen su origen y explicación en la Reforma, cuyo espíritu se resume «en una negación y desafío universales lanzados contra toda institución y todo postulado».

Belloc concluye advirtiendo que este aislamiento del alma terminará empujando a los europeos a la superstición y a la inanidad, a menos que vuelvan a abrazar la idea que da sustento a Europa, la fe católica y romana que constituye su única sustancia, frente a la amenaza incesante de los bárbaros.

En este año en que vamos a escuchar muchas paparruchas buenistas (incluso en boca de quienes más obligación tienen de alumbrarnos) sobre el infausto Lutero y su obra demoledora. Conviene leer (¡y releer!) Europa y la fe, de Hilaire Belloc.

 

Juan Manuel de Pradaeuropa-y-la-fe

LOS (DES)CONTROLADOS DE COMPANYS. EL GENOCIDIO CATALÁN, JULIO 1936 – MAYO 1937 . El nuevo libro de Javier Barraicoa.

El genocidio de más de 9.000 catalanes a manos del Gobierno de Companys (ERC)… que la izquierda y nacionalistas prefieren olvidar

 

Muchos historiadores hablan de este episodio como “el agujero negro” de la historia reciente de Cataluña. Casi nadie quiere indagar en ese suceso que pone los pelos de punta. Ahora se publica el libro más completo sobre el terror que implantó Lluís Companys como Presidente del Gobierno de la Generalitat: “Los (des)controlados de Companys” (LibrosLibres)

 

Madrid, 23 de noviembre de 2016.- El Lluís Companys: ¿mártir o verdugo? Esta pregunta enmarca a la perfección su controvertida figura. Del President màrtir se quiere crear un mito, y más en estos momentos en que el nacionalismo necesita de leyendas para construir su metarrelato victimista. Este hecho contrasta con innumerables documentos de la época, de buena parte del catalanismo y del republicanismo, que lo repudiaban por considerarlo uno de los culpables de la pérdida de la Guerra Civil y del hundimiento del catalanismo.

 

El pacto de Companys con los anarquistas de la CNT-FAI

Una de las causas de esta repulsa fue, nada más iniciarse la contienda, su pacto con el anarquismo. En pocos meses, bajo su mandato se cometió el denominado “genocidio catalán”. Miles de hombres y mujeres fueron asesinados de la forma más bárbara por comités de milicias integrados no sólo por anarquistas sino también por miembros de Esquerra Republicana de Catalunya y otras formaciones políticas.

 

Asesinato de más de 9.000 catalanes y la responsabilidad de Companys

La mitología nacionalista ha querido presentar estos hechos como una fase de descontrol revolucionario en el cual Companys no tendría ninguna responsabilidad. Por el contrario, la tesis que este texto pretende demostrar es que sí fue responsable, que coadyuvó en el asesinato de casi 9.000 catalanes y que en ningún momento el terror que se implantó en Cataluña fue casual. Antes bien, el “desorden” fue “muy ordenado”.

 

La lógica del terror revolucionario y un homenaje a las víctimas

Este libro es un esfuerzo por redescubrir la complicada personalidad de Companys, su responsabilidad en el genocidio catalán y cómo se aplicó la lógica del terror revolucionario entre julio de 1936 y mayo de 1937. Pero también quiere ser un homenaje a los miles de víctimas y sus familiares, que sufrieron lo indecible. Ahora la mitificación de Companys exige que los asesinados lo sean de nuevo, esta vez por un interesado y despreciable olvido.

De las casi 400 páginas que contiene este libro destacamos algunos episodios llamativos:

¿Sabía que sólo en la Barcelona de la Guerra civil hubo casi 50 centros de detención y tortura?

¿Sabía que ERC tenía su propio centro de torturas y muchos de sus prisioneros fueron echados a los hornos de la cementera de Montcada y Reixach?

¿Sabía que bajo el mandato de Companys se aplicaron en Cataluña todo tipo de torturas y que en alguna checa para hacer desaparecer los cadáveres se echaban a los cerdos?

¿Sabía que era habitual que a muchos sacerdotes asesinados les cortaban los testículos y se los introducían en la boca, amén de amputarles otros miembros o quemarles incluso vivos?

¿Sabía que sólo en Barcelona de 500 templos y conventos, apenas quedaron intactos diez?

¿Sabía que Companys firmó cientos de sentencias de muerte incluso de mujeres embarazadas?

Sabía que Companys era una aficionado al espiritismo y que lo practicaba con catalanistas y comunistas, para gran escándalo de conocidos?

¿Sabía que la inmensa mayoría de catalanistas consideraban a Companys como poco catalanista y sospechoso de oportunista político?

¿Sabía que Companys antes de ser fusilado en el castillo de Montjuic se confesó por el rito católico y que el ir descalzo a la muerte es un mero mito?

¿Sabía que entregó a los anarquistas, para que lo matarán, a su amigo Rebertés, que era el que le conseguía sus “mujeres de compañía”?

¿Sabía que los “descontrolados” anarquistas recibieron armas e incluso Companys se fotografió repartiéndoles armas?

¿Sabía que los milicianos recibieron órdenes de asesinar por las calles de Barcelona debido al hedor que sufrían cientos de cadáveres acumulados en el Hospital Clínico de Barcelona?

¿Sabía que Companys dio un golpe de Estado arrebatando al Parlamento catalán todas sus atribuciones?

¿Sabía que Companys abandonó a su suerte al presidente del Parlamento Catalán, al Presidente del Tribunal de Casación y consejeros que debieron huir a Francia para no ser asesinados por los anarquistas?

¿Sabía que en la diócesis de Tortosa fue asesinado el 69% del clero?

¿Sabía que los aparentemente descontrolados anarquistas estaban perfectamente organizados y sólo en Barcelona hubo un millar y medio de ellos que serraron el terror, mientras cobraban regularmente un sueldo?

¿Sabía que en la Cataluña de Companys existieron seis campos de concentración con numerosos campos accesorios donde malvivieron miles de prisioneros?

¿Sabía que durante el mandato de Companys, durante la Guerra, se asesinaron en Cataluña más 9.000 catalanes sin siquiera un juicio?

¿Sabía que el terror era un instrumento perfectamente ejecutado con fines revolucionarios?

¿Sabía que existían patrullas de milicianos que recorrían toda Cataluña ejecutando a los que aparecían en las listas que les pasaban los comités?

¿Sabía que en los barcos prisión en el puerto de Barcelona se mezclaba arsénico con la escasa comida para provocar un debilitamiento generalizado de los presos?

¿Sabía que la hermana de Dalí fue encarcelada y violada por los milicianos?

¿Sabía que Companys firmó innumerables decretos de depuración de funcionarios, médicos, militares y que los anarquistas intentaron acabar con la elite intelectual de Cataluña?

¿Sabe que aparte del asesinato de sacerdotes y religiosos, los periodistas fueron un objetivo principal de los anarquistas; y que todos los periódicos fueron incautados?

 

 

 
LOS (DES)CONTROLADOS DE COMPANYS. El genocidio catalán, julio 1936 – mayo 1937 Javier Barraycoa. LibrosLibres. 391 páginas. PVP: 20 €

 

 

 

 

 

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Los Reyes Católicos, reyes de España (1)

Por Santiago Cantera Montenegro

(de Razón Española, nº 116, noviembre-diciembre 2002).

Tradicionalmente se ha visto en la toma de Granada por los Reyes Católicos en 1492, así como en la posterior incorporación del Reino de Navarra en 1512 a la nueva monarquía fundada por ellos, la culminación de la reunión de los distintos territorios hispanos bajo estos gobernantes y, por lo tanto, el logro de la unidad nacional española. Sin embargo, esta valoración, que era prácticamente aceptada sin plantear problemas ni dudas tanto por los historiadores como por el resto de la sociedad, ha venido siendo puesta en entredicho desde hace unos veinticinco años a partir de ciertas posturas.
Por eso mismo también, los miembros de mi generación hemos escuchado muchas veces, de la boca de diversos políticos y periodistas, así como de bastantes profesores de Historia tanto de Enseñanza Media como Universitaria, que «hasta el siglo XVIII y los Borbones, y más concretamente hasta Carlos III, no se puede hablar de Reyes de España», y no pocas veces se añadía a esto que «tampoco puede hablarse de España». Afirmaban que «los Reyes Católicos no eran Reyes de España». Incluso un eminente hispanista y buen conocedor del período y la obra de Isabel y Fernando, como Joseph Perez, después de haber titulado su estudio sobre estos monarcas Isabelle et Ferdinand. Rois Catholiques d’Espagne, cambia este nombre en su edición española, dándole ahora el de Isabel y Fernando. Los Reyes Católicos, y nos sorprende nada más comenzar la introducción con estas palabras: «He titubeado mucho antes de dar a este libro el título de Fernando e Isabel, Reyes Católicos de España. Para empezar, España no es, a fines del siglo XV, más que una expresión geográfica, como ocurrirá con Italia hasta el siglo XIX. [. . .] Fernando e Isabel no fueron jamás reyes de España, sino reyes de Castilla y de Aragón, por así decirlo. Para ser totalmente exactos, habría que escribir, por lo menos: Reyes de Castilla, de Aragón, de Valencia, Condes de Barcelona…» (2)
Por supuesto, resulta evidente que los Reyes Católicos nunca usaron en su intitulación la forma «Reyes de España», sino que siempre emplearon la de «Rey e Reyna de Castilla, de Leon, de Aragon, de Siçilia, de Toledo…». Sin embargo, también es innegable que numerosos autores contemporáneos, tanto extranjeros como aún más hispanos, les denominaban «Reyes de España».
Así pues, ¿cómo pueden conjugarse estos aspectos al menos en apariencia contradictorios? ¿Se les puede llamar «Reyes de España», tal como se lo llamaban sus contemporáneos, o es incorrecto, tal como nos dicen algunos historiadores, políticos y periodistas que aseveran, rotundamente y dejando constancia de su autoridad, que no es apropiado? Trataremos de responder aquí a estas cuestiones, acercándonos a los textos de la época y ofreciendo asimismo un marco más amplio.

1. LA EXPRESION «REYES DE ESPANA» EN EL MEDIEVO HISPANICO

Acerca del problema de si se puede hablar de España en la Edad Media y, en general, antes del siglo XVIII, se debe recordar la existencia de algunas obras bien documentadas y trabajadas como la ya clásica, pero no por ello falta de un gran valor actual, de José Antonio Maravall acerca de El concepto de España en la Edad Media (3). Ciertamente, se trata de un libro bastante largo y denso, y por ello puede resultar algo pesada a veces su lectura. Por eso es probable que no haya sido tan leído como merece. Por otra parte, recientemente se han editado unas muy interesantes reflexiones de destacados académicos de la Historia sobre el ser de España (4), que aportan luz de nuevo sobre la hoy tan debatida cuestión de qué es España y cómo se ha concebido a lo largo de su Historia.
Maravall se acerca de manera profunda a la realidad de los diversos reinos cristianos de la Península Ibérica en el Medievo, y analiza la razón de las expresiones «Regnum Hispaniae», «Reges Hispanici», «Reges Hispaniae», etc., que tantas veces aparecen en textos medievales (5). No vamos a tratar aquí con detalle ni a resumir ampliamente estos asuntos, pero sí diremos que, propiamente, el autor deja claro que en la Edad Media se habla de España y que este vocablo no se reduce a un simple valor geográfico, ya que «¿cuál es en tal caso, la extraña condición de una entidad geográfica capaz de dar origen a un hecho tan singular (la realidad de las expresiones “Regnum Hispaniae” o “Reges Hispanici”)?». Después de estudiar la cuestión, Maravall viene a concluir que la idea medieval de España hace referencia a una comunidad de identidad histórica, religiosa y cultural, que en un pasado (la época visigótica) había estado unida también políticamente, pero que luego perdió este último aspecto y no se aspira a recuperarlo de una manera plenamente intencionada. Es decir, los distintos reyes hispanos o españoles y sus reinos, son legítimos y no se piensa en acabar con ellos, pero sí existe entre ellos una solidaridad asentada sobre esa unidad histórico-religioso-cultural que hemos señalado. Y esto les confiere una identidad frente al Islam y dentro de la Europa cristiana. En palabras suyas, «la “divisio regnorum” es un sistema, si no querido, por lo menos aceptado y que se mantiene de tal forma que se da, a la vez, una variedad de reinos y pluralidad de reyes con la conservación de una conciencia de unidad del que concomitantemente se llama “Regnum Hispaniae'” […] Durante siglos, nadie piensa, o tal vez muy pocos, en reunir los reinos hispánicos, en restablecer efectivamente la “Monarquía hispánica”; pero esta situación de división de reinos no resulta incompatible con el sentimiento de comunidad de los hispanos y con el concepto de Hispania -con todo el contenido histórico y, por consiguiente, político, que ese concepto lleva en sí».
Así, por lo tanto, estos reyes «forman un grupo claramente definido y fijo: los reyes de España. Y cabe decir, incluso, que la expresión se va estabilizando y generalizando a medida que el tiempo avanza». Hay que señalar que Maravall no afirma todas estas cosas a la ligera, sino que, como ya hemos dicho, el suyo es un trabajo muy documentado y fruto de un notable esfuerzo. De este modo, indica cómo la expresión de la que se ocupa aparece en diplomas reales, crónicas y textos literarios, tanto pontificios y del extranjero, como de toda España: Castilla, Cataluña, Navarra… y la expresión es conocida por los mismos reyes. Y «unidad fundamental es aquella en la que descansa la expresión “Reges vel principes Hispaniae”, no de mera circunstancia geográfica, ni aún histórica». Muntaner la reduce a términos de absoluto, porque no dice siquiera que “son de una carne y de una sangre”, sino que “son una carne y una sangre”». Exactamente, Muntaner dice en su Crónica que «si aquest quatre reis que ell nomena, d’Espanya, qui son una carn e una sang, se tenguessen ensems, poc dubtaren e prearen tot l’altre poder del mon».
Por otra parte, se debe recordar cómo al final del Poema de Mio Cid, el matrimonio definitivo de las hijas de Rodrigo Díaz de Vivar emparenta a éste con los linajes regios hispanos, de tal modo que el autor afirma: «Oy los reyes d’España sos parientes son; / a todos alcança onrra por el que en buena ora naçio» (6). Menéndez Pidal ya vio un «valor nacional» en esta expresión y en todo el Poema, y no deja de tener interés el hecho de que viene a mostrarse así al Cid como un vínculo entre las casas reales hispanas, con lo cual incluso podemos considerar que, de ser un héroe castellano, pasa a convertirse en un héroe español.
En la obra editada por la Real Academia de la Historia, a la que ya nos hemos referido, uno de sus autores resalta cómo, «ciñéndonos a la época medieval, no parece que pueda haber muchas dudas sobre la presencia de España como realidad histórica, de la que sus propios habitantes, integrados en la Europa medieval, tomaron conciencia creciente a partir de los siglos XI al XIII, a través de ideas que, como suele suceder, fueron expresadas por los grupos dominantes pero que alcanzarían amplia aceptación social» (7). En otro trabajo, este mismo autor afirma que «el concepto de España es, ante todo, un concepto histórico y cultural, más allá de lo geográfico y más allá de lo político, que son dos de sus elementos componentes, relativamente fijo el primero, cambiante en el tiempo el segundo.» (8)
En línea con Maravall, se refiere igualmente a la situación de «los cinco reinos», a la realidad de la pluralidad de entidades políticas en la Península, pero indicando que «no hay motivo para ignorar o negar que existió una España medieval», independientemente del grado de cohesión o disgregación política que existiera en ella. Hacia el año 1300, en el que concluye su estudio, «la hipótesis de traducir la realidad histórica española, que era sentida conscientemente por los dirigentes, en una entidad política común que favoreciera la concentración de poder en manos de una sola monarquía, era eso: una hipótesis». También matiza la idea de Maravall de que los «reyes de España» regían el ámbito hispano solidariamente, pues recuerda que en realidad fueron frecuentes los enfrentamientos entre ellos, si bien esto no significa que no existiese ese sentimiento de comunidad. Y, por otro lado se ocupa del neogoticismo y de la «Reconquista» como elementos característicos de las cuestiones tratadas. Y en este sentido, debemos recordar cómo Sánchez Albornoz insistió siempre en el papel de la Reconquista en la configuración de España.
Así, pues, hacia el 1300 «existía, en fin, un concepto ya muy elaborado sobre la existencia histórico-cultural de España que permitiría en el futuro, entre otras cosas, imaginar y justificar proyectos de convergencia política».
Por eso, no debe extrañarnos que los reyes de Castilla se acogieran a la protección del Apóstol Santiago, a quien se referían habitualmente en los preámbulos de los documentos que otorgaban como «el bienaventurado Apóstol Señor Santiago, Luz e Espejo [o Patrón] de las Españas, caudillo e guiador de los reyes de Castilla e de León». Y cabe recordar que el arzobispo de Toledo era el «primado de las Españas», y «cardenal de España» cuando se le concedía el capelo cardenalicio.
Tampoco debe sorprendernos que en documentos elaborados en el ámbito vasco se aludiera en muchas ocasiones a su integración en la Corona de Castilla y a la idea de España, como se puede observar, por ejemplo, en la fundación del mayorazgo del solar de Muñatones, en Somorrostro (Vizcaya), por Juana de Butrón y Múgica, esposa de Lope García de Salazar, en 1469, en virtud de la facultad real dada por Juan II de Castilla, y en la que se indica que se da preeminencia a los hijos mayores sobre los otros, «lo qual guarda y comúnmente es guardado, y se acostumbra a guardar en todo el mundo, y especialmente en España, y aun singularmente en estas montañas y costa de la mar». El mencionado Lope García se definía en 1471 como «morador en Somorrostro, vassallo del muy alto y esclarecido Príncipe y muy poderoso Rey y Señor nuestro, el Rey don Enrique [IV], Rey de Castilla e de León, a quien Dios mantenga» (9).
Y que España era algo más que un simple concepto geográfico y se sentía muy hondo, lo reflejan frases como la recogida en el preámbulo de la fundación de mayorazgo que hizo Juan Ramírez de Guzmán, señor de Teba y Ardales (Málaga), mariscal de Castilla, previa facultad del citado rey Enrique IV, en 1460, al referirse a «los reyes de nuestra España de gloriosa memoria, ya los pasados y los que viben» (10). Esto es lo que puede explicar también que los embajadores del rey Alfonso V de Aragón, Juan de Hijar y mosén Berenguer Mercader, exhorten a Juan II de Castilla a trabajar por la unidad de la Iglesia, esfuerzo para el que deben llegar a un acuerdo entre ambos monarcas y, asimismo, con los de Navarra y Portugal, para que «axi unida tota Spanya o pur la major part», otros príncipes cristianos se adhieran y les sigan, y de esta concordia obtendrán «gran merit davant Deu, gran gloria en tot lo mon, e sería gran honor de tota la naçió de Spanya»(11). Ya en el concilio de Constanza de 1414, los cuatro reinos habían actuado con un voto único como «nación»: entonces, este término se entendía básicamente como lugar de nacimiento, pero habían tenido la conciencia de ser una entidad que, en su comunidad, era distinta de las otras cuatro «naciones» con voto, a saber, Italia, Alemania, Francia e Inglaterra. Y, más aún, Italia y España eran las que habían mantenido el nombre romano, mientras que las otras habían adoptado el de los pueblos «bárbaros» que se habían asentando en ellas (12).
Por lo tanto, habiendo visto brevemente que en el Medievo hispano se emplean con frecuencia las expresiones referentes a España y a los reyes de España, y habiéndonos acercado a la manera en que se conciben, pasemos ahora a tratar el punto tocante a la denominación de «Reyes de España» que varios autores de la época de los Reyes Católicos dieron a éstos.

2. LOS AUTORES DE LA EPOCA DE LOS REYES CATOLICOS

Uno de los autores que más emplea el término es el franciscano Fray Ambrosio Montesino, perteneciente al círculo de Cisneros y poeta y predicador de los Reyes Católicos, que cuenta en su obra poética con dos piezas dedicadas a San Juan Evangelista, compuestas a petición de la Reina Isabel la Católica, quien, como sabemos, era muy devota de este Apóstol. Incluso el escudo de los Reyes Católicos, como también es de sobra conocido, nos muestra el águila de San Juan acogiendo y protegiendo bajo sus alas las armas de todos los territorios englobados en la unión dinástica. En las Coplas escritas hacia 1485 ya encontramos uno de los más antiguos poemas del fraile franciscano: las coplas In honore Sancti Johannis Evangelista (13), realizadas «por mandado de la reyna de españa nuestra señora». Y en ellas, las últimas cuatro estrofas adquieren un interés especial. En la primera de estas cuatro dice el autor:
«Todo el çielo te acompaña
y te honora,
y la reina te es despaña
servidora [. . . ]»
Fray Ambrosio denomina a Isabel «Reina de España» y en los siguientes versos alude a la construcción en Toledo del magnífico monasterio franciscano de San Juan de los Reyes, levantado por los monarcas para conmemorar la batalla de Toro y el triunfo en la Guerra de Sucesión de Castilla, y a la vez para impulsar la reforma observante. No hay que olvidar que en este edificio, asimismo, se plasma de forma constante la simbología política de Isabel y Fernando. La siguiente estrofa es una «Suplicación a sant Juan por la reina nuestra señora», y lo que pide especialmente es la asistencia en la Guerra de Granada. Por fin, las dos últimas estrofas se dirigen a la propia Reina Católica, de la que hace varios elogios y dice creer ser su capitán «vuestro dulçe evangelista / que es sant Juan». Y en las otras Coplas de San Juan Evangelista, igualmente compuestas «por mandado de la cristianísima reina doña Isabel», también denomina a ésta «reina de las Españas», en el sexto verso.
Asimismo, este autor llama «Reyes de España» a los Reyes Católicos en el romance heroico sobre la muerte del príncipe don Alfonso de Portugal en 1491, hecho a petición de la infanta viuda doña Isabel, y que alcanzó una divulgación muy amplia, incluso en Francia. Cuando llega el caballero con la fatídica noticia, se le pregunta así: «decid, ¿qué nuevas son estas / de tan triste lamentar?, / los grandes reyes d’España / son vivos o váles mal?, / que tienen cerco en Granada / con triunfo imperial».
En cuanto a las traducciones hechas por él, la «Epístola Prohemial» de la revisión del libro de las Epistolas y Evangelios (1512) la dedica «al Rey de España don Fernando nuestro Señor», y ahí dice ser «su mas leal y antiguo predicador y siervo» (14).
De un modo singular destaca el «Prohemio epistolar» de Montesino a la Vita Christi de Ludolfo de Sajonia, «el Cartujano» (Alcalá de Henares, 1502-03) (15). La traducción de esta extensa obra al castellano fue un encargo de los Reyes Católicos e interesó de manera especial también a Cisneros, pues veía en ella un elemento importante para la reforma de los seglares, sin por eso dejar de suponerlo igualmente para la de los religiosos y eclesiásticos en general. El proemio está «endereçado a los christianissimos e muy poderosos principes el rey don Fernando e la reyna doña Isabel, reyes de España e de Sicilia, etc., inuictissimos e muy excelentes, por cuyo mandamiento lo interpreto (la Vita Christi)». Y lo comienza así Fray Ambrosio: «Cristianissimos principes rey e reyna, reyes clementissimos de España, rey don Fernando e reyna doña Isabel muy poderosos; fray Ambrosio Montesino, el menor de los frayles menores de observancia, e el mas desseoso del servicio de vuestras altezas, implora e suplica a Dios por la salud e prospero estado de vuestra celsitud muy esclarescida, en lugar de la reverencial e acostumbrada salutacion que a la magestad real se debe.»
El proemio se puede dividir en tres partes. La primera es una digresión teológico política sobre el gobierno y los reyes, y en la cual Fray Ambrosio se convierte en un exponente del «máximo religioso». La segunda es un elogio de toda la labor desarrollada por los Reyes Católicos. Y la tercera trata del profundo valor de la obra traducida. En cierta manera, la división entre las partes segunda y tercera no resulta del todo clara, ya que el franciscano considera el mandato de traducir la Vita Christi del Cartujano como una más de las grandes tareas emprendidas por Isabel y Fernando. La verdad es que este proemio no tiene desperdicio alguno, y para el asunto que estamos tratando es de gran interés su segunda parte. Dentro de la primera, destacan las siguientes palabras: «Ansi que serenissimos principes: en este prohemio epistolar, no entiendo explicar por extenso la particularidad de vuestros excelentes e muy esclarescidos hechos, porque assaz basta ver por experiencia, que son de tal calidad e tantos, que ponen en olvido las victoriales hazañas de los reyes passados, e dan admiracion e espanto a los presentes, e son imagen de bivo original para los tiempos advenideros, en que miren vuestros successores, e aun los reyes de toda la cristiandad, para no errar en las costumbres de sus personas, e para ser siempre notables e diestros en las administraciones de sus reynos». Aún hace alguna alabanza más a continuación, en esta primera parte.
Pero es realmente en la segunda parte del proemio donde Fray Ambrosio realiza un gran elogio de Isabel y Fernando y de su obra.
Digamos sólamente que un poco más tarde, Fray Ambrosio Montesino se declara ser «su pobrezillo e muy leal seruidor» (de los monarcas), y que la portada de los volúmenes de la edición alcalaína nos muestra un dibujo en el cual Fray Ambrosio, arrodillado, está entregando un volumen a los Reyes Católicos, quienes se hallan sentados en el trono. A la izquierda aparece otro fraile franciscano, que tal vez pudiera ser Cisneros, como me ha sugerido la investigadora estadounidense Bethany Aram. Debajo del dibujo aparece el escudo de armas de Isabel y Fernando, evidentemente ya con la granada, y una leyenda que dice: «Vita christi cartuxano romançado por fray Ambrosio». La edición de Alcalá de Henares de 1502-03 es sin duda una auténtica joya tipográfica, igual que lo son las ediciones portuguesa y valenciana de la misma obra.
Ciertamente, la segunda parte del proemio tiene un alto contenido de propaganda política, como buena parte de los elogios de la época a la labor y las personas de los Reyes Católicos. Pero ello no quiere decir que no haya sinceridad de sentimiento en el autor, ni tampoco significa que no sea verdad lo que dice, pues el conocimiento de la Historia nos hace ver que todo lo que se ensalza fue verídico. Y es lógico que los contemporáneos alabasen una época de tantos éxitos reunidos y a aquéllos que los habían hecho posibles.
Cabe pensar en el modo en que este texto pudo calar en los lectores, y no sólo en los del momento, sino también en los posteriores. Habría que considerar incluso el efecto que pudo tener en quienes lo leyeron no muchos años después de salir a la luz, cuando a España volvieron unos tiempos más dificiles, como dificiles habían sido los precedentes al gobierno de los Reyes Católicos. Así, por ejemplo, el propio San Ignacio cuenta en su Autobiografía que leyó la obra durante su convalecencia en la casa-torre de Loyola en 1521, cuando se recuperaba de la herida sufrida en el asedio de Pamplona (16). Y el P. Leturia, buen conocedor del vasco Iñigo de Loyola, dice que, al encontrarse con el panegírico que Fray Ambrosio Montesino hace de los Reyes Católicos, «había de leerlo el enfermo con gusto, pues le llevaba a recordar sucesos por él mismo vividos en su pubertad, y que ofrecían afilado contraste con los disturbios y marejadas que habían seguido en todos los órdenes desde la muerte de la Reina Católica» (17).
Por otra parte, podemos resaltar el interés de los Reyes Católicos por ésta y otras vidas de Cristo difundidas por toda España y que tanto éxito tenían en esa época aquí y en toda Europa. Así, por ejemplo, fijándonos en Valencia, cabe señalar que Fernando el Católico escribió en marzo de 1496 al batlle general de aquel Reino, Diego de Torres, solicitándole la edición de la traducción de la misma Vita Christi del Cartujano, que Joan Roís de Corella hizo al catalán valenciano y que fue publicándose entre 1495 y 1500 (18). Por otro lado, la Reina Isabel pidió una copia de la Vita Christi que había escrito en un precioso catalán valenciano Sor Isabel de Villena, abadesa del monasterio de clarisas de la Trinidad de Valencia. Y gracias a esta petición, la obra fue enviada a la imprenta, ya que la sucesora de Sor Isabel en el cargo, Sor Aldonca de Montsoriu consideró que así cumpliría mejor el encargo de la Reina, y a ella, a la «molt alta, molt poderosa, christianissima Reyna e Senyora», le dedicó la obra en el prólogo que le puso y que firma como su «humil serventa e oradora Sor Aldonça de Montsoriu, indigna abbadessa del monestir de la Sancta Trinitat» (19).
Pero también otras personas e instituciones del momento hablaron de España y de los Reyes Católicos como Reyes de España con total naturalidad, como varios historiadores han observado. Así, los predicadores se dirigían a los monarcas en sus sermones como al «Rey y Reina de las Españas» o de «España», y un poeta valenciano les reconocía como «Reys d’Espanya», mientras que en 1493 el gobierno municipal de Barcelona se refirió a don Fernando como el «rey de Spanya, nostre senyor» y en 1511 el concejo de Murcia le indicó que «toda la nación [de] España» le rogaba que no se arriesgase personalmente en una expedición a Africa (20). Cabría añadir algunos ejemplos más, como son los que se recogen en la pluma de Diego de Valera y en la de Pedro Mártir de Anglería, entre otros (21), o por supuesto, el caso de Antonio de Nebrija, del que más adelante recogeremos una cita de gran valor, pero del que ahora podemos recordar que en su Historia de la guerra de Navarra, escrita en lengua latina, habla del enfrentamiento entre «hispani» (españoles, bien es cierto que a veces los identifica en especial con los castellanos, pero no sólo) y «galli» (galos, franceses) y presenta a Isabel la Católica como «Regina Hispaniarum» y a su hijo el príncipe don Juan como «Princeps Hispaniarum», a la vez que exalta toda la labor de Fernando el Católico y del duque de Alba en la incorporación del Reino y expone que éste era parte de España: «At Navariam, quis aequus rerum aestimator iudicet, ab Hispania posse disiungi?» (22)
Incluso el propio Fernando el Católico, satisfecho y orgulloso de su labor, decía en 1514 que «Ha mas de setecientos años que nunca la Corona de España estuvo tan acrecentada ni tan grande como agora, asi en Poniente como en Levante, y todo, despues de Dios, por mi obra y trabajo.» (23)
Sin duda alguna adquieren una relevancia destacable los textos referidos al hijo mayor y heredero de los Reyes Católicos, el príncipe don Juan, y en especial los que lamentan la muerte de aquella joven «esperanza de España» (24).
Luis Ramírez de Lucena dedicó su Arte del ajedrez (Salamanca, 1494-95) al «sereníssimo e muy sclarescido don Johan el tercero, Príncipe de las Spañas», y lo mismo hizo Juan del Encina con su Arte de poesía castellana (Salamanca, 1496), en cuyo proemio aludía a la labor del «dottísimo maestro Antonio de Lebrixa [o Nebrija], aquel que desterró de nuestra España los barbarismos que en la lengua latina se avían criado»; y también le dedicó su traducción de las Bucólicas de Virgilio (Salamanca, 1496), saludándole en el prólogo como «¡O bienaventurado príncipe, esperança de las Españas, espejo y claridad de tantos reinos, y de muchos más merecedor!» Por su parte, de un modo semejante a como denominaba Fray Ambrosio Montesino a Isabel y Fernando, Lucio Marineo Sículo llamó en latín «Princeps Hispaniae et Siciliae» a don Juan.
Ahora bien, según hemos indicado, la muerte de este personaje suscitó un tremendo dolor no sólo en sus padres, los monarcas, sino en toda España, pues se había puesto en él toda la esperanza de la continuación de la época de paz y esplendor de Isabel y Fernando y la definitiva consolidación de la unión de Coronas y Reinos bajo un mismo cetro. Así la lloró el mismo Juan del Encina, en un poema A la dolorosa muerte del príncipe don Juan, de gloriosa memoria, hijo de los muy católicos Reyes de España, donde recuerda cómo éstos habían logrado restaurar el orden en la Corona de Castilla: «dionos Dios reyes de tal perfeción / que fueron remedio de mal tan entero [dicho desorden], / dioles Dios hijo varón, heredero, juntando a Castilla, Sicilia, Aragón. / ¡O, quántos plazeres España sintió / en todos lugares haziendo alegrías, / fiestas las noches y fiestas los días / quando el gran Príncipe ya nos nació! / […] Él era de España la flor y esperança», y en su boda con «la gran Margarita, la flor de Alemaña, / juntónosla Dios con la flor de España / […] ¿Quién dirá el gozo que España mostró, / sintiendo gran gloria destos casamientos?» El mismo poeta, en un romance, comienza lamentándose así: «Triste España sin ventura, / todos te deven llorar, / despoblada de alegría / [. . .] / pierdes Príncipe tan alto, / hijo de reyes sin par.»
Hacia 1498, el comendador Román, criado de los Reyes Católicos, publicó unas Coplas sobre el fallecimiento del hijo de éstos, en las cuales aparece en cierto momento «una señora, la qual dezía ser España, haziendo grandísimo planto por el Príncipe», afirmando que «Yo soy la que más perdió / en este Príncipe santo / que la muerte nos llevó», pues había puesto en él gran esperanza de que fuera la garantía de continuidad del buen gobierno de sus padres. Y también Garci Sánchez de Badajoz compuso unas Coplas con el mismo tema, donde decía: «Y cantemos sobre Spaña, / con triste voz y sonido / de ronco pecho salido, / la desventura tamaña / que a todos nos ha venido»; en este mismo poema denomina a Isabel«Reina de los afligidos, / leona brava de Spaña» y refiere que el dolor por la muerte del Príncipe «por toda Spaña puebla».
De manera semejante, Pedro Mártir de Anglería elaboró un poema en latín titulado De obitu catholici Principis hispaniarum, y Diego Ramírez de Villaesclusa se refirió a Fernando el Católico, también en la lengua de los romanos, como rey de las Españas y de Sicilia. En castellano, Alfonso Ortiz redactó un Tratado del fallecimiento del príncipe don Juan, a quien designa igualmente como «príncipe de las Españas», «don Juan de las Españas» y «heredero primogénito de las Españas». A todo esto cabe añadir unos romances populares que recogen similares ideas y sentimientos, como el que comienza «Nueva triste, nueva triste que sona por toda España».
Por lo tanto, el príncipe don Juan fue ampliamente considerado «príncipe de las Españas» y futuro continuador de la época de paz, esplendor y unión hispánica lograda por sus padres, y su muerte supuso un tremendo dolor que afectó, y esto está documentado, a todas las capas de la sociedad y en todos los reinos, como lo reflejaron los funerales celebrados por su alma y el sentimiento de tristeza general que se observó en todos los lugares.

3. LOS REYES CATOLICOS, ¿REYES DE ESPANA O NO?

Hemos visto con claridad que en la Edad Media hispana se habla de España y que ésta no se concibe como una entidad meramente geográfica, sino como una comunidad histórica y religioso-cultural, que confiere a sus miembros unos vínculos de solidaridad y de identidad. En principio, aunque se recuerda y en cierta manera se añora la antigua unidad política habida en la época visigótica y rota con la invasión islámica (es la idea de la «pérdida de España» desarrollada ya en la Crónica mozárabe del 754), no se aspira a recuperarla de un modo plenamente intencionado, al menos hasta fechas bastante tardías, pues se afirma la legitimidad jurídica de los distintos reinos y entidades políticas de la España medieval. Eso sí, éstos se ven interrelacionados entre sí por ese sentimiento realmente existente de comunidad hispánica y que les proporciona una identidad especial ante el Islam y en el seno de la Europa cristiana. Para la época de los Reyes Católicos, sin embargo, sí nos encontramos con unos deseos, en ocasiones muy marcados, de anhelo y búsqueda de la unión política, y las directrices del gobierno de los monarcas apuntan a ese fin. Esto, sin embargo, no procede de la nada, sino que se ha ido fraguando a lo largo de siglos, en especial desde el XIII. Según hemos indicado ya, en la propia centuria del 1400 toda una serie de textos fue preparando el terreno para la realización de la unidad hispánica bajo una sola Corona (25).
Por otro lado, los contemporáneos extranjeros e hispanos denominaron con cierta frecuencia «Reyes de España» a los Reyes Católicos, y además usaban el término con naturalidad. Sin embargo, es cierto que los monarcas nunca emplearon tal designación en su intitulación, sino que conservaron la larga lista de títulos que ya conocemos y que estaba abierta a añadir otros nuevos; y, efectivamente, ellos la agrandaron de forma sobresaliente.
Respecto de esta segunda cuestión, Fernando del Pulgar, en su Crónica de los Reyes Católicos refiere que en el Consejo Real se debatió qué intitulación debían emplear, y que, a pesar de que los votos de algunos consejeros se inclinaron porque se denominasen «reyes e señores de España, pues subçediendo en aquellos reynos del rey de Aragón eran señores de toda la mayor parte della, pero determinaron de no lo hacer e yntitularonse en todas sus cartas en esta manera» (es decir, la de la lista de reinos y señoríos).
Por lo tanto, hubo una negación por parte de Isabel y Fernando a la idea de autodenominarse de forma oficial «Reyes de España». Y, sin embargo, es evidente que no sólo les llamaron así numerosas personas e instituciones, sino que los monarcas no pusieron impedimento alguno a que lo siguieran haciendo. Más aún, lo permitieron e incluso ordenaron que se imprimieran libros en los que aparecía tal término. El caso del propio Fray Ambrosio Montesino es bien claro y significativo: se dirige a Isabel como «Reina de España», al menos ya desde las coplas que por encargo suyo compone hacia 1485; a ella y a Fernando les denomina «Reyes de España» en la Vita Christi en 1502; y finalmente dedica al segundo, como «Rey de España», las Epistolas y Evangelios en 1512.
Esto último lleva a reflexionar sobre otro aspecto: el calificativo se aplica tanto a Isabel sola, como únicamente a Fernando, y a los dos juntos. Es decir, cabe afirmar que hay una conciencia clara de que los dos son los Reyes de España, y que el «Tanto monta» funciona al menos en la teoría.
Así pues, ¿podemos considerar y llamar «Reyes de España» a los Reyes Católicos?
En primer lugar, queda fuera de duda que España es una realidad en la Edad Media y que existe un concepto de ella que no se limita a mera geografía, sino que, si bien ésta puede ser y es la base, hay bastante más: hay una conciencia de identidad y de comunidad. Por lo tanto, en caso de considerar a Isabel y Fernando «Reyes de España», lo serán de algo que no se restringe a lo geográfico.
En segundo lugar, ya se ha visto cómo se habla con frecuencia de los «Reyes de España» en el Medievo hispánico, así que tampoco es del todo novedoso que se aplique el término a Isabel y Fernando, sino que tiene una larga tradición. Pero lo que sí es novedoso es que se les considera como reyes de la unión recuperada de España, gracias a su matrimonio y a toda su labor, en la que cuentan como elementos muy importantes la incorporación de Granada, Canarias, Navarra… La expansión norteafricana, el descubrimiento de América… y, desde luego, la política matrimonial de los monarcas. Todo esto, sin olvidar lo que desarrollan en lo que toca a la hacienda y la moneda, la justicia, el ejército, la reforma y unidad religiosas, etc.
En tercer lugar, no sólo otras personas e instituciones denominan a Isabel y Fernando «Reyes de España», sino que ellos mismos tienen conciencia de serlo, aun cuando no quieran usar de manera oficial esta designación. Si no fuera así, no se comprendería que permitieran que se les llamase de este modo una y otra vez a lo largo de todo su reinado, y tanto por separado como en conjunto.
¿Por qué entonces no aceptaron el uso oficial del título «Reyes de España»? Como apunta Suárez (26), se pueden encontrar varias posibles respuestas a tal cuestión.
La primera de ellas puede ser la tradición: a lo largo de la Edad Media, los monarcas hicieron uso de un sistema de titulación plural, que fue plenamente heredado por los Reyes Católicos. Este factor ya lo señala Maravall (27), y hay que recordar que Isabel y Fernando eran tenidos, y ellos a sí mismos se tenían, más como «restauradores» que como «fundadores» (28).
La segunda razón es que pudo deberse a que la unión política de España aún no estaba acabada del todo: no eran todavía reyes de toda España, sino de una parte, aunque fuera la mayor, lo que creaba en ellos el deber de completarla (29).
En relación con esto hay que poner la cuestión de Portugal: ya sabemos que, a través de su política matrimonial, uno de los fines de los Reyes Católicos era la armonización política con este reino. Pero el uso del título »Reyes de España» de forma oficial podía molestar al vecino lusitano, que también se consideraba parte de España. Maravall ya indica este aspecto, y realiza un comentario acerca de que el rey don Manuel de Portugal hizo una reclamación a Fernando el Católico porque éste se hacía llamar «rey de España» (30). De todas formas, el hecho de que, en cambio, Isabel y Fernando aceptaran que personas e instituciones les denominasen así, podía constituir un elemento de propaganda de cara también a Portugal.
Y, hablando de propaganda, una cuarta razón la podemos ver en la fuerza que podía tener una larga intitulación, la cual, además, estaba abierta a nuevos añadidos. Ladero matiza que la efectividad y la fuerza de cada título era diversa: los había honoríficos (Atenas y Neopatria, por ejemplo), reivindicativos (Rosellón y Cerdaña hasta 1493) y efectivos (31). Como decimos, la lista podía ir aumentándose mediante la incorporación de nuevos reinos o señoríos y esto confería un evidente prestigio al monarca o monarcas (32). Y, como igualmente hemos dicho, los Reyes Católicos hicieron crecer en su época el número de títulos de forma considerable.
En fin, la última razón es quizá la más importante: la unidad estaba construida sobre la base de la diversidad territorial. Suárez también opina que éste fue el motivo principal de la cuestión y concretamente recalca que la unión se estaba edificando según el modelo de la Corona de Aragón (33). Ladero, por su parte, da importancia igualmente a la realidad de que la monarquía tenía dominios y componentes variados (34). Y Hillgarth, recordando que en la intitulación de los Reyes Católicos los reinos de la Corona de Castilla y los de la de Aragón se enumeran uno tras otro en rigurosa alternancia, cita a Gómez Mampaso en la idea de que esto parece reflejar «la concepción pluralista del Estado, yuxtaponiendo los reinos sin fundirlos» (35). Sin duda alguna, el corporativismo u organicismo cristiano medieval pudo jugar un papel muy destacado en la configuración de la unión dinástica. Cepeda Adán tiene en cuenta este factor al referirse a la concepción del reino, del Estado, en los Reyes Católicos (36). Son muy esclarecedoras, por otra parte, estas palabras de Antonio de Nebrija en el prólogo que dedica a Isabel la Católica, «Reina i señora natural de españa e las islas de nuestro mar», en su Gramatica de la lengua castellana de 1492: «I assi crecio [la lengua castellana] hasta la monarchia e paz de que gozamos, primeramente por la bondad e prouidencia diuina, despues por la industria e trabajo e diligencia de vuestra real majestad. En la fortuna e buena dicha de la cual los miembros e pedaços de España que estauan por muchas partes derramados, se reduxeron e aiuntaron en un cuerpo e unidad de reino. La forma e travazon del cual assi esta ordenada que muchos siglos, iniuria e tiempos no la podran romper ni desatar.» (37)
Nebrija ve con claridad que se ha alcanzado la unidad que llevaba esperando siglos y que ya es irrompible. Pero, además de esto, habla de «miembros» y «cuerpo», y cualquier entendido en textos políticos medievales sabe que no son palabras dichas al azar o sin significado. El reino se concibe orgánicamente en lo social y en lo territorial, y los territorios que lo componen son los miembros que forman el cuerpo del reino. Este no puede existir sin aquéllos, y aquéllos, a su vez, no tienen sentido y finalidad fuera del reino. Y, sin duda alguna, ésta era la visión de los Reyes Católicos. Ellos fundamentaron la unidad sobre la diversidad, bebiendo doctrinalmente para ello en buena medida del pensamiento corporativo del Medievo cristiano, que se fue perpetuando y renovando posteriormente y que en España tiene una de sus expresiones más recientes y bastante fiel heredera de él en el tradicionalismo carlista; en Portugal podemos verlo en el miguelismo y el integralismo. El foralismo carlista se explica bien desde esa perspectiva y trata de conjugar la unidad nacional con la diversidad regional, de una manera no muy lejana al modelo de los Reyes Católicos. Los cuales, aunque sin duda dieron muchos y muy importantes pasos en la construcción del «Estado moderno», seguían vinculados a las doctrinas de la Edad Media cristiana.
Otro reflejo claro de tal concepción es el escudo de armas de Isabel y Fernando, en el cual se integran los distintos territorios y la personalidad de cada uno de ellos queda tan patente como la unidad alcanzada, al mismo tiempo que todo queda consagrado y protegido por el águila de San Juan Evangelista, por la fe católica (38).
Y esta diversidad en la unidad es la que también explica que muchas veces se hable de España en plural: «las Españas». También Felipe II utilizó, además de la larga lista de territorios en su intitulación, esa otra de «Philippus Hispaniarum Princeps» o «Philippus, Dei gratia Rex Hispaniarum…». Y esto ya lo había hecho su padre Carlos I, como se observa en varios sellos (39). Es decir, que después de los Reyes Católicos y antes de Carlos III, también otros monarcas fueron denominados (en los casos de Carlos I y Felipe II que aquí se refieren, se autodenominaron) «Reyes de España» o «de las Españas».
Los historiadores de la Edad Moderna, acogiéndose a veces a textos de autores de los siglos XVI y XVII, por ejemplo del P. Mariana, han propuesto, quizá como términos menos conflictivos, los de «Monarquía Católica» y «Monarquía Hispánica», para hablar de los reyes que gobernaron España desde Isabel y Fernando hasta la centuria del 1700. En realidad, son términos ciertamente bastante adecuados y que hacen referencia sobre todo a dos aspectos: la fe sobre la que se asienta la Monarquía y la universalidad. Porque, en realidad, tanto catolicidad como Hispanidad son conceptos que expresan universalidad, y la España de la Epoca Moderna muestra sin duda esta vertiente. Pero ello no quita el que, después de haber tratado toda esta cuestión, podamos sin temor hablar también de «Reyes de España» antes de Carlos III y que podamos aplicar tal calificativo igualmente sin miedo a los Reyes Católicos. Del mismo modo, no hay por qué evitar hablar de España antes del siglo XVIII, ni hay razones verdaderas para afirmar que España no existe ni ha existido en la Historia. Como bien dice el profesor Eloy Benito Ruano: «¿Negación actual de España? Síntoma de incultura histórica.» (40)

SANTIAGO CANTERA MONTENEGRO
1 Resumen de la conferencia pronunciada en la Universidad San Pablo-CEU de Madrid el 4 de mayo de 2001, dentro de las Jornadas sobre La creación del Estado moderno español: una transición política a finales del siglo XV. En buena medida, habíamos abordado el tema en el artículo “Fray Ambrosio Montesino y los Reyes Católicos como Reyes de España”, en Fundación, revista de la Fundación para la Historia de España (Argentina), II (1999-2000), pp. 261-282.

2 Tanto la edición francesa (París) como la española (Madrid, Nerea), son de 1988. La cita, p. 9.

3 Maravall Casesnoves, J. A.: El concepto de España en la Edad Media. Manejamos la 4a edicio~ilMadrid, Centro de Estudios Constitucionales, 1997); la la es de 1954.

4 Espana. Reflexiones sobre el ser de Espana. Madrid, Real Acadernia de la Historia, 1997.

5 Op. cit., 2a parte. A continuación, recogemos algunas citas de las pp. 342, 345, 388-390 y 398.

6 Versos 3724-3725. Manejamos la 4a edición de Ramón Menéndez Pidal (Madrid, Espasa-Calpe, 1940, p. 298) y la de Colin Smith (Madrid, Cátedra, lg9l, p. 267).

7 Ladero Quesada, M. A.: ~España: Reinos y señoríos medievales (Siglos XI a XIV)”, en España. Reflexiones sobre…, pp. 95-129; p. 95.

8 Ladero Quesada, M. A.: “Ideas e imágenes sobre España en la Edad Media”, en Sobre la realidad de España. Madrid, Universidad Carlos III de Madrid – Boletín Oficial del Estado, 1994, pp. 35-53; p, 38. Recogemos a continuación algunas citas de este trabajo y del mencionado antes.

9 Real Academia de la Historia (RAH), Col. Salazar y Castro, 9/356 (antiguo E-18), fols. 119 r. – 122 v.

10 RAH, Col. Salazar y Castro, 9/832 (antiguo M-25), fols. 180 r. – 188 r.

11 RAH, Col. Salazar y Castro, 9/706, (antiguo K-81), fols. 21 r. – 22 r.

12 En esta idea incide habitualmente el profesor Luis Suárez.

13 Para este autor, usamos principalmente la edición de la BAE (Biblioteca de Autores Españoles), vol. 35 (Madrid, Rivadeneyra, 1855), pp. 401-466; aquí, pp. 441-444. Y Rodríguez Puértolas, Cancionero de Fray Ambrosio Montesino, Cuenca, Diputación Provincial, 1987; pp. 253-260 y 260-268.

14 De la primera edición de Toledo, 1512, solo se conoce un ejemplar en el British Museum.

15 Por ejemplo, en la Biblioteca Nacional de Madrid (BN), R-4 a R-7. El proemio, en vol. I, fols. II-IV.

16 San Ignacio de Loyola: Obras Completas, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos (E3AC), 1977 (3a ed. revisada); p. 94.

17 Leturia, P. de S.I.: El gentilhombre íñigo López de Loyola en su Patria y en su siglo, Barcelona, Labor (Colección “Pro Ecclesia et Patria”), 1949 (2a ed. corregida); p. 152.

18 Riquer, M. de; Comas, A.; Molas, J.: Historia de la Literatura Catalana, vol. IV (Part Antiga, per Martí de Riquer. Barcelona, Ariel. 1985, 4a ed.); p. 117.

19 Existe ed. crítica reciente de la obra completa, realizada por Josep Almiñana i Vallés, 2 vols. Valencia, Ajuntament de Valencia, Regidoría d’Acció Cultural, 1992. El prólogo en vol. I, p. 204.

20 Hillgarth, J. N.: Los Reyes Católicos. 1474-]516, Barcelona, Grijalbo, 1984; p. 282.

21 Maravall, op. cit., p. 467. LADERO, “Ideas e imágenes…”, pp. 46-48.

22 Nebrija, E. A.: Historia de la guerra de Navarra, Madrid, 1953.

23 Ladero, “Ideas e imágenes…”, p. 48.

24 Para esta cuestión, es interesante Pérez Priego, M. A.: El Príncipe Don Juan, heredero de los Reyes Católicos, y la literatura de Stl época, Madrid, UNED, 1997; antología de textos literarios en pp. 55-101.

25 Ladero Quesada, M. A.: Los Reyes Católicos: la Corona y la Unidad de España Valencla, Asociación Francisco López de Gomara, 1989; pp. 88-90.

26 Suárez Fernández, L.: Los Reyes Católicos. Fundamentos de la monarquía, Madrid, Rialp, 1989, p. 14.

27 Maravall, op. cit., pp. 352-353.

28 Suárez, Los Reyes Católicos. Fundamentos…, capítulo I, 1 (pp. 9-14). De este autor, cabe recordar también “España. Primera forma de Estado”, en España. Rellexiones sobre…, pp. 131-150.

29 Esta razón la apuntan también los profesores Maravall, Suárez (quien no cree que sea la más importante) y Ladero.

30 Maravall, op. cit., p. 470.

31 Ladero, Los Reyes Católicos ., p. 94.

32 Así lo veía Maravall, op. cit., p. 353.

33 Aparte de trabajos mencionados, es de gran interés el primer capítulo de su obra Claves históricas en el reinado de Fernando e Isabel, Madrid, Real Academia de la Historia, 1998.

34 Ladero, Los Reyes Católicos , pp. 93-94. En su obra España en 1492, Madrid, Hernando, 1978, p. 112, señala: “La Inonarqllía de ambos esposos es a la vez unión dinástica y ejercicio unido del poder en su cúspide. No supone un cambio en la constitución interna de los reinos y, tal vez por eso, Isabel y Fernando no se titularon oficialmente reyes de España, aunque como tales se considerasen, sino que mantuvieron las titulaciones tradicionales, incluso las honoríficas, unificadas en una larga relación donde cada reino -castellano o aragonés- tiene su puesto y a la que se incorporan las conquistas y anexiones efectuadas por ellos. Los monarcas de la Casa de Austria conservarían este procedimiento de titulación: [. ]”.

35 Hillgarth, op. cit., p. 283.

36 Cepeda Adán, J.: En torno al concepto de Estado en los Reyes Católicos. Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Escuela de Historia Moderna. 1956; pp. 74-75.

37 Nebnrija, A. de: Gramatica de la lengua castellana, Salamanca, 1492. Hay edición facsímil de Valencia, Librerías París-Valencia, 1992. La cita, pp. 5-6.

38 Es muy interesante el estudio de Menéndez Pidal de Navascués, F.: “Los emblemas de España”, en Espaiia. Reflexiones sobre .., pp. 429-473.

39 Por ejemplo, en un sello de 1526 aparece la fórmula “Carolus Dei Gracia Rex Hispaniarum” (Archivo Histórico Nacional de Madrid [AHN], Sigilografía-Sellos, Caja 17, n° 63). Y en otro de 1541, “loana, Carlos su hiio, Reis de Spanna” (AHN, Sigilograffa-Sellos, Caja 47, n° 19).

40 Benito Ruano, E.¨”Reflexiones sobre el ser de España”, en España. Reflexiones sobre…, pp. 583-587; p. 587.

Razón Española, nº 116, noviembre-diciembre 2002.

+ JAVIER NAGORE, POR DIOS Y POR ESPAÑA

Navarrísimo o lisa y llanamente navarro; españolísimo o propiamente español.

José Javier Nagore Yárnoz (1919 – 11-X-2016) fue un punto de referencia para todos, fiel al reinado social de Jesucristo, amigo de la Tradición, y estudioso del Fuero de Navarra y de España. Forjó su recia personalidad viviendo leal y intensamente las grandes realidades, principios e ideales. Difundió con lealtad y fortaleza cristiana el significado religioso y civilizador de la Cruzada por Dios y por España de 1936. Demostró que los cruzados tuvieron razón, y que los principios católicos son universales, necesarios sobre todo en España, y la única vía de paz y concordia.

En 1936 se enfrentaron al comunismo, al que ganaron. Construyeron la paz y el desarrollo. Vio con buenos ojos coyunturalmente el Régimen establecido, como el ministro de justicia y presidente del Consejo de Estado, Antonio Mª de Oriol y Urquijo (+ 1996). Durante años oirá mentiras a todo un pueblo sobre 1936, y verá claudicaciones en la fidelidad y los principios. No se resignó a la paulatina pérdida de la Fe católica en España por dejadez de los buenos, ni a su desmoronamiento al abandonar la verdad católica (Menéndez Pelayo). Sobre todo fue tradicionalista. Por su pensar, ser requeté en la Cruzada, y su amistad con Álvaro D’Ors y Fco. Javier de Lizarza, también fue carlista de convicción, aunque hay obituarios que omiten este aspecto nuclear. El Carlismo firme y declarado de Álvaro D’Ors se silenciará en la Universidad de Navarra, como si fuese  un tema tabú, ajeno a su magisterio y personalismo de juventud.

Nagore perteneció a la Comunión Tradicionalista Carlista de Navarra desde 1986, año de la reunión de todos los carlistas en el Congreso de El Escorial. Fue presidente de la CTC de Navarra del 18-XI-1990 hasta el 11-III-1995. Desde 1986 hasta hace muy pocos años fue consejero nacional de la CTC con Álvaro D’Ors, Garisoain, de Orbe, Arellano, Bermejo y Garralda. Afiliado a la CTC hasta su fallecimiento, manifestó su constante generosidad económica. Amplio de miras, ha estado con todos los tradicionalistas de España por Dios y por España, y, en Navarra, por los Fueros. Como foralista no constitucionalista afirmó los Fueros sin distorsiones o traiciones ocultas de quienes han vivido de la política.

Para él, los Fueros no se subordinan a la Constitución de 1978, ni a las actuales leyes de Navarra pues no pocas de ellas son un contrafuero. El Fuero reconoce la presencia explícita de Dios en las Instituciones políticas, se subordina a las leyes natural y de la Iglesia, a las buenas costumbres, y expresa una forma de ser español.

La Hermandad (canónica) de Caballeros Voluntarios de la Cruz, de la que fue miembro, celebró su funeral en la cripta del monumento de Navarra a sus muertos en la Cruzada el 20 de octubre.

Voluntario de primera hora con 17 años en Radio Requeté de Campaña, Primera Brigada de Navarra, luchó en los frentes de Guipúzcoa, Vizcaya, Aragón y Cataluña.

Estuvo casado y tuvo cinco hijos. Fue jurista, notario desde 1944 en Segura (Guipúzcoa), Alsasua y Pamplona, Decano del Colegio Notarial de Pamplona, Vocal de la Comisión General de Codificación, del Consejo de Estudios de Derecho Navarro, Consejero Foral (1964-1970) y corredactor de la compilación del Fuero Nuevo. Alcanzó el doctorado con la monografía Historia del Fuero Nuevo de Navarra (1994, 678 pp).

Escribió trabajos de Derecho civil y foral. Es coautor de la Recopilación privada del Derecho privado y Foral de Navarra (Pamplona, 1967). Autor de El notario… (1975), de las Leyes (…) del Fuero Nuevo de Navarra, y de “Los Fueros de Navarra” (1964). Redacta con profundidad la “Cartilla de la foralidad navarra” (1998). Colabora en las revistas Príncipe de Viana, Anuario de Derecho Foral, y Verbo (ed. Speiro).

Autor de En la Primera de Navarra (1981), unas memorias de guerra con cinco reediciones, la última titulada Luchábamos sin odio (2010). Escribe el ensayo Defensa de la navarridad (1987), y “La Historia de una dejación (La Cruz Laureada de San Fernando en el escudo de Navarra)” (1997). De 1990 a 2006 escribió seis documentados folletos sobre los requetés en la Cruzada. Autor de literatura de viajes y poeta, su pasión fue la montaña.

Escribe sobre Derecho, Navarra y la “Navarridad” en el “El Pensamiento Navarro” (1975-1981), el diario “El Alcázar”, y “Ahora Información” (seud. Areyto).

Reunió cada año a sus compañeros de Armas, bajando de 25 hasta dos, en localidades de Navarra y Guipúzcoa. Escribe en “Diario de Navarra” sobre el Fuero (24-III- 1996 y 11-V-2010). Funda Alianza Foral Navarra y será el alma mater de la Fundación Socio Cultural Leyre. A diferencia de

Rafael Gambra, con el que tantas cosas le unieron, no colaboró en “Siempre P’alante”. Asistió a las Fiestas de la Juventud

Carlista de Pamplona en diciembre, al Via Crucis de Isusquiza (Landa, Álava) en septiembre, a la reunión de Haro (La Rioja) en julio. Redactó durante años el manifiesto carlista de Isusquiza (Álava) a solicitud del amigo alavés don Ángel Armentia (“El Babazorro” que ya va por el nº 137).

Amigo de aita Teodoro en Radio Requeté de Campaña, defendiste el reinado social de Jesucristo, ganaste la laureada del escudo de Navarra, mantuviste vivo el Fuero navarro y la “navarridad” frente a separatistas y a constitucionalistas. Por todo ello “Ante Dios nunca serás héroe anónimo”.

 

José Fermín GARRALDA ARIZCUN

“Siempre P’alante”, quincenal navarro católico, número 771, 1 de noviembre de 2016.

CARTA DEL EDITOR (contenidos del número 199, septiembre-octubre de 2016, de la revista Razón Española).

El primero de los artículos de Gonzalo Fernández de la Mora que reproducimos es una glosa a los hallazgos arqueológicos en Creta a mediados del siglo XX y que demostraban lo poco que tenía de oriental la cultura minoica.

El segundo es un elogio al lector como constructor imprescindible del éxito del autor. El tercero es el más destacado, en nuestra opinión, ya que reivindica una fi gura poco abundante en España, que es el hombre de empresa, que contribuye al bienestar de los demás seres humanos.

Poco hemos avanzado, y no cabe culpar de ello a la herencia católica, como recuerda don Gonzalo, como comprobamos en las campañas de la izquierda contra Amancio Ortega, el fundador de Inditex, la empresa más importante de la bolsa española.

El académico Dalmacio Negro modifica la tradicional división sobre las formas de gobierno heredada de Aristóteles. Según él, estas tres formas se unen en una, que es la oligárquica, en la que los partidos se reparten el Poder: «son hoy los Gobiernos, con la ayuda creciente de la técnica las mayores “élites extractivas”». En consecuencia, la corrupción se convierte en incontenible, incluso como medio imprescindible de las personas para subsistir ante una hacienda voraz. Y las elecciones no sirven —al menos por ahora— para purificar esa degradación o siquiera detenerla. El Occidente supuestamente libre está cada vez más sovietizado.

El profesor Pedro Carlos González Cuevas nos aporta otro de sus exhaustivos estudios sobre personalidades intelectuales o académicas. En este caso es el catedrático de literatura José Carlos Mainer, uno de los puntales de la llamada «Cultura de la Transición», hasta hace poco hegemónica.

Aunque algunos han querido ver en su obra «Falange y Literatura» —reeditada en 2013— cierta simpatía a los escritores y poetas falangistas, González Cuevas deshace esa opinión con citas de otros libros de Mainer y con el recuerdo de su trayectoria. Nuestro colaborador se pregunta «el porqué un excomunista como De Felice y un liberal de izquierdas, judío y homosexual como Mosse podían expresarse con tanta libertad y objetividad sobre el fenómeno fascista, y en España pasaba todo lo contrario».

El periodista Javier Esparza es el autor de la primera nota, un apasionante texto que describe las causas de la inestable situación geopolítica del mundo. En su opinión, ya no nos encontramos ante enfrentamientos entre Estados, sino entre el viejo sueño ilustrado de imponer un orden planetario, que se encarna en EEUU, sus tratados de libre comercio y la OTAN, frente a las naciones que se resisten a ese filantrópico «nuevo orden mundial», sobre todo Rusia y China. De manera sorprendente, los ideólogos de la expansión de la democracia a bombazos, los «neocones », que dominaban el partido republicano y apoyaron la invasión de Irak, se están pasando a la candidatura de Hillary Clinton.

Bruno Moreno se lamenta de la sumisión de las más altas jerarquías de la Iglesia católica a los dogmas de la corrección política. El cardenal Cañizares ha declarado sus profundas convicciones democráticas y también que defiende la democracia y elogia los logros de la Transición.

Parece, escribe Moreno, que hay obispos que quieren dar al César lo que corresponde a Dios.

Pablo Guerrero descubre un lado oculto de Donald Trump, que coincide con todos los partidos y movimientos descalificados por el Sistema como «populistas». Según él, Trump tiene el mérito de haber devuelto al debate público asuntos que las elites liberales han querido eliminar del debate, como la inmigración, la globalización económica y el empobrecimiento de la clase media. El pluralismo del que presume Occidente es otra mentira.

Emilio Durán alaba el patriotismo de dos políticos del siglo XIX, Emilio Castelar y Antonio Cánovas del Castillo, con la inexistencia de ese sentimiento entre los políticos actuales.

Los planes para abolir el dinero en metálico constituyen, para Jesús Laínz, otra reducción de la libertad individual, por mucho que los Gobiernos difundan excusas como la comodidad y la lucha contra la economía sumergida.

Fernando Altuna, víctima del terrorismo, ya que su padre fue asesinado por ETA, escribe una estremecedora nota en la que mantiene que los etarras y sus compañeros de viaje están ganando la batalla por el relato, uno de cuyos aspectos es equiparar todos los muertos por cualquier causa de violencia.

Para Manuel Antonio Orodea una de las características de los estertores de la modernidad (muchos la llaman ya posmodernidad) es que pretende imponer ficciones humanas a la naturaleza, como las nociones del contrato social como fundamento de la sociedad y el matrimonio homosexual.

Juan Ignacio Peñalba constata en su crónica el hartazgo de los españoles con la política y con los medios de comunicación que se dedican a sumar una y otra vez escaños en el Congreso. Uno de los síntomas de ese hartazgo es que en Cataluña se ha desplomado la audiencia de TV3 y la asistencia a la «Diada». Más preocupantes son  la ausencia de representación de los cristianos en la política española (éstos no tienen nadie que les defienda, a diferencia de los musulmanes) y el intento de censura en Facebook que ha sufrido Pío Moa.

Y precisamente con un libro de Pío Moa comienza la sección de libros. Según el historiador, es el último ensayo que tiene pensado dedicar a la guerra civil y sus consecuencias.

Éste analiza el relato histórico triunfante en la sociedad. Añade que todo poder político es, en el fondo, oligárquico. Dos periodistas han publicado un libro en el que describen el escándalo de los documentos robados a un bufete panameño dedicado a ocultar fortunas. Pascual Tamburri se pregunta si este robo de documentos es inocente, dados su origen y las personas que no aparecen en ellos.

Alfredo Crespo Alcázar recomienda un profundo estudio sobre las negociaciones de Bretton Woods, que establecieron el sistema financiero internacional de la posguerra.

Aparte de que se confirma que la excelente relación entre Washington y Londres era un mito propagandístico, se desvela que el representante de EEUU, Harry White, era un espía de la URSS.199

CARTA DEL EDITOR (contenidos del número 199 de Razón Española)

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El primero de los artículos de Gonzalo Fernández de la Mora que reproducimos es una glosa a los hallazgos arqueológicos en Creta a mediados del siglo XX y que demostraban lo poco que tenía de oriental la cultura minoica.

El segundo es un elogio al lector como constructor imprescindible del éxito del autor. El tercero es el más destacado, en nuestra opinión, ya que reivindica una fi gura poco abundante en España, que es el hombre de empresa, que contribuye al bienestar de los demás seres humanos.

Poco hemos avanzado, y no cabe culpar de ello a la herencia católica, como recuerda don Gonzalo, como comprobamos en las campañas de la izquierda contra Amancio Ortega, el fundador de Inditex, la empresa más importante de la bolsa española.

El académico Dalmacio Negro modifica la tradicional división sobre las formas de gobierno heredada de Aristóteles. Según él, estas tres formas se unen en una, que es la oligárquica, en la que los partidos se reparten el Poder: «son hoy los Gobiernos, con la ayuda creciente de la técnica las mayores “élites extractivas”». En consecuencia, la corrupción se convierte en incontenible, incluso como medio imprescindible de las personas para subsistir ante una hacienda voraz. Y las elecciones no sirven —al menos por ahora— para purificar esa degradación o siquiera detenerla. El Occidente supuestamente libre está cada vez más sovietizado.

El profesor Pedro Carlos González Cuevas nos aporta otro de sus exhaustivos estudios sobre personalidades intelectuales o académicas. En este caso es el catedrático de literatura José Carlos Mainer, uno de los puntales de la llamada «Cultura de la Transición», hasta hace poco hegemónica.

Aunque algunos han querido ver en su obra «Falange y Literatura» —reeditada en 2013— cierta simpatía a los escritores y poetas falangistas, González Cuevas deshace esa opinión con citas de otros libros de Mainer y con el recuerdo de su trayectoria. Nuestro colaborador se pregunta «el porqué un excomunista como De Felice y un liberal de izquierdas, judío y homosexual como Mosse podían expresarse con tanta libertad y objetividad sobre el fenómeno fascista, y en España pasaba todo lo contrario».

El periodista Javier Esparza es el autor de la primera nota, un apasionante texto que describe las causas de la inestable situación geopolítica del mundo. En su opinión, ya no nos encontramos ante enfrentamientos entre Estados, sino entre el viejo sueño ilustrado de imponer un orden planetario, que se encarna en EEUU, sus tratados de libre comercio y la OTAN, frente a las naciones que se resisten a ese filantrópico «nuevo orden mundial», sobre todo Rusia y China. De manera sorprendente, los ideólogos de la expansión de la democracia a bombazos, los «neocones », que dominaban el partido republicano y apoyaron la invasión de Irak, se están pasando a la candidatura de Hillary Clinton.

Bruno Moreno se lamenta de la sumisión de las más altas jerarquías de la Iglesia católica a los dogmas de la corrección política. El cardenal Cañizares ha declarado sus profundas convicciones democráticas y también que defiende la democracia y elogia los logros de la Transición.

Parece, escribe Moreno, que hay obispos que quieren dar al César lo que corresponde a Dios.

Pablo Guerrero descubre un lado oculto de Donald Trump, que coincide con todos los partidos y movimientos descalificados por el Sistema como «populistas». Según él, Trump tiene el mérito de haber devuelto al debate público asuntos que las elites liberales han querido eliminar del debate, como la inmigración, la globalización económica y el empobrecimiento de la clase media. El pluralismo del que presume Occidente es otra mentira.

Emilio Durán alaba el patriotismo de dos políticos del siglo XIX, Emilio Castelar y Antonio Cánovas del Castillo, con la inexistencia de ese sentimiento entre los políticos actuales.

Los planes para abolir el dinero en metálico constituyen, para Jesús Laínz, otra reducción de la libertad individual, por mucho que los Gobiernos difundan excusas como la comodidad y la lucha contra la economía sumergida.

Fernando Altuna, víctima del terrorismo, ya que su padre fue asesinado por ETA, escribe una estremecedora nota en la que mantiene que los etarras y sus compañeros de viaje están ganando la batalla por el relato, uno de cuyos aspectos es equiparar todos los muertos por cualquier causa de violencia.

Para Manuel Antonio Orodea una de las características de los estertores de la modernidad (muchos la llaman ya posmodernidad) es que pretende imponer ficciones humanas a la naturaleza, como las nociones del contrato social como fundamento de la sociedad y el matrimonio homosexual.

Juan Ignacio Peñalba constata en su crónica el hartazgo de los españoles con la política y con los medios de comunicación que se dedican a sumar una y otra vez escaños en el Congreso. Uno de los síntomas de ese hartazgo es que en Cataluña se ha desplomado la audiencia de TV3 y la asistencia a la «Diada». Más preocupantes son  la ausencia de representación de los cristianos en la política española (éstos no tienen nadie que les defienda, a diferencia de los musulmanes) y el intento de censura en Facebook que ha sufrido Pío Moa.

Y precisamente con un libro de Pío Moa comienza la sección de libros. Según el historiador, es el último ensayo que tiene pensado dedicar a la guerra civil y sus consecuencias.

Éste analiza el relato histórico triunfante en la sociedad. Añade que todo poder político es, en el fondo, oligárquico. Dos periodistas han publicado un libro en el que describen el escándalo de los documentos robados a un bufete panameño dedicado a ocultar fortunas. Pascual Tamburri se pregunta si este robo de documentos es inocente, dados su origen y las personas que no aparecen en ellos.

Alfredo Crespo Alcázar recomienda un profundo estudio sobre las negociaciones de Bretton Woods, que establecieron el sistema financiero internacional de la posguerra.

Aparte de que se confirma que la excelente relación entre Washington y Londres era un mito propagandístico, se desvela que el representante de EEUU, Harry White, era un espía de la URSS.OLYMPUS DIGITAL CAMERA

La historiadora Angela Pellicciari investiga la figura de Lutero y cuestiona su legado

En el quinto centenario de la Reforma protestante, su libro La verdad sobre Lutero analiza las motivaciones del ex monje para apartarse de la fe, así como las contradicciones en su teología y entre su palabra y su obra, así como la agresividad de sus ataques a la Iglesia y a los Papas.

 

Madrid, octubre de 2016.-  El 31 de octubre, comenzarán los actos de conmemoración del quinto centenario de la Reforma protestante y el Papa Francisco viajará hasta Suecia para participar en un acto conjunto católico-protestante. Las celebraciones durarán un año entero, para concluir el 31 de octubre de 2017.

Ese día se cumplirán quinientos años de una fecha capital en la historia de la Humanidad.

El 31 de octubre de 1517, el monje agustino Martín Lutero se rebeló contra la Iglesia clavando sus 95 tesis en la puerta del Palacio de Wittenberg.

En años sucesivos elaboró los principios de su doctrina, distinta a la fe católica, abandonó la vida religiosa, se casó con una monja, atacó a los Papas, halagó a los príncipes que le secundaron y agitó revueltas que luego pidió sofocar a sangre y fuego.

Europa perdió su unidad religiosa y se vio envuelta en guerras atroces de las que surgió, como nueva entidad política, el Estado moderno.

Angela Pelliciari explica en La verdad sobre Lutero los precedentes de su rebelión, los pasos con los que fue avanzando, las contradicciones en las ideas de Lutero y entre ellas y sus actos y, sobre todo, sus trascendentales consecuencias religiosas, culturales, sociales y políticas.

Angela Pelliciari es doctora en Historia Eclesiástica y profesora de Historia de la Iglesia en los seminarios Redemptoris Mater. Como historiadora es especialista en el Risorgimento y las relaciones entre el Papado y la masonería, temas a los que ha dedicado varios libros. Participa habitualmente en los medios de comunicación italianos en debates de actualidad político-cultural.

LA VERDAD SOBRE LUTERO. Ángela Pellicciari

VozDePapel. Madrid, 2016. 160 páginas. PVP: 15 €lutero